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NUEVA ÉPOCA NÚM. 145 MARZO 2016 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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La esencia del relato oriental


Carlos Martínez Assad
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 145| Marzo 2016| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Martínez Assad, Carlos , "La esencia del relato oriental" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Marzo 2016, No. 145 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=799&art=17093&sec=Rese%C3%B1as > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Kader Abdolah escribe en lengua holandesa pero su escritura es iraní, la lengua de Irán, su país natal. Por eso su novela El reflejo de las palabras (Salamandra, 2006) es un diálogo intercultural que une dos culturas lejanas, para contar una historia entrañable con el fin de entender los mitos originarios.

“Y así continuaron su marcha los hombres de Kahaf, hasta que por fin buscaron refugio en la cueva, diciendo: ‘Tened misericordia de nosotros’” (p. 11). Con esa, la primera frase de la novela, se pone en movimiento la acción de narrar. Una cueva será el refugio y la historia al mismo tiempo, además de la clave para entender el presente de Irán.

Desde Amsterdam, el narrador que ha salido de Teherán luego de la instauración del régimen que se ha llamado de los ayatolas, intenta develar el libro escrito por su padre Akbar. Con la llegada de Jomeini al poder en 1979 se puso fin a la monarquía del sah Reza Pahlaví, lo que interrumpió el régimen laico y el proceso de modernización.

 

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La historia de la novela se remontará al matrimonio de los abuelos, cuando el influyente Aga Akbar preguntó a Hayar si aceptaba convertirse en su sige, es decir, su segunda esposa, de acuerdo con la ley del Corán. La mujer parió siete hijos y quiso el destino que el menor naciera sordomudo. Akbar será el padre de Ismaíl, el narrador omnisciente como el mismo autor se define.

Kazen Kan, su tío, se hizo cargo del niño que por ser sordomudo encontró la manera para expresarse con señas. Fue su tío quien lo acercó a la cueva para hacerle conocer los grabados en los muros y le explicó que se trataba de la carta de un rey. Es difícil saber si Akbar entendió las intenciones del tío, pero a partir de entonces comenzó a copiar en un cuadernillo esos signos sin saber que se trataba de escritura cuneiforme.

Así se va entretejiendo una narración con la esencia de los relatos de Oriente frecuentado por autores árabes y persas. La aldea de Azafrán era conocida por la confección de alfombras, cuya procedencia podía adivinarse en cualquier parte porque aparecía en ellas un extraño pájaro de color muy curioso. Según la tradición, cuando los aldeanos veían venir a los pájaros procedentes de la antigua Unión Soviética, subían al tejado para colocar “cuencos de agua caliente y restos de comida” con la intención de mostrar sus simpatías. “Cuando las extrañas aves se posaban en las azoteas, las mujeres y los niños se asomaban a la ventana para observar cómo se paseaban con sus largas y curiosas colas, inclinando continuamente la cabeza en señal de agradecimiento” (p. 36). Pero, en ocasiones, las mujeres recurrían también a la escritura de la cueva para marcar con sus signos las alfombras. Su fama les dio la fama de ser las alfombras que volaban.

Mientras tanto, el reinado de Reza Kan imponía pautas modernizadoras haciendo, por ejemplo, que las mujeres llevaran la cabeza descubierta, sin el velo tradicional. Asimismo, abría el país a las comunicaciones, pero resultó algo inaudito que las vías del tren debían atravesar la cueva, lo cual resultaba imposible sin que esta fuese destruida.

La vida de Akbar trascurría, según lo que él mismo escribió, con los caracteres aprehendidos en la cueva que el narrador, su hijo Ismaíl, intentará leer y descifrar tiempo después en Holanda. Así se entera de que es hijo de la segunda esposa del padre, porque la primera murió inmediatamente del casamiento. Su madre, la indómita Tine, sucumbió a la propuesta de Kazen Kan para casarse con su sobrino Akbar, sin importarle su discapacidad.

El vínculo entre la cueva y Akbar será indisoluble porque los aldeanos como él saben que en ese lugar de Azafrán se encuentra el Mahdi, el duodécimo califa. Aquí el autor muestra su conocimiento del islam, al recurrir a la explicación que permite entender la división y enfrentamientos entre suníes y chiíes que ha dividido a los musulmanes desde el origen, con demasiado énfasis en nuestros días.

