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NUEVA ÉPOCA NÚM. 145 MARZO 2016 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Nellie Campobello
La “otra” Revolución


Rosa Beltrán
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 145| Marzo 2016| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Beltrán, Rosa , "Nellie Campobello. La “otra” Revolución" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Marzo 2016, No. 145 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=799&art=17077&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Para su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, la novelista Rosa Beltrán, autora de La corte de los ilusos, eligió como tema de reflexión la obra Cartucho, de Nellie Campobello, libro y autora a los cuales se acerca desde un cuestionamiento: ¿qué explica la escasa presencia y valoración que ha tenido una escritura tan extraordinaria? Durante la ceremonia en el Palacio de Bellas Artes, el escritor Gonzalo Celorio tuvo la encomienda de responder a las palabras de la nueva académica.

 

La vida nos sorprende a veces con privilegios insospechados. Uno muy grande consistió en el azar que hermanó a los miembros de esta noble institución en la idea de que podía contarme entre ellos. Significa, entre otros, el gusto inmenso de reflexionar sobre uno de los mayores bienes que poseemos, las palabras, y hacerlo en compañía de quienes desde distintos campos han dedicado su vida a ellas. Las palabras son mi única, verdadera relación con el mundo. No hay nada ni nadie en mi percepción que no esté atravesado por ellas. Uno de mis más antiguos recuerdos es haber descubierto que las palabras eran entes con vida propia; que cada una era irremplazable; que evocaban recuerdos, sensaciones, formas incluso. Que las palabras, en fin, no eran las cosas. Y que el idioma consigna las realidades que ellas evocan de modo peculiar. La prodigiosa lengua española puede vivirse de muy distintos modos. Es un honor que me hayan invitado a formar parte de la Academia Mexicana de la Lengua. Quiero agradecer a quienes propusieron mi candidatura: don Vicente Quirarte, doña Julieta Fierro, don Vicente Leñero, y a todos los miembros que aceptaron dicha candidatura por unanimidad. Agradezco al director de esta institución, don Jaime Labastida; y a don Gonzalo Celorio, quien generosamente aceptó dar respuesta a mi discurso y quien me ha acompañado en tantos momentos de mi vida académica y, más felizmente aun, desde su obra, de mi vida lectora. Agradezco a ustedes su presencia. Este acto tiene especial significación pues ocuparé la silla XXXVI, que antes ocuparon don Manuel Toussaint; don Octaviano Valdés; don Luis Astey Vázquez y don Gustavo Couttolenc y con ello participaré de la reflexión compartida sobre el tema que de forma excepcional nos hace humanos, la lengua, en particular aquella a través de la que veo y “oigo” el mundo, la lengua española. De forma muy especial agradezco a mis padres y hermanos. Y sobre todo, a Casandra y Ernesto, mi fuerza y mi guía.

 

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Nellie Campobello
© Archivo UNAM

 

La conformación de un clásico es siempre un enigma. El que un mismo libro hable a distintos lectores por generaciones es uno de los misterios más grandes de la literatura. Es también un acto de sobrevivencia colectiva. Uno de los modos en que la especie perpetúa su existencia a través de esa máquina prodigiosa que resguarda el diálogo infinito, el libro, aunque no cualquier libro, sino ese con el que se es capaz de mantener una conversación continua y secreta. Cuando pensamos en un clásico evocamos más los méritos intrínsecos a la obra y menos unas formas de leer que siendo distintas son capaces de dotar de sentido a dicha obra a través del tiempo. Nos gusta pensar en cierta esencia de la vida preservada en el libro. Haber descubierto en el siglo XX que no existe nada esencial nos ha hecho repensar el canon y mirar las obras de un modo diverso: un clásico es algo aun más misterioso que lo que imaginábamos porque es ante todo un mecanismo. Clásico no es el libro que conforme a su etimología contiene un orden sino aquel que las generaciones deciden leer como si todo en él estuviera escrito con deliberación para sus ojos cambiantes, infinitos. Pero si aquello que hace a un clásico asombra, más sorprende que obras que no son clásicas se apoderen de un lugar en un tiempo posterior a aquel en que fueron escritas y se afiancen en las mentes de nuevos lectores, adueñándose de la forma de sentir de una época, como si pertenecieran a ella o como si siempre hubieran estado ahí.

Borges afirma que las emociones que la literatura suscita son quizás eternas pero los modos con que esta se expresa, no. Los recursos con que algo se cuenta necesariamente varían pues su efecto se gasta a medida que lo reconoce el lector. Por ello, considera peligroso afirmar que existen obras clásicas y que lo serán para siempre. “Una preferencia”, dice, “bien puede ser una superstición”. La provocadora afirmación de uno de los autores más grandes del siglo XX en nuestra lengua parecería un atentado contra la tradición y la Academia. Pero hay mucho de esperanzador en saber que “la gloria de un poeta depende de la excitación o de la apatía de las generaciones de hombres anónimos que la ponen a prueba en la soledad de sus bibliotecas”.

