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NUEVA ÉPOCA NÚM. 135 MAYO 2015 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Jesús Gardea
La palabra y sus mundos


Liliana Pedroza
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 135| Mayo 2015| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Pedroza, Liliana , "Jesús Gardea. La palabra y sus mundos" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Mayo 2015, No. 135 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=789&art=16640&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Nacido en 1939 en Delicias, Chihuahua, Jesús Gardea incursionó en las letras cuando publicó el libro de cuentos Los viernes de Lautaro, en 1979. Su prosa, contenida y detallista, con dotes muy acusadas para la percepción sensorial, creó un espacio literario en el que los personajes parecen llevar en su temperamento la desértica geografía chihuahuense.

Las sombras están de pie junto a las paredes, deslumbradas y mordidas por la resolana. Los tres árboles que hay en la calle soportan mal el furor de agosto. El calor casi los hace arder. Sus ramas rechinan como puertas viejas. Juan Zamudio, como vino al mundo, ve y oye todo esto. Ya se sabe de memoria el verano.
JESÚS GARDEA

 

LA MEMORIA

Hay un recuerdo de infancia que regresa por periodos, de manera aleatoria, como un conjunto de imágenes aisladas del resto de esa etapa. No sé con precisión qué lo hace regresar, qué palabra lo llama y lo instala delante de mí como si se tratara de un proyector antiguo, de diapositivas arrojadas a la pared de una sala a oscuras donde no hay nadie más que yo. En ese recuerdo no hay sonidos, ni siquiera porque veo a mis padres conversar en la parte delantera del auto o porque sospecho el ruido de las llantas sobre el asfalto irregular de la carretera. La imagen más nítida proviene de la ventanilla de atrás de un Chevrolet del 79, color rojo quemado —lo sé por unas fotografías que guardamos—. Estamos cruzando el paisaje de Chihuahua a Ciudad Juárez. O viceversa. Entre 1984 y 1986 fue la época en que más veces recorrimos juntos la travesía silenciosa de un lugar a otro. Habíamos vuelto a vivir a Juárez —era mi segunda ocasión, pero la primera mudanza de la que yo tengo memoria—. De manera rigurosa, en cada viaje nos levantábamos de madrugada, con las primeras luces del día. Somnolientos, mi hermano y yo debíamos rumiar alguna queja aunque supiéramos que había que ganarle una batalla al sol, la de las horas más calientes dentro del carro, la de los rayos que deslumbran en el vidrio delantero o los que queman por su insistencia en un costado u otro. A mitad de trayecto nos sabíamos vencidos pues el sol nos hacía transmigrar de sitio en los asientos traseros o colocar improvisadas cortinas con alguna sudadera que en las primeras horas había hecho de almohada. El recuerdo, ya dije, no tiene sonidos. Tiene la mirada del amplio paisaje del desierto —llano, amarillo—, de las horas calladas repasando un lugar, que, de niña, serían todos los lugares. En ocasiones el recuerdo tiene también la sensación trepidante del coche al resistirse a salir del camino, empujado por un viento intenso; ese mismo que hacía mover el mapa del desierto al desplazar, a través de capas finas, la arena del Samalayuca.

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Dicen que el desierto no es paisaje ni es nada, sino un territorio vacío entre lo ocre y el azul del cielo. Deben decirlo los viajeros que no saben mirar, los que no tienen tiempo de que los temple el sol en verano o el viento frío en invierno, ese clima que sólo conoce los extremos, que es un sí o un no austero, sin rodeos, como la forma de ser de sus habitantes. Pero el Desierto Chihuahuense —ese que atraviesa desde Arizona y baja por México hasta San Luis Potosí— por su biodiversidad es tan rico como la Amazonía. Su exuberancia, fraguo, debe encontrarse en sus subterfugios, en la mirada atenta de lo sutil y escurridizo, en lo que crece y permanece silencioso, casi imperceptible, secreto. Quienes no son del desierto no pueden conocer su nostalgia. La del deseo de sol cuando se es forastero en ciudades lluviosas o la búsqueda de atardeceres destellantes de rojos y púrpuras vivos que sólo son posibles de volver a mirar, con asombro renovado, al regreso.

El desierto, por su extensión y sus temperaturas extremas, separa, aísla. Por eso entre las ciudades del norte nos encontramos tan poco. Estamos en pequeñas islas apartadas. Allí cada quien conforma su mundo, sus reglas, su soledad. No es casual que el carácter de quienes viven allí sea serio, sobrio, silencioso como el paisaje. El calor o el frío imponen sus modos de habitar.

Por eso, quizá, mi recuerdo no tiene sonidos. El silencio me atrae, me relaciona íntimamente con lo que veo. Muchas veces estoy yo nada más frente a la ventana del auto y el paisaje se mueve.

 

EL REINO EN QUE SE HABITA

Jesús Gardea nació en Delicias en 1939, seis años después de su fundación. Población algodonera que desde sus inicios trabó contiendas con la sequía. Crecieron juntos poblado y hombre. Infancia y parte de la adolescencia del escritor. Luego, al separarse —pues Gardea viviría estancias cortas en Querétaro, Ciudad de México, Guadalajara, finalmente para radicar en Ciudad Juárez—, Delicias sería imaginado en lontananza y tendría otro nombre: Placeres. Jesús Gardea estudió odontología, profesión que abandonó después de la publicación de su primer libro, uno de cuentos, en 1979, llamado Los viernes de Lautaro. Pero Placeres, nombrado de ese modo, no aparecería en este ni en ninguno de sus relatos. Sí en sus novelas. Nombrado o no el paisaje al que recurre Gardea es el mismo, un lugar inventado para poder echar a andar a sus personajes entre el sol más fiero —el de mediodía— y el terreno árido y hostil donde lo único que es capaz de crecer es el silencio y la soledad.

La escritura de Jesús Gardea corresponde al mundo que recrea, al habitante del desierto. Su lenguaje es sobrio, contenido y nos hace avanzar lento por el relato como la larga espera de la caída de la tarde un verano cualquiera. Su sencillez es engañosa porque está llena de imágenes. De rebuscamientos. De misterios. Sus historias son una misma historia siempre. El repaso de lo que le aturde o le persigue. El hombre enfrentado al paisaje. El exterior y el interior. Porque el hombre, para Gardea, también es un desierto.

“El escritor tiene la prerrogativa de limitar su propio ámbito, de marcar los límites de su reino”, dice Carson McCullers a propósito de la escritura de El corazón es un cazador solitario,en un principio llamado El mudo. Jesús Gardea lo sabe y por eso lo delimita, le proporciona características, rasgos definidos. Su reino no proviene sólo de lo real sino de lo real inventado —de la memoria—, por eso no tiene nombre o cuando lo tiene no corresponde a ningún lugar geográfico. El reino de Gardea es inhóspito, apesadumbrado, aislante. El número de sus personajes es reducido; las conversaciones entre ellos parcas, mínimas, incluso casi no deseadas por ellos. Lo que da sentido al relato es esa relación del protagonista con su entorno: las temperaturas extremas, la aridez. Y en ese vínculo de uno con otro, la supervivencia.


   
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Liliana Pedroza

Nació en Chihuahua, Chih., en 1976. Escritora e investigadora. Es licenciada en Letras Españolas por la Universidad Autónoma de Chihuahua y doctora en Filología Hispánica por la Universidad Complutense...


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