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NUEVA ÉPOCA NÚM. 136 JUNIO 2015 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Aguas aéreas
El cristal sabio y la plegaria fiel


David Huerta
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 136| Junio 2015| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Huerta, David , "Aguas aéreas. El cristal sabio y la plegaria fiel" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Junio 2015, No. 136 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=790&art=16694&sec=Rese%C3%B1as > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Decimos: el texto literario no está hecho de cosas ni de objetos; está hecho de palabras. Sin embargo, si examinamos esta afirmación, sin duda apresurada, sobre la literatura, empezaremos a descubrirle problemas: en toda la longitud de sus flancos, como en una lancha desencuadernada o en un barquito a punto de naufragar, irán produciéndose filtraciones incontenibles. Curiosas filtraciones: el agua de la realidad metida hasta los últimos rincones del navío imaginario y lingüístico. Un agua curiosamente corrosiva, deletérea, erizada: pero, también, a veces, nutricia: alma aqua. Dejo fuera, con toda deliberación, el tema fascinante de las palabras como objetos peculiares, como cosas o como organismos animados.

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Por eso puede resultar tan interesante, me parece, leer una descripción como la siguiente, de unos hermosos objetos, en un libro de crítica literaria:

Unos candiles de cristal, muy bien fabricados, que tienen dos varas de largo y están puestos en la bóveda del altar mayor, en unas cadenas de fierro plateadas, los que dio a Nuestra Santísima Madre, a solicitud del Padre comendador, Don José Antonio de Otegui con la condición de que si algún prelado los mudare de lugar donde están puestos o los prestare… pasarán a otra iglesia donde mejor le parezca.

Esos candiles fueron regalos o donaciones a una iglesia de la ciudad de San Luis Potosí. El donante fue ese señor De Otegui, a quien se menciona en el párrafo citado; no sé, ni es tan importante, si el señor José Antonio de Otegui padeció los horrores de un naufragio y al final fue salvado, y quien ofreció, como señal de gratitud a Dios, ese exvoto en forma de bajel cristalino, según reza una especie de leyenda urbana en esa ciudad. ¿Cómo explicar, en todo caso, la aparición de esa desabrida prosa informativa en un ensayo de crítica literaria, específicamente de comentarios analíticos sobre poesía y poemas? Por lo dicho al principio de estos renglones: las filtraciones de la hirsuta realidad en la mágica trama del poema, en el tapiz de la literatura.

Uno de aquellos dos candiles forma parte del “mobiliario”, si así puede decirse, de la iglesia de San Francisco, en una hermosa, fresca y verde plaza potosina: tiene la forma de un barco o bajel y está hecho con prismas de cristal. Es el objeto descrito por Ramón López Velarde (1888-1921) en el poema titulado, precisamente, “El candil”, una de las composiciones del libro de 1919, Zozobra.

…he descubierto mi símbolo
en el candil en forma de bajel
que cuelga de las cúpulas criollas
su cristal sabio y su plegaria fiel.

Versos 19-22

Ese símbolo encierra la personalidad devota del católico y pecador Ramón López Velarde; es el símbolo de un ideal. El candil permanece todo el tiempo frente al altar:

¡Oh candil, oh bajel, frente al altar
cumplimos, en dúo recóndito,
un solo mandamiento: venerar!

Versos 23-25

El poeta desgarrado por el tormento continuo de las “dualidades funestas” quisiera vivir permanentemente, como el candil-navío cristalino, frente al altar del templo de San Francisco. Se ha identificado con él en ese solo mandamiento trascendental de la fe: la veneración continua; pero no nada más eso. En ese objeto iridiscente, López Velarde cristaliza “las brasas de mi ígnea primavera” y más aún, misteriosamente, en una imagen quizá levemente blasfema, escribe: “suspendo mis llagas como prismas”.

Nada de esto tendría sentido para los lectores no especializados si el investigador y crítico no se hubiera dedicado a hacer la historia del objeto real, inspirador del poema. La realidad y las palabras de los versos han establecido, así, una especie de sistema de vasos comunicantes gracias a los buenos oficios del investigador.

El estudioso ha sacado de la realidad material y documental la noticia de un objeto maravilloso, único; de ese objeto, de esa mera cosa, el genio visionario de un poeta extrajo algunas de las imágenes más perturbadoras de la poesía mexicana. Los lectores vemos cómo, entonces, el horizonte del poema se amplía: sabemos más, entendemos mejor.

El crítico es Fernando Fernández —poeta notable, por añadidura; editor admirable— y el libro con sus ensayos lopezvelardeanos se titula Ni sombra de disturbio. La edición conjunta de Aueio y el Conaculta no puede ser más afortunada, por las imágenes, por la tipografía y por la manera de poner en el primer plano el trabajo literario de Fernando Fernández. Aparte de la fotografía del candil del templo de San Francisco, hay dos imágenes extraordinarias en el libro. La primera de ellas es el grabado de Fermín Revueltas para “El sueño de los guantes negros”; la otra, la imagen fiel del manuscrito autógrafo de ese mismo poema, documento guardado en la Academia Mexicana de la Lengua.

Allá fue este crítico, para estudiar, en los archivos, en compañía de una especialista en ese tipo de objetos, la materialidad misma del grafito y el papel donde aparecen los endecasílabos monorrimos de “El sueño…”, con la rima asonante en e-o a lo largo de toda la composición. Esa rima consuena o puede verse conjuntamente con el grabado de Revueltas, en donde aparece inequívocamente la “capilla oceánica” de la visión fúnebre y sexual, onírica y apocalíptica, con todo y su liturgia macabra.

