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NUEVA ÉPOCA NÚM. 131 ENERO 2015 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Entrevista inédita a Vicente Leñero
He logrado ser quien quería ser


Silvia Cherem
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 131| Enero 2015| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Cherem, Silvia , "Entrevista inédita a Vicente Leñero. He logrado ser quien quería ser" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Enero 2015, No. 131 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=785&art=16481&sec=Homenaje%20a%20Vicente%20Le%C3%B1ero > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Al cumplir, en 2001, cincuenta años de su ingreso a la UNAM, algunos miembros de la Generación 1951 de Ingeniería Civil —la conformaban, entre otros, Cuauhtémoc Cárdenas y Vicente Leñero— deseaban, entre los proyectos y festejos, dejar unas memorias. Se las pidieron a Leñero, y él, con el empeño de librarse, espetó: “Que las haga la hija de Cherem”.

Aproveché el gesto y le llamé a Leñero: “Acepto con una condición: que tú accedas también a que te entreviste a fondo”. Durante cuatro o cinco años, por timidez y por sentirse marginal, titubeó e intentó zafarse. Lo suyo era evitar los reflectores, pero, al fin y al cabo, ante mi necedad y por corresponder a mis lecturas de prácticamente todo su trabajo, entre 2005 y 2006 admitió encuentros semanales en los que juntos reconstruimos sus días.

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Vicente Leñero entre los diez y los quince años
© Cortesía Familia Leñero

El texto que aquí presentamos es sólo un fragmento de lo que próximamente se publicará como libro para honrar a Vicente Leñero, pilar de la literatura mexicana del siglo XX, una columna totalizante que innovó en el periodismo, la dramaturgia, la novela y el guión cinematográfico.

 

A pesar de que querías ser escritor, terminaste ingeniería en la generación de Cuauhtémoc Cárdenas. En Los periodistas cuentas que Heberto Castillo, con fama de genio y de ogro, daba la clase más difícil y te ponía de ejemplo de estudiante indolente. Tus compañeros de generación cuestionan que hayas sido perezoso; por el contrario, dicen que fuiste uno de los alumnos más destacados.

¿Eso dicen? En 1958, casi todos ya se habían recibido y yo aún debía tres asignaturas y mi servicio social. La más difícil era estructuras hiperestáticas que a las siete de la mañana impartía Heberto Castillo. Su clase era un suplicio y yo prefería sentarme hasta atrás a leer a Chesterton. Un día Heberto me pasó al pizarrón y, furioso, se desorbitó ante mis tartamudeos. Incapaz de responderle sobre el momento de inercia, se burló de mí: “Si quiere ser ingeniero, vuelva a empezar desde primero”.

Fui uno más de las decenas de estudiantes que maltrató y expulsó de su clase. Terminé la carrera a pesar de Heberto, a quien volví a ver en Excélsior. El líder y preso político del 68 no me recordaba. Cuando Julio Scherer le contó que me había reprobado, sólo dijo: “Yo era un déspota, creo que ahora me he humanizado”.

 

Estela es mucho más que tu compañera. Quizá fue la fortaleza que necesitabas para crecer y desprenderte de la ingeniería y de las expectativas de tu familia...

A pesar de que ambos éramos mochos, ella era de un temperamento mucho más liberal y abierto que yo, y la psicología le permitía entender los vicios que traíamos cargando como un lastre. Cuando llegamos de Acapulco, donde pasamos nuestra luna de miel en 1959, con su ayuda tomé la decisión de dejar la ingeniería.

Mi papá le pedía a Estela que me convenciera de que era un craso error, insistía en que las letras podían darme fama, pero no dinero. Ella hacía todo lo contrario, me decía: “Si lo que quieres es ser escritor, pues órale, no te detengas”. Yo trabajaba entonces en una compañía de instalaciones sanitarias, un trabajo que detestaba.

 

Lo detestabas tanto que uno no puede dejar de carcajearse al escuchar la manera en que en La gota de agua novelas tu paso por Icomex, “tu primera y última chamba como ingeniero”. Cuentas que, por medir mal, los albañiles levantaron los muros sobre la descarga de los excusados en Ciudad Universitaria; que los urinarios quedaron tan altos que sólo un gigante le atinaba; que para intentar destapar un excusado, hasta el borde de caca, acabaron haciendo una monstruosa e inútil excavación que destruyó la totalidad de los jardines de la escuela de Ciencias Químicas; y que por falta de cuidado, tu equipo de chambones estalló un cubículo, inundó una biblioteca...

No novelé ni una sola línea. Todo es exacto y sufría amargamente cada vez que metíamos la pata. Por eso Estela me aconsejó que lo dejara. Titubeé por miedo a lo económico: escribiendo en Señal sólo ganaba 600 pesos, una miseria que apenas alcanzaba para pagar la renta de nuestro departamentito en Avenida Cuauhtémoc; del hotel de mi papá sacaba otros mil pesos; y, el resto, provenía de Icomex.

Estela le llamó a Carmenchu, una amiga que trabajaba en Palmolive, específicamente en la Agencia Palmex, donde hacían las radionovelas para el área de publicidad, y así me decidí: jamás volvería al suplicio de la construcción, comenzaría a ser escritor. No quería volver a saber de albañiles ni de destapar caños.

