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NUEVA ÉPOCA NÚM. 144 FEBRERO 2016 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Sobre los “valores universales”


Paulina Rivero Weber
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 144| Febrero 2016| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Rivero Weber, Paulina , "Sobre los “valores universales”" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Febrero 2016, No. 144 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=798&art=17038&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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¿Existen valores que hayan sido compartidos por la humanidad a lo largo de la historia y en todas las geografías? La evidencia histórica y antropológica demuestra que no. Entonces, desde una perspectiva laica, ¿en qué nos basamos para establecer diferencias entre el bien y el mal? Sin las explicaciones de la religión, ¿cuál sería el principio que regiría los valores humanos?

 

Para mis colegas del Colegio de Bioética,
con respeto y afecto

 

Creer en valores absolutos y universales presupone el conocimiento del origen de dichos valores, esto es: quién o qué los instituyó como tales. Un valor universal es aquel que puede ser compartido por la humanidad independientemente del tiempo, el espacio y la clase social en que se viva: hace cinco mil años o ahora, en un pueblo turco o en Río de Janeiro, viviendo en la opulencia o en la hambruna. Para el creyente de cualquier religión esto no es un problema: Dios o los dioses instituyeron dichos valores. Esa es al menos una postura coherente, aunque conocemos sus bemoles; son muchos los dioses que habitan el mundo y sus opiniones sobre los valores universales no siempre coinciden. Pero lo que me interesa reflexionar es lo siguiente: ¿cómo comprender la existencia de valores universales desde una perspectiva laica? Nuevamente pregunto: ¿quién los ha dictado y dónde están escritos? Acaso una respuesta pudiera ser que los encontramos en la naturaleza; respuesta errónea, como veremos.

La escritura de la naturaleza no conlleva un patrón homogéneo que nos lleve a considerar que ella tenga valores: aquello que nosotros podríamos llamar “el bien y el mal” en la naturaleza varía constantemente de una especie a otra e incluso al interior de la misma especie o del mismo animal. Sonreímos conmovidos al ver el video de un gato que amamanta a un ratón y pensamos que es algo tan noble… pero ese mismo gato puede jugar con otro ratón y ya aburrido botarlo a morir en un rincón. No: la naturaleza no parece ofrecer patrones homogéneos de lo que nosotros llamamos “el bien y el mal” y toda la lista de valores que de esos conceptos se desprenden.

Son dos los nombres que deben ir ligados a la crisis de los valores universales y a una nueva forma de responder a muchas preguntas: Darwin y Nietzsche. Darwin acabó con el platonismo biológico en la misma medida en que Nietzsche acabó con el platonismo filosófico. No quiero decir que Platón sea “descartable”; eso sería una barbaridad. Lo que en este contexto concreto llamo “el platonismo” alude a la creencia en patrones universales inmutables y eternos, de los cuales se derivan todos los entes posibles. Platón llamó a esos patrones Eidos, concepto que se tradujo como “formas” o “ideas”.

 

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© Wikicommons

 

De modo contrastante, para Nietzsche todo valor es un invento humano: valores e ideas no son algo eterno e inmutable de lo cual derive la moral, no son entes reales que esperan ser descubiertos; son entes históricos y, como tales, evolucionan de modo similar a como lo hace la vida: con base en su adaptabilidad. Esto lo ha sabido comprender la Iglesia católica cuando ha decretado como “no pecaminosa” una actividad que antaño consideraba un pecado absoluto, e incluso ha llegado a pedir perdón: sus valores y su forma de ver el mundo han cambiado adaptándose a nuevas formas de ser. Por su parte, después de Darwin resulta imposible creer que cada especie proceda de una única forma inmutable y eterna que proporcione una herencia igualmente inmutable a su progenie. La humanidad comprendió que las especies cambian, evolucionan: no necesariamente para su perfeccionamiento, sino más bien para la supervivencia de la especie: todo evoluciona y, por supuesto, también la moral.

Sabemos que esto es así no sólo porque lo hayan dicho Nietzsche, Darwin u otros pensadores. Los valores han evolucionado aun antes de que el homo sapiens apareciera en la faz del planeta: evolucionaron desde los animales. Son muchos los estudios al respecto, pero los más contundentes son experimentos que muestran que los primates exhiben con claridad una cierta moral que implica valores compartidos y castigos para quien se aleja de ellos. De ahí que los primates tengan un concepto de justicia e injusticia, como lo demuestran los estudios y experimentos que Frans de Waal, entre otros, ha llevado a cabo. En ese sentido, nuestros valores son la evolución de valores arcaicos que nuestros ancestros, los grandes simios, crearon para la supervivencia de su especie.

No comprender lo anterior solamente puede conducirnos a dos conclusiones: o se es abiertamente platónico, o se es religioso de manera radical, lo cual puede suceder incluso entre los ateos. El pensamiento religioso no es privativo de las religiones institucionalizadas, de modo que aun el científico que cree en valores universales es, en cierta medida, religioso: cree que hay “algo” ahí en el mundo, si no es que en el cosmos, y que ese “algo” instituye por sí mismo los valores.

