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NUEVA ÉPOCA NÚM. 138 AGOSTO 2015 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Las bestias negras
El trabajo “perfecto”


Sarahi Cabrera
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 138| Agosto 2015| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Cabrera, Sarahi , "Las bestias negras. El trabajo “perfecto”" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Agosto 2015, No. 138 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=792&art=16786&sec=Rese%C3%B1as > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Cada vez que en las noticias de la televisión vemos escándalos por fraudes millonarios dentro de instituciones públicas o pactos de funcionarios con narcotraficantes o de las mafias políticas de los partidos por ocupar tal o cual puesto en determinada secretaría, pensamos que se trata de uno más de los teatros que han montado y observamos el mundo nauseabundo de la burocracia política. Ya ni siquiera nos sorprendemos porque todas esas acciones ya son parte de nuestra realidad, por lo menos, mexicana.

Es un mundo que miramos de cerca, pero jamás entramos en contacto directo con él. Siempre de forma indirecta por medio de la prensa es cómo nos mantenemos enterados de los tejes y manejes de la burocracia de nuestro país. Lo miramos como otra dimensión de nuestra cotidianeidad, porque a pesar de que reconocemos los discursos de los mandamases jamás ingresamos en su pequeño círculo.

Y el mundo al que nos quiere adentrar Jaime Mesa en su libro Las bestias negras es justo ese. Su personaje principal Eliseo de la Sota, junto con sus subordinados Jimena, Reza y Leonardo, son los altos mandos de la Secretaría de Cultura de una ciudad —cuyo nombre nunca es mencionado— de provincia. Eliseo, de un carácter difícil que con el paso del tiempo ha ido forjando —porque lo cierto es que ni su labia ni su prepotencia pueden controlarlo todo— para seguir manteniendo el puesto que actualmente ocupa. Es un controlador en extremo, no de las situaciones, puesto que la historia insiste en ello para contarnos algo, pero sí lo es de la vida de sus subordinados que hicieron y harán todo por él: “Era una lealtad del medioevo, de caballeros de las cruzadas: todos ellos pensaban que lo que habían conseguido era gracias a Eliseo. Todo lo que tenían él se los había dado”.

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Sumergidos en una relación enfermiza, mejor dicho: en un trabajo enfermizo, aguantan insultos, maltratos físicos y psicológicos, al alimón tienen que lidiar con la soledad, consecuencia de esa vida burocrática: se sienten solos aunque tengan una relación amorosa con alguien; sin embargo, son relaciones efímeras, insípidas, inverosímiles, porque no forman parte de la realidad de estos personajes, no se las creen y no pueden porque las únicas relaciones con las que han tenido contacto en toda su vida —en este caso las familiares— están rotas casi desde la infancia y desde entonces son dependientes. Dependen de las órdenes del jefe para saber que tienen un fin en el mundo; a la espera de órdenes, de trabajar las 24 horas, y en el caso de Jimena y Reza, saben perfectamente que el jefe dispondrá de ellas cuanto quiera porque así es el protocolo, para las mujeres, de vida en el poder.

Paso a paso, Jaime Mesa nos hace espectadores de la vida de Eliseo, Reza y Jimena. Sabe cómo manejar la historia, como una montaña rusa donde el primer capítulo va lento, esperando —claro— esa primera bajada que no deja ni respirar. Y al pasar esa primera curva lo que quieres es abortar el viaje, quieres dejar de leer porque ese mundo ha comenzado a asquearte, no sin dejarte esa sensación de conocer a muchos Eliseos de la Sota y esa es la principal razón por la cual la historia funciona. Así, pues, es previsible que la siguiente curva terminará con esa misma sensación.

Mesa hará cambios de tiempo para poner énfasis en la vida desdichada de sus personajes, es decir, irá del presente al pasado y viceversa, de modo que descubrimos que son personajes totalmente redondos: la primera percepción de ellos es miserable y la última revisión sólo demarca aún más esa miseria, ya no de sus vidas sino de ellos mismos como personas.

El trabajo “perfecto” para tener una vida “perfecta”; el estatus económico, la apariencia, siempre tan importante, de la familia “perfecta”, ese mundo es lo que llevará a Eliseo a mantener bajo control a sus bestias negras: sus miedos. Ese miedo que retiene en su mente. Ese miedo por perder lo que ha logrado y sabe muy bien que en un abrir y cerrar de ojos puede desaparecer. Y de repente este temor se hace más real que cualquier otra cosa cuando en la primera plana de un periódico local aparece la fotografía de Eliseo de la Sota besándose con un ya olvidado actor, Marcelo Combs, quien se identifica con Eliseo, ya que en su juventud era exactamente igual a él. Además, por supuesto, de la clara obsesión de Eucario, director del periódico que publica dicha fotografía, con Eliseo, incluso “a veces, Eucario tenía fantasías imaginando a Eliseo con Jimena. Un par de veces se masturbó pensando en el semental preñando a su amada, ¿Cómo era posible que alguien tuviera tanto poder sobre otro? ¡Qué concepto tan exquisito y deseable!”.

Todo es una maraña de intereses por conservar u obtener poder. Tratos aquí o allá con políticos, saber a quién apoyar para sacar más provecho. Y como esto se nos hace conocido optamos por percibir mucha realidad en la narración, es decir, hay verosimilitud en el texto. Verosimilitud que funciona, según Blas Matamoro, cuando “hay un pacto que sella la transitoria verosimilitud de la obra de arte, y ese pacto se celebra entre un sujeto virtual y flotante (el texto) y un sujeto anclado en un momento histórico y denso de tal realidad: el lector. En el encuentro de esas dos subjetividades se produce la existencia del género y el valor de verosimilitud que la obra lleva”.

 

Y el lector cree en la historia, la cree completamente; no obstante, en el último capítulo este pacto —pacto entre autor-lector— se rompe. Cuántos Eliseos no han salido en las notas periodísticas, tantos escándalos como el de Bejarano, Granier Melo, o la ya famosa casa de las Lomas, y que si nos dijeran que los burócratas y políticos, a pesar de ser objeto de una credibilidad dudosa, de evadir responsabilidades, de tener lujos ostentosos que salieron de quien sabe dónde, de trabajar para ciertos intereses, de hacer negocios sospechosos o tener tratos con el narco —a pesar de todo esto—, ellos jamás han robado... Ya no hay empatía con el texto porque si realmente nunca hubieran o habrán de robar lo percibiríamos casi como un sueño pintado por Breton. El encuentro entre el lector con la obra queda estático, ya no hay un reconocimiento. Se ha vuelto inverosímil.

Por otro lado, nos envuelven en una “historia de amor”, de ese amor que sufre y no importa lo que pase porque ese amor es único y sincero: en una epifanía, Reza se da cuenta de que ama a Eliseo. Se da cuenta después de que casi la mata, accidentalmente. “Amor” enfermo y obsesivo más que otra cosa, una dependencia total por alguien que ha sabido manipular su vida.

Las bestias negras quizá no es una historia jamás contada; sin embargo, la manera en que Jaime Mesa expone el relato es lo que atrapa, tortuosamente atrapa al lector. El final, a pesar de que deja qué desear, no le quita su carácter sorpresivo e imprevisto y, sobre todo, surrealista. Así que antes de leer Las bestias negras hay que tomar aire, porque definitivamente el autor consigue introducir al lector en el mundo de la vida burocrática mexicana, y ciertamente terminaran la última página hastiados.

 

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Jaime Mesa, Las bestias negras, Alfaguara, México, 2015, 253 pp.


   
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Sarahi Cabrera

Estudiante de la carrera de Lengua y Literaturas Hispánicas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.


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