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NUEVA ÉPOCA NÚM. 134 ABRIL 2015 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Una historia de atrevidos vuelos


Eugenia Meyer
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 134| Abril 2015| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Meyer, Eugenia , "Una historia de atrevidos vuelos" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Abril 2015, No. 134 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=788&art=16601&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Profesora emérita de la UNAM, Eugenia Meyer es una de las principales exponentes del estudio de la historia social contemporánea de América Latina. Su trayectoria y dedicación a un campo del conocimiento de tanto peso y trascendencia la facultan para una reflexión puntual, sosegada y profunda sobre las fronteras y conflictos de la memoria, el pasado y la investigación histórica.

 

HABÍA UNA VEZ...

Así solían y suelen arrancar las historias y narraciones que de niños, sin importar épocas, lugares o circunstancias, escuchamos, nos leyeron o leímos, sabiendo que concluirían con una moraleja y un final feliz.

En el caso de la historia compartida entre Cuba y México, el había una vez se remonta al año de 1519, cuando Hernán Cortés zarpa de Trinidad para iniciar la travesía que lo llevaría a realizar la formidable empresa de conquistar el territorio que hoy conocemos como México.

Desde entonces —y quizá desde antes, aunque no tengamos un registro preciso—, se estableció una permanente comunicación que dio como resultado una gran afinidad entre nuestros pueblos. De ello dan cuenta los viajes de hombres —pocas o ninguna mujer— que constituyen un constante y continuo intercambio a lo largo de más de cuatro siglos. Pero ese permanente ir y venir de cubanos a México y de mexicanos a Cuba tiene sin duda características diferentes, acordes con los tiempos y las circunstancias. Y como en los cuentos, la moraleja persiste: aquella de la solidaridad, de caminar por la historia acompañándonos, y en tanto que el final feliz aún no se vislumbra, seguimos bregando, construyendo una historia entrelazada.

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Eugenia Meyer
© Wikicommons

Recordemos, por ejemplo, que al arrancar el siglo XIX, recién lograda la Independencia, llegó a tierra mexicana José María Heredia, cuyo padre, el regente José Francisco, fue asesinado en ella, y que por azares del destino el poeta nacional de Cuba, muy joven aún, moriría en Toluca. En México estuvo también el maestro Antonio José Valdés, editor de El Iris de Jalisco y luego de El Águila Mexicana, quien totalmente integrado al quehacer nacional sería también diputado al congreso independentista y luego colaborador de Agustín de Iturbide. Otro caso singular fue el de Pedro Santacilia, el santiaguero yerno de Juárez, quien no obstante sentar sus bases en México jamás olvidó la causa anticolonialista, y en suelo mexicano habría de seguir luchando hasta su muerte a favor de las ideas libertarias.

Y, sin duda, el arribo y la presencia de José Martí en México se cuecen aparte. Se ha dicho que los años mexicanos marcaron a Martí, pero habría quizá que agregar que la presencia del cubano marcó igualmente la historia de mi país en su permanente enfrentamiento con Estados Unidos, ante el hecho irrefutable e irreversible —sea fortuna o infortunio— de tenerlo como vecino. Luego de vivir en Nueva York, y conocer las entrañas del monstruo, Martí reconoció poco antes de su muerte que si no “fuera Cuba tan infortunada, querría yo más a México que a Cuba”, ycomo canto del cisne nos legó aquello de:

¡Oh México querido! ¡Oh México adorado, ve los peligros que te cercan! ¡Oye el clamor de un hijo tuyo, que no nació de ti! Por el norte un vecino avieso se cuaja. Tú te ordenarás: tú entenderás; tú te guiarás; yo habré muerto, oh México, por defenderte y amarte, pero si tus manos flaqueasen, y no fueras digno de tu deber continental, yo lloraría, debajo de la tierra, con lágrimas que serían luego vetas de hierro para lanzas, como un hijo clavado a su ataúd, que ve que un gusano le come a la madre las entrañas.

A manera de augurio de una relación tan sólida como fraternal y permanente, Martí precedió a una pléyade de poetas, intelectuales y luchadores sociales para quienes México habría de convertirse en refugio y hogar. Desde tierras mexicanas, lucharon por la libertad, la justicia y la dignidad en Cuba.

