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NUEVA ÉPOCA NÚM. 145 MARZO 2016 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Felizmente divididos y viceversa
Sobrevivir al naufragio


Sandra Lorenzano
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 145| Marzo 2016| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Lorenzano, Sandra , "Felizmente divididos y viceversa. Sobrevivir al naufragio" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Marzo 2016, No. 145 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=799&art=17081&sec=Art%EF%BF%BD%EF%BF%BDculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Hace 40 años, el 24 de marzo de 1976, la historia argentina se llenó de sangre. Con la imposición de la dictadura militar, el vibrante país sudamericano entró en una larga noche de sufrimiento, pérdida y violencia institucional. México, por su parte, fue un suelo generoso que recibió a los exiliados y permitió, a muchos de ellos, encontrar una nueva casa. Leamos los testimonios.

 

Por los cuarenta años de exilio
Por los dieciséis años de felicidad
Por el futuro
Lejaim!

…fue un continente muy fuerte para un momento de quebradura, es como si México me hubiera ayudado a juntar los pedazos y me hubiera rearmado.
Para mí, los mexicanos, con su solidaridad, juntaron mis pedazos
.
LAURA BONAPARTE

 

Se ha dicho que pocos temas convocan como este la primera persona. Así que desde esta primera persona que soy —con un pie en cada uno de mis países y el corazón que habla de y de vos— escribo estos fragmentos. Nunca he encontrado otro modo de contar mis historias de exilios, desexilios, destierros y transtierros más que con fragmentos, con pedazos que son a la vez anotaciones, ocurrencias y confesiones.  Con un final feliz. Como en los viejos cuentos.

 

1. Aquello fue un naufragio. Todavía puedo sentir el frío cortante de ese invierno que calaba por igual en el cuerpo y en el ánimo. Todavía puedo escuchar las conversaciones en voz baja, casi en un susurro, de mis padres. “Echaron a Fulanito”, decía papá. “Hoy vinieron a buscar a Menganito”. El hospital de Tigre, pequeño, pobre, era el lugar en el que mi padre pasaba todas las mañanas de su vida; lo hizo durante veinte años, sin cobrar un peso, claro, como la mayor parte de los médicos argentinos. Ese era su compromiso con el país que los había formado. Allí, a la orilla del río, en el delta que forma la desembocadura del Paraná, estaba mi termómetro de la situación. Allí fui con papá una noche a tirar un par de valijas cargadas de libros que la ignorancia, la prepotencia y la intolerancia de los distintos gobiernos militares habían prohibido. Mientras se hundían la Breve historia de la Revolución Mexicana de Jesús Silva Herzog y El extranjero de Albert Camus, con los libros de Scalabrini Ortiz y los poemas de García Lorca, entre muchos otros, papá lloraba, yo lloraba, y los dos sabíamos que aquello era un naufragio.

 

2. El 24 de marzo de 1976 es una herida en la historia argentina. Y es una herida en la historia íntima y personal de cada uno de nosotros. Pero la represión había empezado antes. Había empezado con la masacre de Ezeiza, el 20 de junio de 1973, el día en que Perón volvía al país después de casi dieciocho años de destierro y proscripción; había empezado con la siniestra presencia de José López Rega en el gobierno y la creación de la Alianza Anticomunista Argentina, la temible Triple A; había empezado con el ejército en las calles; había empezado con el miedo que causaban las persecuciones, las desapariciones, las prohibiciones que llegaron después de la corta y libertaria primavera de Héctor Cámpora. Pero también podría decir que empezó con la represión en la Patagonia en 1921, con el golpe de Estado al presidente Yrigoyen en 1930, o con el derrocamiento de Perón y el bombardeo a la Plaza de Mayo en 1955, o con “la noche de los bastones largos” en 1966, o con la matanza de Trelew en 1972… ¿O debería irme más lejos aún en nuestra historia y hablar de “la conquista del desierto” con la que se fundó la república liberal y oligárquica? Los indios son nuestros primeros “desaparecidos”; aniquilados, o explotados y marginados en la realidad —en la de antes y en la de ahora—, borrados de los relatos fundacionales.

 

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© Wikicommons

 

Las heridas son muchas y antiguas en nuestra historia. Y ese 24 de marzo las concentró todas, en términos simbólicos. Ese día dio inicio oficial —con marcha militar en la radio y comunicado de la primera junta de gobierno: Videla, Massera, Agosti— la más cruel de nuestras dictaduras militares, la de los 30 mil desaparecidos, la de los miles de exiliados, dentro y fuera de las fronteras del país, la de las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo, la de las torturas inimaginables, la de los bebés nacidos en cautiverio, la de los vuelos de la muerte… Ese día nos volvimos náufragos.

 

3. E pur si muove… Tuvimos poco más de una semana para despedirnos de todos: los amigos, la escuela, los abuelos, la casa, el paisaje. Quienes me conocen saben que desde esa primera vez siempre lloro en las despedidas como si nunca más volviera a ver a quienes quiero. Los aeropuertos son para mí desde hace cuarenta años mi propio “santuário das lágrimas”.

Una noche nos subimos a un avión con lo poco que pudimos meter en las maletas, y horas después estábamos aterrizando en el aeropuerto de esta hoy entrañable Ciudad de México. México fue la balsa a la que nos aferramos en el océano de la violencia y el dolor en que se había convertido nuestra vida.  

Y aquí tengo que hacer un alto en la historia.

Tengo que hacer un alto para explicar que a partir de ese momento he vivido felizmente dividida, o viceversa, entre mis dos países, mis dos patrias, mis dos hogares. Dije que México fue la balsa que evitó que nos ahogáramos, pero lo cierto es que este país fue mucho más que eso. Y ha seguido siéndolo durante cuarenta años. Pienso “cuarenta años” y me da vértigo. Recuerdo a los refugiados españoles que conocí al llegar, y recuerdo también mi mirada de conmiseración adolescente cuando los oía hablar de las décadas y décadas que llevaban viviendo lejos de su tierra. Yo pensaba: “A mí no me va a pasar algo así. Envejeceré allá, al sur de todos los sures”. Quién me iba a decir entonces que no querría irme nunca más de la otrora región más transparente. Quién me iba a decir que elegiría quedarme aquí para ver crecer a mi hija, para ir sintiendo cómo se me aja la piel y me lleno de canas. Quién me iba a decir entonces que algún día defendería mi derecho a ostentar la nacionalidad argenmex como uno de mis más preciados tesoros.


   
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Sandra Lorenzano

Nació en Argentina en 1960. Radica en México desde 1976. Ensayista, narradora, editora y crítica literaria. Doctora en letras por la UNAM, se especializa en arte y literatura latinoamericanos, tema sobre...


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