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NUEVA ÉPOCA NÚM. 145 MARZO 2016 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Eraclio Zepeda
En memoria de mi hermano


Jaime Labastida
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 145| Marzo 2016| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Labastida, Jaime , "Eraclio Zepeda. En memoria de mi hermano" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Marzo 2016, No. 145 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=799&art=17082&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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El 17 de septiembre de 2015 falleció Eraclio Zepeda. El escritor chiapaneco mostró un talento precoz y apabullante cuando, a los 22 años de edad, publicó Benzulul, una colección de cuentos que trazó un panorama vehemente e incisivo de la violencia en el campo chiapaneco. Su amigo desde la juventud y compañero de andanzas literarias, Jaime Labastida, lo recuerda en este texto elegiaco.

 

Quisiera dejar, aquí y ahora, el testimonio de la amistad fraternal que me unió, a lo largo de casi sesenta años, con Eraclio Zepeda. La imagen que acude a mi recuerdo, al pensar en Eraclio, es siempre la misma: la de un hombre con vitalidad sin límites, un hombre ebrio de alegría. Tenía la sonrisa a flor de piel y era exuberante, como la selva, pródigo de sí mismo. ¿Cómo es posible que haya muerto Eraclio?, me dije el día que lo supe. No puede ser, podremos morir todos, pero él no: él es la vida.

Tuvo enemigos personales, pero, ¿quién, que es, no los tiene? Es posible que le guardaran rencor aquellos que no podían tolerar su capacidad para superar los obstáculos ni su paciencia ante los errores de los demás ni su aptitud para hallar aspectos amables en los problemas más duros. Sólo quienes están corroídos por la envidia podrían dejar de gozar sus anécdotas, sus cuentos orales, llenos de matices oportunos ante el asombro de quienes lo escuchaban. Era, por encima de todo, un hombre dispuesto a brindar su ayuda a los demás, sin esperar recompensa alguna.

 

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Eraclio Zepeda
© INBA

 

Nos conocimos en 1956. Yo cursaba el último año de preparatoria. Él había terminado dos años antes el bachillerato de ingeniería, porque sus padres querían que cursara una carrera que le produjera ingresos seguros, como desean todos los padres (pero esa carrera era incompatible con su carácter). Nos conocimos por esa causa fortuita: porque volvió a la preparatoria para cumplir con el último año del bachillerato de humanidades, más acorde con sus deseos y su vocación. La súbita presencia de Eraclio entre los alumnos de aquella escuela preparatoria cerrada, al mismo tiempo un internado militar, nos causó una conmoción profunda y produjo un cambio no sólo entre los alumnos: sacudió por igual a profesores y autoridades. Llevó un aire fresco a los usos de aquel régimen militar.

Eraclio, por ejemplo, logró que se nos permitiera asistir a conferencias fuera del cuartel. Asistimos así a una charla que dictó Diego Rivera en el ya desaparecido Instituto Cultural Mexicano-Soviético. Diego, cuando vio entrar en el recinto a seis jóvenes en uniforme militar, perdió el rumbo de su charla, se inquietó y salió de la sala. El incidente trascendió y estuvimos a punto de ser expulsados de la escuela preparatoria: el tema llegó a la Secretaría de la Defensa (era la época de la Guerra Fría) y los altos mandos militares del país elevaron una queja ante las autoridades escolares. Obvio es decir que nuestras excursiones a la vida real fueron truncadas y nunca más obtuvimos permiso alguno para salir de la escuela, lo que no impidió que los sábados organizáramos reuniones con nuestros profesores, ya en calidad de amigos que intercambian opiniones y lecturas sobre la literatura y, acaso, sobre la vida. Le debo a Eraclio, pues, en mi temprana juventud, el haberme abierto una puerta para la posible comprensión de los problemas reales de la sociedad, de los que nos apartaba la vida enclaustrada de aquella escuela.

Desde los primeros días nació entre nosotros una amistad que nada, nadie, nunca pudo quebrantar: ni las diferencias de opinión ni las tareas, tan distintas, en que ocupamos luego nuestras vidas, ni sus múltiples viajes ni sus largas estancias en el extranjero, que lo alejaron por años de nuestro país. He aquí un rasgo de su vida que necesito subrayar. Eraclio viajaba mucho, cierto, pero tenía sus raíces en México; aun más, en Chiapas, en su habla, su clima, su manera de ser. Vivió durante varios años en Cuba, China, Rusia. Sin embargo, su corazón quedó sembrado para siempre en su tierra natal: tenía un amor inmenso (e intenso) por el pueblo de Chiapas (mejor aún, por sus indígenas). Lo prueba la tetralogía que escribió en los últimos años de su vida. Entre 2006 y 2013, imprimió Las grandes lluvias, Tocar el fuego, Sobre esta tierra y Viento del siglo, novelasque, como sus nombres indican, se apoyan en los cuatro elementos griegos: agua, fuego, tierra y aire. Estas novelas indican cómo, en un tiempo tan corto, Eraclio había vuelto a escribir con la misma pasión que lo arrebató al redactar sus cuentos juveniles: su fuego creador, lejos de extinguirse, se mantenía vivo por entero.