Se sabe que ninguno de los hijos varones de Mahoma sobrevivió; por eso, el problema surgió luego de su muerte, cuando su descendencia fue a través del matrimonio de su hija Fátima con su esposo Alí, quien fue asesinado de un sablazo en la espalda. El califato fundamentado en laChía fue heredado a su hijo Hassan y este lo pasó a Hussein, quien fue decapitado en Iraq, lo que convirtió ese lugar en sitio de peregrinaje del chiismo. El duodécimo califa, conocido como Mahdi, huyendo de lo que parecía una maldición, se refugió en Irán, precisamente en la cueva de Azafrán.

Es así que los chiíes no tienen necesidad de califa porque están esperando el regreso de quien según la tradición vaga por allí y es el último. Se trata de una mitología semejante a la del Mesías que los judíos heredaron a los cristianos y cuya influencia impactó al islam. Para los suníes esa historia no es sino pura invención; al ser la mayoría (el 80 por ciento) de los musulmanes los que siguen los valores de la Sunna, el califa es necesario para el gobierno de la comunidad.

La inserción de ese fragmento de la historia es para el narrador importante si se desea entender la actualidad de los musulmanes y el lugar sagrado de El reflejo de las palabras. Así, en la novela, la destrucción de la cueva por el camino planeado por Reza Kan resultaba imposible. El embrollo es salvado por la propuesta de los aldeanos para evitar que el pozo sagrado fuese sellado a cal y canto.

En el cometido Akbar tendrá un papel relevante por su fuerza física, pues la decisión colectiva ha sido la de construir el camino a golpe de mano. Además, nadie tiene un conocimiento del terreno como él, de sus escarpados muros y sus rebuscadas veredas. En muchas novelas la política gana terreno involucrando a los personajes; en esta, el narrador, al final del relato del padre, ha debido abandonar el país de su querencia. Una organización a la que se ha unido por azar al conocer a un odontólogo —que ha ayudado al padre— implicado con quienes luchan por el cambio de gobierno le obliga a mudarse. Su hermana Cascabelito se mantendrá involucrada, a diferencia del resto de los hermanos.

Y con la llegada del ayatola Jomeini cambiará todo: “Alguna vez quisimos convertir la nación en un paraíso, pero no sabíamos, o tal vez preferíamos no saber, que ni el país, ni el pueblo, ni nosotros mismos estábamos preparados para ello” (p. 245), dice Ismaíl ya como militante de un grupo clandestino.

La explicación que da a su querido padre con un lenguaje a señas sobre la partida del sah y el regreso de Jomeini es por demás clave para entender al pueblo iraní:

“—Ahora Jomeini ocupa el trono.

”Mi padre me miró con sorpresa.

”—¿Por qué me miras así? ¿No quería que se fuera el sah y viniese Jomeini?

”—¿Yo? ¡Si no he hecho nada!

”—¿Cómo que no has hecho nada? Has quitado el retrato del sah de la pared y has colgado el de Jomeini en su lugar. Has salido todos los días a la calle a manifestarte junto con miles de personas. Mírate en el espejo. Incluso te has dejado la misma barba que él.

”—¿Que quién?

”—Tienes la misma barba larga y canosa de Jomeini” (p. 246).

El ayatola se convirtió en el líder absoluto del país y entre sus primeras acciones estuvo la visita al monte Azafrán para orar al santo. Resulta evidente que buscó que en el imaginario el pueblo le asociara con el Mahdi, el decimosegundo califa que regresaba como esperaban (siguen esperando) los chiíes.

En el mismo mito se funde el viejo Akbar, personaje entrañable como pocos, que ejerció su paternidad en el sentido más amplio, como lo reconoce el narrador Ismaíl, tratando de terminar el relato y escribir lo que el viejo no terminó de hacer porque se le acabó la vida amando a su tierra y a sus hijos.


   
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Carlos Martínez Assad

Nació en Amatitán, Jalisco, el 19 de octubre de 1946. Actualmente es investigador nacional III del Sistema Nacional de investigadores, adscrito al Instituto de Investigaciones Sociales, UNAM. Es licenciado...


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