 

Los 35 poemas primerizos de Ramón López Velarde no incluidos en los dos libros centrales de su brevísima bibliografía (La sangre devota y Zozobra) han sido incómodamente instalados en el purgatorio de la mala poesía. Es como si fueran una especie de rizoma ponzoñoso del cual nadie quiere saber nada de nada. El envío a ese lugar siniestro, a ese limbo punitivo, fue el resultado de una especie de decreto fulminante de los críticos, cuya autoridad nadie parece tener deseos de impugnar, por lo menos hasta ahora.

Esos mismos críticos llamaron “primeras poesías” a esas composiciones lopezvelardeanas, en sus respectivas ediciones modernas; son principalmente dos, ambos mexicanos: Antonio Castro Leal y José Luis Martínez. Tienen el mérito indiscutible de haber rescatado esas composiciones y de haberlas dado a conocer; para ello exploraron tenazmente en las hemerotecas y en diferentes acervos. Ahora podemos leer los poemas con cierta normalidad; pero aun cuando aparecen al principio de las ediciones, deben ser considerados, si les hacemos caso a los editores-críticos, como una suerte de zona prohibida. Casi oímos decir a Martínez y a Castro Leal: “Pasen rápidamente por aquí pues más adelante los esperan los poemas importantes, interesantes, geniales; esto es apenas una etapa de transición y no deben ustedes hacer caso de versos deficientes”.

Tanto más valiosa es, entonces, la decisión de Fernando Fernández de comenzar su libro de ensayos sobre López Velarde con un acercamiento a ese puñado de poemas. En ningún momento los pierde de vista cuando se ocupa de las ediciones de Castro Leal y Martínez; el hecho de esa atención sostenida es la prueba de su genuino interés y de la postura reflexiva, auténticamente crítica, de Fernández ante los versos del purgatorio lopezvelardeano y ante el destino sufrido por ellos. Tener los poemas ante la vista en todo momento: es la regla de oro del crítico; pero sabemos cómo suele olvidarse, si alguna vez se aprendió. Estamos rodeados por todas partes, a izquierda y a derecha, por los “contextualizadores”: cuántos habitantes había en Jerez cuando López Velarde nació, quién era el gobernador de Zacatecas a la hora de su bautizo, cuántas primas segundas tenía Eduardo J. Correa. Los poemas han sido olvidados en ese inventario de mala, malísima sociología.

 

Ni sombra de disturbio debería ser leído con el mismo espíritu con el cual su autor lo concibió y lo ejecutó; ese espíritu tiene dos caras: la admiración y el interés profundo. Fernández se ha dedicado sin fatigas a la poesía de Ramón López Velarde y lo ha hecho con una pasión formidable y un entusiasmo condigno de su tema.

De un solo golpe, con un libro hecho sin fanfarrias, fuera del Sistema Nacional de Investigadores y al margen de los institutos literarios y filológicos universitarios; con una enérgica voluntad de estilo y un deseo de pensar seriamente en la poesía; con un apego absoluto a los poemas, Fernando Fernández ha conseguido escribir un libro de altos vuelos, y lo ha hecho sin soberbia ni sabihondeces. Me recuerda el mismo espíritu con el cual trabaja la gran gongorista Amelia de Paz en los archivos españoles.

No diría algo por el estilo de “este libro se suma a los de Philips y Noyola Vázquez y Martínez y Sheridan y Paz y Castro Leal”; sino más bien: “con este libro comienza la nueva serie de reflexiones críticas lopezvelardeanas para los tiempos nuevos”. A alguien podría parecerle una exageración. No lo es para mí, y por eso lo digo de esta manera.

Los cinco ensayos de Fernando Fernández en Ni sombra de disturbio son, todos y cada uno, de lectura gozosa, en su variedad y en sus diferencias de enfoques y de perspectivas. Desde el retrato de época de Alfonso Camín hasta el tejido de minucias filológicas del titulado “La maestra del mundo”; pasando por su aprovechamiento de otros investigadores y críticos en este mismo campo, como la uruguaya Martha Canfield. La actitud de Fernández es la opuesta a la de quien, ante casi cualquier tema literario, se pone a buscar lo dicho por alguna “autoridad” —generalmente esa autoridad es Octavio Paz— para reproducirlo, glosarlo o desmenuzarlo, y por esa vía salir del paso. No: en este libro estamos ante materiales nuevos, reflexiones originales, planteamientos inéditos. Uno diría “casi es demasiado”. Su valor polémico y su riqueza intelectual radican, en buena medida, en la actitud de su autor ante los textos: una actitud hecha por partes alícuotas de soltura, independencia, consciencia histórica, talante crítico, curiosidad, pasión por el lenguaje.

La emoción lúcida del crítico está presente en toda su plenitud, sin duda, en el texto sobre el manuscrito de “El sueño de los guantes negros”. Pero fue otro el poema invocado por Ernesto Lumbreras para comentar Ni sombra de disturbio: “El retorno maléfico”, y por una razón curiosa y seductora. En el nombre mismo de Fernando Fernández, dice poco más o menos Lumbreras, hay como un eco de las dualidades observadas por López Velarde en el “edén subvertido”: “el lloro de recientes recentales”, y desde luego “el amor amoroso / de las parejas pares”.

Trabajo de amor, pues, el de Fernando Fernández con Ramón López Velarde. De “amor amoroso”, de sagacidad y talento.


   
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David Huerta

Nació en la Ciudad de México el 8 de octubre de 1949. Poeta, ensayista y traductor. Estudió Filosofía, Letras Inglesas y Españolas en la FFyL de la UNAM. Ha sido redactor y editor de la Enciclopedia de...


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