El tema de las “recuperaciones” y “revaloraciones”, clave en los estudios de literatura comparada, ha demostrado que obras que hoy consideramos indispensables no siempre han sido leídas de modo ininterrumpido por largos periodos de la historia y es tarea del crítico y el escritor rescatar dichas obras del olvido. En el siglo XIX, Herder hizo que El Quijote se volviera a leer y valorar en Alemania. Fue él quien junto con Goethe establece en el Romanticismo al Quijote como el ideal de las aspiraciones humanas en un mundo en que la realidad oprime al individuo. Defendió la idea de que El Quijote representaba el espíritu del pueblo español; leyó a Cervantes toda su vida y con sus lecturas contribuyó al furor cervantista. Así, pues, traducir e interpretar es más que eso; es un asunto de recuperación y “puesta al día”. Y aunque es difícil pensar que obras como la de Cervantes se quedaran sin lectores, el estudio de este fenómeno hace ver cómo la lectura de un clásico se “adapta” a las posibilidades de lectura de una generación que la redescubre y aprecia gracias a la suerte de “traducción” de un interlocutor o un fenómeno que funge como intermediario e intérprete.

Nellie Campobello, reconocida en su tiempo por autores de la talla de Martín Luis Guzmán, Germán List Arzubide (quien estuvo a cargo de la edición de Cartucho), Ermilo Abreu Gómez, Carlos Noriega Hope, Gregorio López y Fuentes y Rafael Heliodoro Valle, quien al decir de la propia Nellie “entresacó” una estampa de Cartucho, es no obstante uno de tantos ejemplos de la escritora cuya obra permanece en una suerte de “vida latente”, sujeta de ser reanimada, cada determinado tiempo, sin llegar a ser leída más que por un grupo de especialistas. Para quienes conocemos Cartucho y Las manos de mamá es difícil entender que una obra tan rica y original haya sido ignorada por los lectores, pero más enigmático aún es que permanezca al margen de un canon que se obstina en dejarla de lado cuando se refiere al corpus que conocemos como “novela de la Revolución”, aunque invariablemente coincida en dar cuenta de sus méritos. Las causas de su marginalidad son muchas, y muy diversas. Una muy obvia tiene que ver con razones de género. Campobello es la única autora de la novela de la Revolución, así como Elena Garro es la única autora de la novela de la posrevolución. Situarlas así no es prueba de que no haya diferencia en la forma en que leemos a autores y autoras. Al contrario, esto hace que cada una quede en el anaquel que las ubica como “muestras” representativas de un periodo, como aquella gallina de tres patas que el Circo de la Fauna Mexicana presentaba para exhibir las excepciones a la regla.

Otra razón posible de su marginalidad es que frente a obras como Los de abajo, de Mariano Azuela, o Vámonos con Pancho Villa,de Rafael F. Muñoz o La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán, escritas en tercera persona, en el momento en que Cartucho fue publicada el género testimonial era visto con cierto desdén por la crítica. Curiosamente las obras mencionadas son en buena medida testimonios, puesto que sus autores estuvieron presentes y atestiguaron distintas facetas del movimiento revolucionario. La diferencia es que estos autores no se asumen como protagonistas. Campobello escribe sobre la Revolución habiendo sido testigo presencial del movimiento villista. Desde su casa de la Segunda del Rayo, en Parral, Chihuahua, siendo muy niña, observa cómo los soldados entran a pedir comida y agua a su madre, o a que, como a Cartucho, les cosa un botón. Las imágenes de la gesta vivida de puertas adentro dejan huella en la autora que, durante años, busca un método narrativo que dé cuenta de la experiencia sin acudir a modelos literarios previos: a la leyenda, el melodrama o “el sentimental plañir que implora piedad”, como ella misma afirma. Nellie Campobello, que nace en 1900, no escribe sobre su experiencia sino hasta que tiene treinta años. Y cuando lo hace, su crónica de los hechos obedece a un plan previo que atenta contra los modos en que se escribe en su época. La decisión de invertir los planos entre lo público y lo privado, entre la Revolución que va a ella en vez de ir ella a la Revolución, genera la primera disrupción. La segunda está en contar la historia como autobiografía, siendo ella la protagonista, y en elegir el punto de vista de una niña, cuando es una adulta quien escribe. Enrarecer la percepción (elegir la mirada del loco o del niño), como sabemos desde Cervantes, Shakespeare y Erasmo, es una razón de orden estético que se asienta como una contradeclaración al logos. Es, de hecho, la elección clave para cuestionar el orden establecido: el orden moral, social, estético de una época.


   
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Rosa Beltrán

Nació en la ciudad de México el 15 de marzo de 1960. Novelista, cuentista y ensayista. Estudió la Licenciatura de Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM y el Doctorado de Literatura Comparada en la...


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