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NUEVA ÉPOCA NÚM. 145 MARZO 2016 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Luis Moncada Ivar
Un perro noctívago


Ignacio Trejo Fuentes
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 145| Marzo 2016| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Trejo Fuentes, Ignacio , "Luis Moncada Ivar. Un perro noctívago" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Marzo 2016, No. 145 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=799&art=17087&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Autor de un solo libro, Luis Moncada Ivar es el caso de una voz literaria prácticamente olvidada en el panteón de las letras mexicanas. Fallecido antes de cumplir 42 años, el escritor llevó una vida itinerante por varios países. Su libro Perros noctívagos es el ejemplo de una ficción realista que con fuerza expresiva niega cualquier visión solemne de sus personajes y tramas.

 

“Me suicido porque es domingo, porque ayer asistí a mi velorio, porque hoy estoy ocioso y de excelente humor”, expresó Luis Moncada Ivar en la carta-testamento que dejó a su hermano Carlos el 4 de marzo de 1967. Y señaló, además: “Dejo la pistola a Sergio Lugo —no vale la pena empeñarla, maestro, es un arma barata—. Mi cuerpo a la Escuela de Medicina, y si hubiera sido posible mis ojos a Ray Charles”.

Luis había nacido el 27 de julio de 1925 en la Ciudad de México, y fue el mayor de ocho hermanos (y cuatro medios hermanos). Debido a las precarias condiciones económicas de la familia, empezó a trabajar desde muy chico, primero en el Banco de México y luego en el periódico Novedades como asistente del gerente de publicidad. Más tarde hizo algunos estudios de medicina, pero los abandonó para inscribirse en la Academia de San Carlos. Según testimonio de su hermana Noika, quiso estudiar música como ella y otro hermano, mas declinó al entender que su verdadera pasión era la literatura.

 

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Leía sobre todo a autores europeos, y de los mexicanos sus favoritos eran José Revueltas y Juan Rulfo. Fue trashumante, o pata de perro, como supongo hubiera preferido llamarse. Viajó a Guatemala, con fines turísticos, aunque al enterarse del movimiento sandinista en Nicaragua se trasladó a ese país con el fin de enlistarse en las filas revolucionarias. Luego de seis meses, volvió a México y se fue a Tijuana, donde trabajó un par de años. Regresó por poco tiempo a la capital, sólo para irse a Tampico y, de ahí, embarcarse rumbo a Europa. Viajó por varios países y se ancló en París, donde vivió por largo tiempo y se ligó con una francesa, con la que al parecer tuvo un hijo.

Luego se mudó a Nueva York, a la que consideraba la ciudad, por su cosmopolitismo. En esa metrópoli se involucró con una puertorriqueña que había sido mujer de un mafioso, y ante las amenazas de muerte por parte de este se vio obligado a instalarse definitivamente en México. Aquí se casó con una joven estudiante de pintura, pero el matrimonio duró pocos meses: ella era metódica, organizada, mientras él escribía y traducía de noche y dormía en el día.

¿Por qué doy tantas referencias de la vida de Luis Moncada Ivar? Por dos razones: la primera es porque casi nadie, o muy pocos, saben de él; y la segunda porque esas referencias permiten una mayor comprensión de Perros noctívagos, único libro que publicó (Costa-Amic, 1965).

Si bien Moncada Ivar no publicó mucho más, tenía cierto prestigio en el ámbito periodístico, colaboró en la revista Siempre! y en Revista de Revistas. Entre sus amigos puede mencionarse a Lizandro Chávez Alfaro, Luis Monter, Manuel Mejido, Rubén Alcalá Negrete, Paco Ignacio Taibo, Víctor Rico Galán, Horacio Espinosa Altamirano, Raúl Renán y Emmanuel Carballo.

No puedo dejar de apuntar que a mediados de los años noventa del siglo pasado un grupo de amigos escritores y periodistas nos propusimos hacer una reedición de Perros noctívagos, por la nada sencilla razón de que, al leerlo, descubrimos un auténtico oasis en la literatura narrativa mexicana; nos encontramos con un autor singular en estricto sentido, que nada tenía que ver con el grueso de los autores contemporáneos suyos. Y si no me equivoco, en mi columna de “sábado”, del diario unomásuno, escribí sobre Luis, y rogué que si alguien conocía a sus herederos nos pusieran en contacto con ellos. La comunicación se estableció de inmediato y nos reunimos con Noika y otros hermanos, quienes aceptaron encantados la idea de relanzar el libro de Luis. Y no sólo eso, nos dieron nuevos datos y pistas sobre su vida, y nos entregaron algunos cuentos inéditos y una remembranza de su hermana Noika, que por supuesto incluimos en el libro, que estuvo precedido por un prólogo de Sergio Monsalvo, uno de los cofrades que admiraba a Moncada Ivar. El libro no tardó en agotarse y Luis volvió a quedar en la oscuridad.

¿Por qué nos impactó tanto la literatura de Moncada Ivar? Porque nos topamos con una voz distinta que contaba cosas poco comunes en el panorama de nuestras letras. Es cierto que algunos de sus temas pueden hallarse en otros autores, pero sus cuentos mantienen un sentido unitario, están de muchos modos entrelazados. Por ejemplo, el asunto del suicidio es recurrente, en diversos relatos aquel aparece como una posibilidad amenazante sobre los protagonistas, o bien estos la contemplan como un refugio, como un salvavidas; no en balde el cuento que abre el volumen se titula “San Suicidio Mártir”. En “La mentirosa”, que es un juego de azar, se hace una apuesta entre dos amigos: si uno gana en la lotería un millón de pesos, el otro se suicidará, y si no sale premiado el boleto en cuestión el perdedor entregará la mitad de su salario mensual durante diez años. Y sí, hay un suicidio, pero no de quien suponíamos y de una manera insospechada. Y si uno lee Perros noctívagos sin tener referencias del autor, de su destino final, podría inferir que algo grave rondaba por su cabeza; si se tienen los datos, la confirmación resulta escandalosa. En el texto que da título a la obra, el protagonista piensa suicidarse para sacudirse los demonios que siempre lo asedian.

Pero el Gran Tema de la literatura de Moncada Ivar es la desolación, el desgarramiento, la insania que padecen los personajes, hombres y mujeres. Son, para decirlo en palabras del gran Juan Carlos Onetti, ignorados perros de la dicha. Sí, todos los protagonistas de los cuentos son seres desdichados, condenados desde siempre a la desolación y a la amargura, sin ninguna esperanza de redención.

En “Domingo siete (monólogo de María)” seguimos el discurso de una mesera del Café París del Centro de la Ciudad de México (que fue frecuentado por Luis). Ella presume a sus clientes, que la asedian, ser casta y pura, y no obstante nos percatamos de que es en realidad una puta maltratada por la vida.

“Había una vez un muerto” podría sintetizar el sentido tragicómico que la vida tenía para Moncada Ivar. De repente, en la casa de una mujer mayor “aparece” un muerto, y ella convoca al vecindario a cooperar para el velorio y entierro del cuerpo, lo que los demás juzgan como un arrebato de caridad, pero resulta que la tipa, además de ser la dueña no confesada de la vecindad, había sido amante del difunto.


   
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Ignacio Trejo Fuentes

Nació en Pachuca, Hidalgo, el 4 de junio de 1955. Ensayista, cronista, crítico literario, antólogo y narrador. Estudió periodismo y comunicación colectiva en la FCPyS de la UNAM, la maestría en...


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