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NUEVA ÉPOCA NÚM. 145 MARZO 2016 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Rubén Darío
La rareza de ser actual


Ariel González
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 145| Marzo 2016| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

González, Ariel , "Rubén Darío. La rareza de ser actual" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Marzo 2016, No. 145 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=799&art=17079&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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El 6 de febrero de 1916, hace un siglo, falleció el gran renovador de la lírica española que asumió el nombre de pluma de Rubén Darío. El poeta nicaragüense, con todo, no ha tenido una posteridad decididamente aplaudida; han existido los reparos y el desconocimiento de las aportaciones que su escritura trajo a la poesía de la lengua. ¿Cuál ha sido el devenir de estos desencuentros críticos?

 

I

Sin proponérselo —acaso sólo sintiéndolo para luego poder reflexionar sobre ello con gran elocuencia—, fue Borges quien íntegramente percibió en el curso de su vida, haciéndolas suyas, las reacciones fundamentales que el legado de Rubén Darío ha producido: desdén o admiración; rechazo o exaltación de su figura, pasando desde luego por un sinnúmero de matices.

El joven Borges abolió a Darío y el Borges maduro se rindió ante él. Para nuestra suerte, todos estos sentimientos encontrados fueron experimentados por un escritor capaz de ver a tiempo la injusticia cometida.

En su ensayo “Ultraísmo”, publicado en los años veinte en la revista Nosotros, Borges define que “la belleza rubeniana es ya una cosa madura y colmada, semejante a la belleza de un lienzo antiguo, cumplida y eficaz en la limitación de sus métodos y en nuestra aquiescencia al dejarnos herir por sus previstos recursos; pero, por eso mismo, es una cosa acabada, concluida, anonadada”. Antes, incluso se permite “empalmar una expresión de Torres Villarroel y decir que considerado como cosa viviente, capaz de forjar belleza o de espolear entusiasmos, el rubenianismo se halla a las once y tres cuartos de su vida, con las pruebas terminadas para esqueleto”.

Décadas después, el autor de El Aleph se refiere en pocas pero muy puntuales ocasiones al poeta nicaragüense. Le concede ya ese papel preponderante en nuestras letras que ha pasado a ser prácticamente un lugar común: “Todo lo renovó Darío: el vocabulario, la métrica, la magia peculiar de ciertas palabras, la sensibilidad del poeta y de sus lectores. Su labor no ha cesado ni cesará. Quienes alguna vez lo combatimos comprendemos hoy que lo continuamos. Lo podemos llamar liberador”.

 

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Rubén Darío
© Archivo UNAM

 

En 1971, el diario Clarín le preguntaba a Borges cómo definía la situación de Argentina en ese momento. En la respuesta que da evoca a Darío como el poeta capaz de mirar simbólicamente hacia todo aquello que quisimos ser como naciones latinoamericanas; Borges entonces lo utiliza como contrapunto: “Creo que es una época de escasa esperanza, de desidia, nadie espera mucho de nada. En 1910, cuando Rubén Darío escribió la ‘Oda a la Argentina’, creo que sentíamos que éramos una esperanza para el mundo. No creo que nadie sienta eso hoy. Sentimos que todo está un poco desvaído, un poco gris; y si quieren suprimir un poco, podemos suprimir los adverbios…”.

El autor de Azul… acompañó e inspiró a muchas generaciones de escritores y poetas. Sin embargo, su valor, su peso e influencia no siempre fueron asimilados fácilmente. Como parte sustantiva del modernismo despertó las más disímiles reacciones; no bastó con que ayudara a revolucionar el lenguaje de una época o que enseñara a mirar con otros ojos la actividad poética. Antes y ahora mismo, se le regatea su grandeza.

En Cuadrivio, Octavio Paz expone lúcidamente sus reservas: “El lugar de Darío es central, inclusive si se cree, como yo creo, que es el menos actual de los grandes modernistas. No es una influencia viva sino un término de referencia: un punto de partida o de llegada, un límite que hay que alcanzar o traspasar. Ser o no ser como él: de ambas maneras Darío está presente en el espíritu de los poetas contemporáneos. Es el fundador”.