Yo gastaba el tiempo de mis vacaciones escolares, cuando era estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras, es decir, entre los años de 1957-1960, en visitar los lugares en donde él y Óscar Oliva residían: alguna vez en San Cristóbal de las Casas, otra más en Xalapa. Esos itinerarios, de Chiapas a Veracruz, se debían al cambio de los estudios a que se entregaban Eraclio y Óscar: una vez quisieron ser abogados; otra, antropólogos.

Asistí al nacimiento de sus primeros relatos, los extraordinarios cuentos de Benzulul. Eraclio empezaba por contarnos cierta anécdota; luego, sin decir palabra, se encerraba en su cuarto durante largas horas, sin dormir. La mañana siguiente nos asombraba con la lectura de un cuento casi perfecto, al que sólo cabía hacerle pequeñas enmiendas. Trabajábamos como si fuéramos un taller literario, pero sin normas, sin aparato crítico, guiados sólo por el gusto, la amistad, la benevolencia. Éramos, sin embargo, implacables y no tolerábamos errores. Leíamos, exaltados, durante horas, en voz alta, versos de Neruda, Borges, Vallejo, Huidobro, Gorostiza, Paz, Miguel Hernández, sin método, sin guía, sin maestros (hasta que no conocimos al poeta español Agustí Bartra). Esos años fueron años de aprendizaje, curiosidad insatisfecha, inquietud por hallar nuevos caminos. No escindíamos la literatura de la vida: en nosotros, escribir era una función vital y, a la vez, la vida nos conducía siempre hacia la escritura.

Una noche, oí el ruido de unas piedras en mi ventana: Eraclio me anunciaba que partiría hacia China, que se casaba y que llevaría consigo a su mujer. La mujer con la que se casaba era una adolescente y carecía del necesario permiso de sus padres para hacerlo. Fue un rapto consentido, sin duda. Contrajeron matrimonio a escondidas de todos. Creí entonces que aquella aventura, porque lo era, duraría lo que duran el arrebato y el delirio. Me equivoqué y, por fortuna, no fue así. Eraclio y Elva construyeron una relación llena de amor, duradera, constante. De ella nació, en el extranjero, en esa Rusia que ya empezaba a mostrar los primeros síntomas de su fallecimiento, una niña a la que impusieron el nombre de María, bajo la forma cariñosa de Masha.

Para finalizar estas palabras que no tienen más sentido que recordar, con cariño inmenso, a mi hermano Eraclio, relataré un hecho que lo enaltece. Ustedes saben que, en los conflictos civiles, los hermanos se enfurecen. A raíz de la rebelión indígena en Chiapas, amigos y hermanos se enfrentaron en trincheras antagónicas. Dos de los amigos de juventud se volvieron contra Eraclio y lo anatematizaron. Lo lamenté con dolor profundo. Les dije que nos había unido la literatura, una pasión permanente, mientras que la política, pasión amarga y efímera, nos dividía. No me escucharon. Años después, Óscar Oliva sufrió el acoso del gobierno de Chiapas y su esposa me pidió que firmara una carta en su defensa. Solicité firmas de escritores. Les pedí a Eraclio y a Elva las suyas, a sabiendas de todos los insultos de que había sido objeto por parte de nuestros dos amigos. Tuvieron un instante de duda. Tras de ese breve titubeo, Eraclio se repuso y firmó la carta. Un gesto de generosidad así, la actitud que olvida los agravios para sólo recordar la belleza de una amistad al parecer perdida, hace brillar con luz intensa a mi hermano Eraclio. Es prueba de la gran generosidad que cabía en el corazón del hombre extraordinario que llevó en vida el nombre de Eraclio Zepeda, mi gran amigo de juventud, mi hermano por elección, del que jamás me aparté. Una parte de mí mismo ha muerto con él.


   
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Jaime Labastida

Nació en Los Mochis, Sinaloa en 1939. Poeta, periodista y ensayista. Es licenciado en Filosofía por la UNAM, donde también realizó estudios de posgrado y ejerció como profesor. Formó parte del grupo...


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