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NUEVA ÉPOCA NÚM. 145 MARZO 2016 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Conversaciones con Woody Allen
Complejo de inferioridad y delirio de grandeza


Hernán Lavín Cerda
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 145| Marzo 2016| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Lavín Cerda, Hernán , "Conversaciones con Woody Allen. Complejo de inferioridad y delirio de grandeza" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Marzo 2016, No. 145 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=799&art=17088&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Prolífico y desmesurado, dueño de una de las venas humorísticas más poderosas del cine universal, Woody Allen ha dado forma a una de las obras más aplaudidas en el territorio artístico que tiene como destino la pantalla grande. En un libro de conversaciones con Eric Lax, el genial director, actor y guionista deja ver sus múltiples aristas humanas, filosóficas y creativas.

 

¿Pesimismo genético? ¿Por qué me pongo a repetir a media voz, como si no estuviera muy bien de las facultades mentales: pesimismo genético, venid a mí, venid y vamos todos, pesimismo genético?

Lo que sucede es que de improviso se abre la página 142 del imprescindible volumen Conversaciones con Woody Allen, de Eric Lax, publicado en la editorial Lumen, en traducción de Ángeles Leiva Morales al idioma castellano. La edición mexicana es de marzo de 2009, pero su vigencia es y será permanente si queremos estudiar a fondo la vida y la obra de uno de los cineastas fundamentales y más prolíficos de nuestro tiempo. Cuántas dicciones y contradicciones que afortunadamente aún nos iluminan. El propio Allen confiesa que Lax es su biógrafo medular desde los orígenes de su aventura por el mundo no sólo del cine. Lax vive actualmente en Los Ángeles y es colaborador habitual de The New York Times, The Atlantic, Vanity Fair y Esquire.

 

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Woody Allen
© Adam Bielawski / Wikicommons

 

En una de las páginas del libro, Woody Allen confiesa, sin ocultar su melancolía, que los éxitos no significan mucho para él: “No se trata de ingratitud. Estoy agradecido por la suerte que he tenido, pero para mí ningún éxito u honor que me sea otorgado puede aliviar mi pesimismo genético. Créanme. El que sale perdiendo soy yo”. Entonces le preguntan: “¿Alguna vez dice: estoy satisfecho con esto?”. “Sí. Con alguna película sí. Digo: Al fin ha salido una buena película. Y lo digo sin saber siquiera la reacción del público, pues hace tiempo que dejé de preocuparme por ello. Si les gusta, genial. Si no, no me importa, y no lo digo porque sea distante o arrogante sino porque desgraciadamente he aprendido que la aprobación del público no afecta a mi mortalidad. Si hago algo de lo que no me siento muy satisfecho y el público lo acepta, aunque sea a lo loco, eso no me sirve para mitigar la sensación de fracaso personal. Por eso considero que la clave consiste en trabajar, en disfrutar del proceso, en no leer nada sobre uno mismo, en desviar la conversación hacia el deporte, la política o el sexo, cuando la gente saque a colación el tema del cine, y en no dejar de golpear el yunque. Aparte del dinero —nos pagan demasiado por lo que hacemos—, los premios que se conceden en esta profesión no sirven más que para alimentar la vanidad de uno y robarle el tiempo de su labor creativa. Además pueden llevarnos a tener delirios de grandeza o equivocados complejos de inferioridad”.

Si la memoria no me es infiel, la primera vez que vimos una película de Woody Allen fue en la ya legendaria Cineteca Nacional de la Ciudad de México, que desafortunadamente se incendió. Estaba comenzando la década de 1970 y habíamos llegado a México a raíz de la demencia cruel, castrense y golpista, que acabó con el gobierno del presidente Salvador Allende en Santiago de Chile. Aquel filme fue y seguirá siendo de una imaginación desbordante, así como su sentido del humor no muy alejado de algunas experiencias de carácter surrealista. Me refiero, como tal vez es obvio, a Todo lo que usted siempre quiso saber sobre el sexo, que es de 1972. Si no recuerdo mal, el joven poeta Héctor Carreto, uno de mis alumnos más singulares por su sentido del humor en aquellos años de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, estaba sentado junto a mí cuando vimos por primera vez aquella película. El comentario fue unánime: habrá un antes y un después en el cine contemporáneo a partir de este filme. Y así fue. Surgía entonces la figura de este neoyorquino hipocondriaco, asustadizo, lúdico y lúcido en la dicción y en la contradicción, con un arrojo evidente, real y surreal. El Woody Allen que filma películas, publica libros y se da el lujo de viajar buscando locaciones para sus antiguos y nuevos delirios que parecen no tener fin. Un muy buen lector y escritor surgido de aquella familia que nos lleva, retrospectivamente, hacia el cine mudo, Charlie Chaplin, Buster Keaton, y todo lo que vino después, empezando por Groucho Marx. Lo que vino, sigue llegando y vendrá mientras no dejemos de respirar en este mundo, sí, así es, ni más ni menos, mientras no dejemos de respirar en este in-mundo de locura ingobernable.


   
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Hernán Lavín Cerda

Nació en Santiago de Chile en 1939. Poeta y profesor universitario. Es licenciado por la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile. Colaboró con diversos medios de prensa y revistas...


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