Esa historia común no soslaya la presencia de Julio Antonio Mella, como tampoco sus roces y el enfrentamiento ideológico con la “derecha” del Partido Comunista Mexicano, así como su misterioso y jamás aclarado asesinato en la Ciudad de México en 1929.

Mención especial merece la gesta de los revolucionarios cubanos que fraguaron y se lanzaron a la extraordinaria aventura de derrotar a la dictadura de Fulgencio Batista. Una vez más, en suelo mexicano, se organizó y entrenó la expedición que desembarcaría en la provincia de Oriente el 2 de diciembre de 1956. Era México, a decir de Fidel Castro, el “país ideal” para organizar en los años cincuenta la expedición que partiría hacia Cuba, toda vez que ofrecía la cercanía geográfica y cultural, y un gobierno estable emanado de la revolución “más radical que hasta entonces se viviera en la región”. Según advirtiera el propio comandante, cuando llegó a tierras mexicanas las cosas no eran como se anunciaban. Sin embargo, la experiencia en este país sería determinante para los objetivos de aquellos barbudos que cambiarían el destino de la isla. Fue en México donde se encontraron por primera vez con Ernesto Guevara, el Che; de allí partieron los expedicionarios: Fidel y Raúl Castro, Ramiro Valdés, Camilo Cienfuegos, Faustino Pérez, Juan Almeida… en fin, todos aquellos se dispusieron a iniciar la epopeya latinoamericana y caribeña que marcaría la segunda mitad del siglo XX.

En aquel tiempo y después, México daría pruebas fehacientes de solidaridad y apoyo a la Revolución cubana, jugándose el pellejo y enfrentándose al vecino del norte en muchas ocasiones, sin importar las represalias y los sobresaltos que implicó tal apoyo, ni reparar en los costos políticos, económicos y sociales que le representó. Fue así que nos negamos a acatar el injustificable bloqueo; fuimos el único país que votó en contra de la exclusión de Cuba de la Organización de Estados Americanos. Luego, una larga, larguísima serie de acciones dan cuenta del respeto, amistad y reconocimiento a la lucha de los cubanos por una patria libre.

Ahora bien, el fenómeno a la inversa, o sea el de los mexicanos que han viajado a Cuba, ya fuese como refugiados o desterrados, ha sido distinto y variado. Desde el siglo XIX, quizá por cercanía, por afinidad, por encontrar en la isla una mayor empatía con nuestra idiosincrasia, cultura e idioma, un número importante de mexicanos volvió los ojos a Cuba, en ese entonces todavía bajo el dominio español. Antonio López de Santa Anna, Benito Juárez y Porfirio Díaz, entre muchos otros, se exiliaron en la isla, y son prueba de que el territorio cubano ha sido siempre un hito en la historia de México.

Capítulo significativo han sido las relaciones singulares entre Yucatán y Cuba, siempre estrechísimas; por algo se las llamó “la llave y el cerrojo” del Golfo de México. La península yucateca gozaba del privilegio de comerciar con la isla en su carácter de posesión española, lo que sin duda generó el interés de Estados Unidos por Yucatán, al considerar el territorio mexicano como un trampolín para hacerse del caribeño. En su oportunidad, los estadounidenses consideraron apostar con entusiasmo por la posible anexión tanto de Yucatán como de Cuba.

Con todo, entre 1848 y 1862 tuvo lugar uno de los hechos más oprobiosos de la Guerra de Castas, al generarse un intenso tráfico de indígenas mayas y sus familias a las plantaciones azucareras de Cuba, con contratos de trabajo aparentemente legales. Sin embargo, una vez que los mayas arribaban a la isla, se encontraban totalmente desprotegidos por el contubernio entre los propietarios de los ingenios y las autoridades y los hacendados yucatecos, quienes encontraron sin duda una manera fácil de deshacerse de los indígenas rebeldes. Esta situación oprobiosa concluyó en 1862, con el decreto de abolición de esta práctica que expidió el presidente Benito Juárez. Poco se sabe de esos mayas que vivieron siempre como esclavos, sujetos a cadenas y grilletes, aunque cabe suponer que ninguno regresó a México.


   
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Eugenia Meyer

Nació en México, D.F., en 1940. Realizó su licenciatura, maestría y doctorado en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Al lado de Edmundo O´Gorman y de Juan A. Ortega y Medina, investigadores...


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