UNAM
NUEVA ÉPOCA NÚM. 126 AGOSTO 2014 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
Inicio   >>> Columnistas   >>>   Edgar Esquivel

Antes del segundo Mark Twain


Edgar Esquivel
citar artículo
citar
NUEVA ÉPOCA | NÚM 126| Agosto 2014| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Esquivel, Edgar , "Antes del segundo Mark Twain" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Agosto 2014, No. 126 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=780&art=16308&sec=Columnistas > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

PDF
aumentar letra disminuir letra
1 / 1

Untitled Document

 

¿Sabía o no su autor de esa “historia secreta”? Todo indica que no. Fue un profesor de Princeton, un tal Van Dyke, quien le hizo saber que la anécdota de la rana era una historieta griega y que tuvo lugar en Beocia dos mil años antes. “Estoy dispuesto a ser un ladrón literario si así está ordenado”.Eso fue lo que él solía decir cuando hubo oportunidad de recuperar la primera versión que resultó había detrás de su famoso relato La rana saltarina, el cual recorrió varios periódicos antes de aparecer como libro en 1866.

“Yo estoy completamente seguro de que, en efecto, ocurrió, tanto como del duplicado suceso”, dijo él. Quizá no es sencillo aceptar estas coincidencias sin más, pero no hay manera tampoco de demostrar que no son posibles. Nuestro autor no tuvo inconvenientes con esto. Era americano andante y curioso que tuvo como referencia los hechos narrados por testigos, gambusinos nada cultos ni sabedores de asuntos griegos, que en la primavera de 1849 presenciaron lo de la rana en el distrito de Calaveras en California. El caso es que la interpretación común de la posteridad es que a partir de ese breve cuento, La rana saltarina, que ahora sabemos posee dos orígenes distintos pero circunstancias parecidas, el nombre del autor de la versión auténtica americana, el nuestro, se haría célebre.

imagen
Mark Twain. Fotografía de A. F. Bradley (Nueva York, 1907)
© Wikicommons

Sin embargo, como si fuera una anécdota más del “bonachón y parlero” Simón Wheeler, el personaje del relato que detalla lo de la ilustre rana —Daniel Webster se llamaba la rana—, deben ustedes ponderar un pormenor anterior —aunque esto de las fechas y tiempos y épocas a veces confunde—, que incluso pudiera tener relación con todos los involucrados —ficticios o no tanto— y que tal vez no es necesario volver a dar a conocer o insistir en ello, en ese pormenor, pero por alguna extraña razón vale la pena reiterarlo, por aquello de ir contra el aburrimiento y tratar de hacer un recuento.

La fecha no es precisa, pero con certeza todo ocurrió en uno de los poblados situados a orillas del extenso Mississippi, o en el río mismo durante alguno de los trayectos de los barcos que subían o bajaban. Lo dicho es un asunto viejo, pues estaba ya bien entrado el siglo xix, pero como suele pasar con algunos hombres, la forma en que les ocurren ciertas cosas bien nos puede seguir dando noticias acerca de su identidad o carácter, o confirmar con regocijo —es el caso de nuestro autor— ese ánimo cazurro y taimado que le era propio. Dicen que siempre fue así, tenía en su razón y corazón humor y sátira, y aun en las situaciones más dramáticas podía invocar ese ánimo socarrón.

Hubo por ese entonces un individuo conocido como Mark Twain, un tipo de lo más normal que firmaba así —no era su nombre verdadero— unas cartas que enviaba a los diarios de Nueva Orleans a modo de noticias para otros navíos sobre el estado del río en tal o cual tramo, que aderezaba —o “envenenaba”, decían— con irritantes alusiones a las condiciones de navegación de otros años. Por ello otros tripulantes se burlaban de él. Era áspero, pero al final un buen capitán de barco de vapor. Es posible que acerca de lo que sobrevino luego de esto último no sepamos nunca la verdad, que las cosas pasaran de otra manera, menos trágicas, pero se puede estar cierto de que el cuento de la rana fue una de las primeras consecuencias, brillante y generosa como lo sería el porvenir de una vida literaria como pocas. Por otro lado es igualmente verosímil que el seudónimo de Mark Twain surgió de los usos y costumbres de los nautas del Mississippi: era el grito de los sondeadores que advertían dos brazas de profundidad (“¡marca dos!”) y por tanto buenas condiciones de navegación. En esas andanzas típicas del sur estadounidense un día el capitán Sellers, nombre real de Mark Twain, se topó con un artículo sobre él publicado en un diario de la región y al asimilar como una burla dolorosa el tono caricaturesco dejó de escribir cartas y abandonó su distinguido sobrenombre. Algún tiempo después, ya muerto el capitán, un joven y ambicioso aventurero, periodista y escritor en ciernes, y por cierto el autor de la irónica nota sobre Sellers, llamado Samuel Langhorne Clemens, decidió conquistar el mismo seudónimo como nom de guerre para seguir haciendo de ese apelativo “una divisa, un símbolo y una garantía”. El segundo y definitivo Mark Twain fue una gloriosa reparación póstuma que cambió la historia de la literatura. Pueden leer La vida en el Mississippi o Las aventuras de Huckleberry Finn por si fuera menester para ustedes buscar algún otro pasaje revelador que enriquezca o contradiga lo hasta aquí mencionado. Esto del parecer y la memoria suscitan contradicciones elementales e inocentes, pero como dice el cuento: “todo lo que una rana necesita es que la eduquen, y que una rana educada es capaz de cualquier cosa… y yo le creo”.


   
    subir    

Edgar Esquivel

Ensayista y promotor cultural. Originario de Occidente, ha publicado también en las revistas Este País y Siempre!. Desarrolló actividades de programación y organización en el Museo Anahuacalli, así como de...


Leer más   »
Secciones de la Revista
Sitios de interés