Es más, la novela Los albañiles, que escribiría tiempo después, no fue una exaltación del mundo de la construcción, como se decía, sino una venganza por lo mucho que me hicieron sufrir. Cuando la llevé al teatro, de una butaca se levantó un hombre que dijo ser un maestro de obras y gritando a bocajarro dijo que mi obra era “un insulto a la dignidad de los trabajadores de la mezcla y la cuchara”. Insistía que no todos eran borrachos ni asesinos. Me dejó pasmado. Tenía razón, pero yo sufrí la gota gorda con ellos.

 

¿Te parecía desdeñable escribir radionovelas?

¡Para nada! Me sentía el hombre más dichoso del mundo porque podía vivir de eso. En la escuela de periodismo había aprendido que ningún género es desdeñable y que es la historia la que determina el género: la realidad libremente entendida pide la literatura, el diálogo exige el teatro y la imagen el cine. Un buen escritor puede serlo si es buen periodista, buen guionista, buen literato o buen dramaturgo.

Estela se daba cuenta que Señal estaba en decadencia, no circulaba y ni me pagaban, y me estimuló a que me metiera de lleno a las radionovelas. Así me liberé del mundo católico. Al principio, Carmen Fierro, la directora, rechazaba todos mis argumentos. Un buen día le gustó uno de carácter romántico que ella tituló Entre mi amor y tú, y esa fue mi primera radionovela. Le siguió una campirana que se llamaba La sangre baja del río, y luego Bodas de plata. Cada una duraba como 60 capítulos.

Ahí también trabajaba Marco Antonio Montes de Oca. Como era poeta, le iba pésimo escribiendo radionovelas. A mí no. Me dejaba llevar de la mano por la editora. Escribía una historia, luego hacía las sinopsis mes por mes, la división de argumentos semanales y finalmente la escritura de cada capítulo.

 

¿Había censura de temas?

Más bien de palabras, cuando escribía para televisión había una lista de términos censurados. Margarita López Portillo, la hermana del que luego fue presidente, antes de ser directora de Radio, Televisión y Cinematografía, ejercía de censora. No se podía decir ciego, cojo o tullido porque eso era peyorativo; había que llamarles enfermos o impedidos. Tampoco se podía decir cáncer, sino enfermedad incurable. Como ahora, que en lugar de discapacitado, dicen con aptitudes diferentes. ¡Una estupidez! Un cojo es un cojo, un paralítico es un paralítico, un feo es un feo y esa es la manera correcta de adjetivar.

Con Inés Arredondo, Miguel Sabido y Guadalupe Dueñas había comenzado también a escribir telenovelas para Ernesto Alonso y, por la interpretación subjetiva que acompaña a la historia, tuvimos más de un conflicto serio con el gobierno. Comenzamos con una inofensiva telenovela sobre las momias de Guanajuato, a la que siguió un bombazo con el relato de Maximiliano y Carlota. Guadalupe Dueñas, con un tinte conservador, glorificó a Maximiliano, y retrató a Juárez como verdugo. Díaz Ordaz montó en cólera y le exigió a Alonso una reivindicación. Gracias a ello, se escribió El carruaje, con el puntual objetivo de dignificar a Juárez.

Para entonces, yo ya me había retirado de las telenovelas. Alonso me había encomendado una telenovela sobre Zapata con base en un relato de José Revueltas. Como Revueltas nunca envió su historia, y a Alonso no se le ocurrió asignarme otro trabajo, me harté de esperar y acabé por renunciar a Televicentro.

 

Leí que, además de las telenovelas, también hacías adaptaciones de obras clásicas para televisión, entre ellas las novelas de Dostoyevski. Pareciera que el melodrama de entonces no era tan barato como el de ahora...

¡Ah, cómo no! Había melodramas espantosos, ninguno rescatable. Lo de las obras clásicas fue idea de Luis de Llano, el marido de María Rivas, que producía “La novela semanal”. En cinco capítulos adaptábamos grandes novelas. Yo escribí el guión de El idiota, Los hermanos Karamazov,y Crimen y castigo, porque estaba fascinado con Dostoyevski. Seguí con La dama de picas de Pushkin, obras de Maupassant, y luego con las viejas novelas del siglo XIX de Rafael Delgado. Eran malas adaptaciones, bastante malas, pero me encantaba mi trabajo.

 

Al renunciar a Televicentro, en 1965, comienzas a trabajar como colaborador de la revista Claudia, que luego dirigirías. ¿Fue un ascenso?

No sé, pero ya no me daban chamba y tenía que trabajar. Gustavo Sainz, a quien conocía por el Centro Mexicano de Escritores, me contó que él y José Agustín acababan de incorporarse a la redacción de una nueva revista femenina. De inicio no me latió, pero pronto supe que no sería como Kena o Vanidades, cargadas de frivolidades, sino como Marie Claire, con reportajes de fondo.


   
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Silvia Cherem

Nació en el Distrito Federal en 1961. Periodista y escritora. Estudió la licenciatura en Comunicación en la Universidad Anáhuac, maestría en Sociología y Diplomado en Estudios Judaicos en la...


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