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NUEVA ÉPOCA NÚM. 145 MARZO 2016 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Christin Couture
El humo de los volcanes


Myriam Moscona
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 145| Marzo 2016| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Moscona, Myriam , "Christin Couture. El humo de los volcanes" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Marzo 2016, No. 145 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=799&art=17084&sec=Art%EF%BF%BD%EF%BF%BDculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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El arte pictórico de Christin Couture se ha lanzado a explorar las formas y las tonalidades del Popocatépetl. “ A veces pareciera que el coloso es la excusa para crear atmósferas que abandonan el volcán, para dibujar cortinas de humo, paisajes abstractos, zonas del cuerpo…”, reflexiona la poeta Myriam Moscona, Premio Xavier Villaurrutia, en esta breve estampa sobre una artista singular.

 

La pintora Christin Couture mira a diario el Popocatépetl, vigilante del Valle de México, casi siempre oculto en la bruma y, por tanto, inaccesible a los ojos de los habitantes aunque, como bien lo sabemos, de pronto, detrás de unas cortinas ocultas por la nata, aparece su visión inesperada.

Sería una idea romántica pensar que un volcán mantiene una especie de epistolario cotidiano con un observador que todos los días busca por Internet el estado de ánimo de este coloso, activo desde su nacimiento a pesar de sus periodos de reposo.

Hay una clara relación entre el formato de los obsesivos y hermosos dibujos de la artista con la ventana de su iPad por la que ella observa, en la página electrónica del Cenapred (Centro Nacional de Prevención de Desastres), la actividad del Popo, nombre que le damos en corto al volcán.

 

imagen
Christin Couture
© Alejandro Barragán

 

Ventana líquida, marco, papel, carboncillo, capa sobre capa. Apenas color. Frotación.

La artista vive en un paisaje radicalmente distinto. Desde la ventana de su casa en Nueva Inglaterra la narrativa de las estaciones tiraniza de colores el paisaje, lo tiñe y destiñe de rojo y naranja y luego pasa temporadas en el hielo total. Esa es la realidad de su entorno mientras trabaja. Entonces ella da vuelta a la hoja, como en un libro, y va, de las ventanas reales de su taller hacia la ventana digital para celebrar un rito diario. Y no le interesan gran cosa los volcanes. Es el Popo quien la sacude.

Couture/Costura.

Algo paradójico se desprende de su observación. Comienza en la objetividad científica, puntual, anclada en la realidad, pero alcanza a tocar la otra orilla, más cercana a la mirada de Proust, atenta y subjetiva. Llega el momento de costura, el traslado de lo científico hacia la mano que transfigura sin inventar. Hay que pensar en todas las ventanas abiertas a un tiempo. Y aquí es donde irrumpe el espíritu de Proust en el trabajo minucioso y entregado de la artista. Repasemos estas líneas que describen en A la sombra de las muchachas en flor una visión real pero tamizada por el viaje que el ojo de Proust recorre con hechizo: “la línea del mar formando leve valladar que parecía hecho con rosales de Pensilvania sirven de exorno a un jardín puesto en la brava ribera marina; a través de esos rosales se ve toda la extensión del océano que recorre un steamer deslizándose lentamente por la línea azul y horizontal que va de tallo a tallo de rosal, y tan despacio marcha el barco, que esta mariposa parada entre los pétalos de una flor que ya dejó atrás el navío puede esperar tranquilamente a que sólo la separe de la flor siguiente una parcela azul para echarse a volar en la seguridad de que llegará antes que el vapor”.

Este hermoso fragmento donde el narrador de Proust mira pasar un barco desde unos matorrales (separados por una distancia muy corta y en cuyo marco se desliza la barcaza empequeñecida a la distancia) apuesta todo en el horizonte. Y es cierto: las mariposas llegarán de un matorral al otro más pronto de lo que el barco cruzará ese trecho. Claro. Esto sólo ocurre desde el punto de vista de quien observa varios planos. En el primer corte está el horizonte; en el segundo, el mar y la barcaza; en el tercero, los matorrales y la mariposa. La cuarta dimensión es la mirada.

¿Qué tiene que ver el mar y la barcaza con los volcanes que trae a cuento Christin Couture? Nada. La semejanza es de otro orden. Consiste en la visión de la artista que con paciencia recoge, como Proust, lo que primero observa con frialdad científica, después con subjetividad y luego con ensueño.

Couture volcaniza el aire de México real y metafóricamente. A veces pareciera que el coloso es la excusa para crear atmósferas que abandonan el volcán, para dibujar cortinas de humo, paisajes abstractos, zonas del cuerpo… Atrás, al mismo tiempo contenido y arrojado, queda la huella del dolor, como una lesión en la carne.

En las visiones nocturnas hay lava, ceniza, turbulencia. En el día hay un cuerpo sensual que entrega fuego. El paisaje es una noción compleja.

La extraordinaria serie de volcanes de Christin Couture viene de una tradición que pasa por la poética de Alberto Morandi, por la fuerza de William Turner, por el minimalismo de Vija Celmins, por la atmósfera de cierto Cézanne y curiosamente recuerda menos el trabajo del Dr. Atl, referencia obligada cuando hablamos de pintura y de volcanes.

¿Cómo se concilia la realidad con el ensueño? Es algo que sólo ciertos artistas pueden responder. Hay una pequeña historia de Hermann Hesse que materializa esta cuestión.

Cuenta el escritor alemán que en una ocasión un prisionero pintó sobre el muro de un calabozo un pequeño tren penetrando un túnel. Cuando sus carceleros llegaron a buscarlo, el reo les solicitó que esperaran un instante. En voz muy suave les pidió tiempo “para que yo pueda entrar en el trencito de mi tela a fin de comprobar algo. Como de costumbre, se echaron a reír porque me consideraban como un débil mental. Me hice pequeño. Entré en mi cuadro, subí en el trencito que se puso en marcha y que desapareció en lo negro del pequeño túnel. Durante unos instantes se percibió todavía un poco de humo en los copos que salían del redondo orificio. Luego ese humo se desvaneció y, con él, el cuadro y con el cuadro mi persona”.

Hay algo que también desaparece tras el humo de estos volcanes. Queda en nosotros descubrir si es el país como metáfora de algo calcinado, si es la artista o si acaso se trata de un aura personal, difusa e íntimamente nuestra.


   
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Myriam Moscona

Nació en la Ciudad de México en 1955. Poeta y narradora. Hija de padres búlgaros sefaradíes. Es autora de varios libros de poesía, entre ellos Las visitantes (1989) con el que obtuvo el Premio de...


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