 

II

Darío conoció en vida la gloria, la admiración de sus pares, el respeto de instituciones y gobiernos, pero su verdadera dimensión no fue aceptada sino hasta después de su muerte. No obstante, lo que le sucedió al joven Borges frente a su figura y, más aun, lo que apunta Paz, sigue ocurriendo hoy mismo. Su pugna por estar entre nosotros, vigente más allá del mausoleo y el texto escolar, no ha terminado.

Hace poco me contaron que frente a la pregunta de qué significaban hoy Darío y su obra —ahora que se cumplen cien años de su fallecimiento—, un poeta mexicano decidió no responder nada porque, confesó, nada le decían. Esa aparente indiferencia (eufemismo de profunda ignorancia) resulta muy inquietante porque parece ser la que ha prohijado esa ceguera que ostentan con naturalidad y desparpajo muchos jóvenes que prefieren mirar sólo hacia la actualidad, por más pobre que esta luzca. ¿Será eso lo que ha producido, por ejemplo, que en el mercado del arte, absurdamente, los clásicos valgan ya menos que todo eso que se vende como arte contemporáneo?

Darío, quien pensó en los raros (sus admirados Poe, Verlaine, Villiers de l’Isle Adam, Ibsen, Léon Bloy, Lautréamont…), ha terminado por ser él mismo uno de ellos, pero por una vía harto más simple: la que el paso del tiempo entreteje, como una trampa, y de la que ni la fama ni el reconocimiento salvan. Porque, viéndolo bien, entre las muchas formas de ser raro, la de parecer anticuado o démodé es una de las más socorridas. Y si en su momento raro pudo tener la connotación de decadente (a lo que no poco contribuyeron la dipsomanía o las estrecheces económicas del poeta), hoy ese término glosa esencialmente la extrañeza ante lo que representa otro tiempo, otra sensibilidad que de tan fina se considera caduca.

En un magnífico ensayo sobre lo raro (Letras Libres, agosto de 2012), Juan Pablo Villalobos cita y resume la perspectiva del poeta catalán Pere Gimferrer sobre el tema:

“¿Qué es hoy lo raro, quiénes son hoy los raros?”, se pregunta Gimferrer y alude a Darío: “Para Rubén, lo raro y los raros no podían ser sino lo opuesto a la tradición o lo simplemente ajeno a ella. En tal sentido, lo raro y los raros formaban parte de una estrategia respecto a esa tradición; eran fuerzas de choque, catapultas contra las murallas desconchadas de la preceptiva”. Para Gimferrer, casi cien años después de Darío, la ausencia de una verdadera tradición literaria provocaba que ya no hubiera más “murallas que asaltar”. La comarca de los raros se había extendido casi sin límite, todo podía ser raro, y concluye con una provocación: “Raro es lo mal leído o mal comprendido o mal difundido”.

En esta última frase cabe el raro destino de Darío, cuya obra es hoy poco (y mal) leída, no muy comprendida y pésimamente difundida. Y si hemos de hablar del conocimiento de su vida, las cosas van a peor. “Son muchos los críticos de Rubén Darío y muy pocos sus biógrafos. Más los Pedros Salinas y menos, mucho menos, los Franciscos Contreras”, escribió Carlos Tünnermann en la presentación de la biografía por antonomasia del poeta (La dramática vida de Rubén Darío, de Edelberto Torres).

Para ser el pantocrátor de las letras hispanoamericanas, el más genial poeta surgido desde el Siglo de Oro, esta condición resulta por lo menos injusta. Sin embargo, parece continuación o se corresponde de algún modo con la mar de crisis, dificultades y apremios que envolvieron siempre su existencia

 

III

Excepto la poesía —una auténtica lengua materna para él—, nada le fue fácil a Darío. El genio precoz, el niño poeta como Rimbaud, no tuvo la cuna que explicara per se la grandeza que alcanzaría. Metapa, el pobre villorrio donde vino al mundo (hoy Ciudad Darío), no podía siquiera soñar con que uno de sus hijos pudiera proyectarse hacia la universalidad.