Cuando alguna vez le expliqué todo esto a una buena amiga, dócilmente me respondió: “Bueno, pero me tienes que conceder que ciertos valores son universales”. No, no, no y mil veces no: no hay experiencia alguna de ello, de hecho sobran evidencias de lo contrario: nada ha sido considerado como “bueno” o “malo” por absolutamente toda la humanidad. La historia, la antropología y la biología hablan por ello de evolución. Impensable resulta hoy torturar a un niño hasta su muerte por mera diversión, pero existe un caso documentado de una tribu donde esto ocurrió al menos una vez sin consecuencia legal o moral alguna. Impensable es para nosotros matar a una mujer porque ya esté vieja; hay casos documentados de quienes así lo han practicado.

Aparte de los múltiples ejemplos empíricos que ofrece la antropología, en el mundo de las ideas, los derechos humanos son un magnífico ejemplo de la ausencia de valores absolutos: los derechos humanos conllevan valores creados por el ser humano para garantizar lo que usualmente no estaba garantizado de manera natural. Quienes instituyeron los derechos humanos fueron, precisamente, los seres humanos. Y no todos los pueblos estarían de acuerdo con esa universalización ni con nuestros derechos humanos. Hemos visto que han existido pueblos para los que el maltrato o incluso la muerte de un infante “por diversión” no es algo censurable, en la misma medida en que hoy existen sociedades en que el maltrato y la muerte de un animal, incluso por diversión, no es censurable. Nos horroriza pensar que un niño pueda ser maltratado hasta morir para hacer reír a los demás, pero ha habido sociedades en las que esto no ha sido mal visto. ¿Quién tiene la razón? ¿Quién está en lo justo? Depende de cuál sea el tipo de valores que predominan en la persona. Y he ahí el verdadero problema: ¿acaso cualquier escala de valores es igualmente aceptable? ¿Con base en qué hemos de optar por una u otra escala valorativa? La respuesta a la primera pregunta es un no radical.

En efecto, no cualquier escala de valores es igualmente aceptable. También hay una respuesta a la segunda pregunta. ¿Con base en qué fundamentamos una escala de valores? Para Nietzsche —y en esto coincido plenamente—, toda civilización, toda ciencia o religión, en resumen: toda la cultura, debería de presentarse ante un tribunal, que no es el tribunal de la razón, sino el de la vida. ¿Qué tanto una escala de valores promueve y cobija la vida? Esa es la pregunta clave: cuando la vida es el valor supremo puede accederse a una forma diferente de ver las cosas. Y aquí dejemos de lado a Nietzsche para responder a las necesidades del mundo actual: al proponer la vida como el valor supremo no me refiero a la vida humana, sino a la vida en sí. Por eso tan importante es un ecosistema como otro, tan importante una vida como otra. Esto es difícil de comprender para quienes no logran romper la barrera del antropocentrismo, lo cual resulta urgente ante la devastación del planeta: urge la creación de valores no antropocéntricos, que garanticen la vida en el planeta.

Es importante reconocer que los valores son creaciones humanas, para tomar en las propias manos la responsabilidad que ello implica. Como humanos que somos, creamos los valores necesarios para un mundo en el cual deberán habitar el resto de los seres vivos de este planeta. Nuestra responsabilidad es una: crear valores que sustenten la vida sana, fuerte, libre y creciente en nuestro planeta. Debemos ser capaces de crear valores que garanticen los derechos humanos en todo el mundo tanto como los derechos del resto de los animales no humanos. Y para ello debemos ser capaces de crear valores que garanticen el bienestar de todos los nichos ecológicos, de todos los ecosistemas para el desarrollo de la vida en el planeta.

Se me dirá que entonces la vida es “el valor universal”. Y esto me parece cuestionable; habría que detenerse primero a explicar qué entendemos por el concepto de “vida”, y eso es lo que a mi modo de ver queda como uno de los problemas del pensamiento de Nietzsche. Ya Toni Morrison ha dicho de manera magistral en su Beloved que hay algo más importante que la vida: la vida en libertad. De modo que el valor de la vida no puede en realidad universalizarse: es necesario juzgarla caso por caso. En un caso la eutanasia puede ser la opción más vital, en otro no. En un caso el aborto puede ser la opción más vital, en otro no. Cada individuo tiene el derecho de elegir lo que le resulta más vital siempre y cuando ello no interfiera con los derechos de los demás individuos. La vida libre, la vida fuerte, la vida sana, respetuosa de la vida misma, podría en efecto perfilarse como el único valor que quizá pueda fundamentar éticamente el actuar humano y la creación de sus valores, que ante la depauperación de la vida en el planeta es la responsabilidad humana más urgente.


   
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Paulina Rivero Weber

Nació en la ciudad de México, en 1958. Estudió Filosofía en la UNAM, donde realizó sus estudios de maestría y doctorado, ambos en Filosofía. Ha sido profesora tanto de Estudios Profesionales como de...


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