Sus orígenes humildes, empero, quizá sean los que lo convierten necesariamente en viajero (que no en vago, como pretendía un proceso que se le instruyó en Managua en1884): se va a El Salvador; no tiene ni veinte años cuando llega a Valparaíso, Chile, para pasar luego a Santiago. Allí, a los 21, publica Azul…, la deslumbrante obra que le abrirá todas las puertas y que servirá de estandarte para muchas generaciones de artistas. Después Buenos Aires, Madrid, París, las grandes ciudades en las que consolidará su talento.

Pero desde sus comienzos todo es lucha contra eso que en las palabras liminares de sus Prosas profanas y otros poemas denomina “la absoluta falta de elevación mental de la mayoría pensante de nuestro continente, en la cual impera el universal personaje clasificado por Rémy de Gourmont con el nombre de Celui-qui-ne-comprend pas. Celui-qui-ne-comprend-pas es entre nosotros profesor, académico correspondiente de la Real Academia Española, periodista, abogado, poeta rastaquouère”.

Es encumbrado por los políticos locales, pero todo es siempre como una farsa que termina poniéndolo al frente de fantasmales delegaciones, fracasadas o mendicantes misiones diplomáticas. De ahí que el periodismo se convierta en el más urgente medio para sobrevivir; sus crónicas para La Nación, de Argentina, impedirán una y otra vez que lo alcance la miseria.

La sombra tortuosa de su matrimonio con Rosario Murillo lo perseguirá a todas partes; la frustrante, incompleta relación con la buena de Francisca Sánchez será sólo otra pieza de su fragmentada y conflictiva vida amorosa.

Su bohemia abismal parecía acercarlo a algunos de los raros de su predilección. Sometido por los demonios etílicos, los que no lo explotan, lo vilipendian. Dice Pedro Salinas: “Por alcohol se compraba siempre a Darío mucho más que por dinero. Por alcohol se le engañaba, como a un niño […]. Y bebía, como lo hizo casi todo, mitad en este mundo, mitad en el otro”.

Hasta un Santos Chocano, ensoberbecido, le recuerda cínicamente los valores distintivos de una región —humana y geográfica— que no lo deja crecer porque ahí está anclada su existencia: “En América tenemos hoy, además de nuestro renombre incontrovertible, tú la fama de ser más ebrio que Baco; Díaz Mirón la de ser más asesino que Hércules; yo la de ser más ladrón que Mercurio. ¡Pobre América que no cuenta sino con nosotros!”.

Los primeros cien años sin Darío siguen revelando la pequeñez del mundo que le tocó vivir. Pero el triunfo de Darío es que a pesar de todo cuanto enrarece su imagen, siempre pervive su Arte, así con mayúsculas: “Y si hubo áspera hiel en mi existencia, melificó toda acritud el Arte”. ¿Eso le da actualidad? No lo sé. ¿A quién le importa? La certeza más profunda que podemos tener es que las letras hispanoamericanas no serían lo mismo sin él.

Por lo demás, lo único que siempre es actual es el misterio del que habla Pierre Michon cuando se pregunta: “¿Qué es lo que hace que la literatura se reanude sin fin? ¿Qué es lo que impulsa a los hombres a escribir? ¿Los demás hombres, sus madres, las estrellas, o las antiguas cosas inmensas, Dios, la lengua? Las potestades lo saben”.

Y son esas potestades las que sin duda hicieron cantar a Darío:

amar, sobre los hechos fugaces de la hora,
sobre la ciencia a ciegas, sobre la historia espesa,
la eterna Poesía, más clara que la aurora.


   
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Ariel González

Periodista cultural. Estudió economía en la Facultad de Economía de la UNAM. Fue editorialista en el periódico El Nacional y columnista de su suplemento cultural, El Nacional Dominical. Ha...


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