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NUEVA ÉPOCA NÚM. 145 MARZO 2016 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Adrián Chávez
La larva en el ataúd


Aurora Arellano Morán
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 145| Marzo 2016| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Arellano Morán, Aurora , "Adrián Chávez. La larva en el ataúd" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Marzo 2016, No. 145 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=799&art=17096&sec=Rese%EF%BF%BD%EF%BF%BDas > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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La muerte no nos roba los seres amados.
Al contrario, nos los guarda
y nos los inmortaliza en el recuerdo.
La vida sí que nos los roba muchas veces
y definitivamente.
FRANÇOIS MAURIAC

 

¿Qué es la muerte? La extinción del cuerpo físico. El fin de la vida terrenal. Sin embargo, los recuerdos que guardamos de los seres que se han ido los mantiene vivos. La muerte es sólo la culminación de una etapa por la que todos pasaremos.

Hay quienes dicen que la muerte sólo existe si olvidamos los momentos que se vivieron al lado de la persona amada. Y ¿qué significa para nosotros la muerte? La vemos como una enemiga de la que tratamos de huir, pero sobre todo, a la que tememos porque no sabemos qué es, ni si hay o qué hay más allá de ella. No obstante, el único momento en que podemos estar más cerca de ella —y que de cierta forma le vemos la cara— es en aquel ritual donde despedimos al cuerpo físico del que se ha ido.

El narrador y traductor Adrián Chávez (Estado de México, 1989), en su primera novela titulada Señales de vida, publicada por Fá Editorial, cuenta el funeral de Martín Cerero, un joven que acababa de perder a su tío y de romper con su novia, además de trabajar en una funeraria donde es estrujado por su jefe y tratado deplorablemente; sin embargo, es menester mencionar que no es un funeral como cualquier otro, puesto que el presunto difunto está vivo.

 

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El autor nos ayuda a desentrañar las circunstancias que llevó a Martín a planear su propio funeral y las reacciones que ocasiona en la pobre audiencia —y no por aflicción a la pérdida del joven, sino por el número de acompañantes— que asiste a la casa del “difunto”.

La narración la hace el amigo de Martín, Javier Ugalde. Él no sólo sabe que el cuerpo que habita en el cajón está con vida, sino que es él quien contribuye a darle la idea.

Javier relata la historia justificando en principio que se trata de una novela escrita en una especie de homenaje a la “memoria viva” de su amigo. Con un lenguaje sarcástico, incluso, como lo dice el narrador “una novela gris [...], único subgénero en que caben las vidas insulsas no novelables”, somos conducidos entre la problemática de un joven donde lo único que tiene de interesante y que se merezca contar es la idea de hacerse pasar por muerto.

Adrián Chávez, editor de la revista digital La Hoja de Arena, incluye episodios sobre las condiciones de vida de una abeja y su trabajo, cuál es el cargo de cada una y a qué se debe atener (su propio sistema laboral); paralela a la vida de una abeja, este patrón se repite en la vida de Martín Cerero porque es el trabajador que sólo se debe a sus quehaceres diarios y que si llegase a faltar no sería notoria su presencia.

Por ello, encuentro muy atinado y muy sugerente el fragmento de la novela de El árbol de la ciencia de Pío Baroja que da inicio a la novela  “La larva [es decir la abeja] se desarrolla de una manera incompleta; es una obrera, una proletaria, que tiene el espíritu del trabajo y la sumisión”. Martín fue escogido por la naturaleza para ser el obrero, ser parte de la prole que tiene que trabajar y generar riqueza para los que están por encima de él. 

El autor de la novela traslada los episodios en momentos distintos, haciendo continuamente analepsis que permite ver no sólo los motivos que orillaron a Martín a actuar como lo hizo, sino que crea un panorama fácil de ver, pues los lugares que elige residen en la Ciudad de México, tanto en la Universidad de México como en las cafeterías Starbucks; la funeraria se presenta como el elegante edificio para la gente pudiente. De la misma manera, uno puede percibir el humor que emana de Javier, amigo de Martín, y su quimérico apetito de “burlarse” de los personajes que lo rodean y que sin duda mantendrán en continuas risas al lector. Él sólo nos narra lo que tiene frente a sus ojos; no divaga ni se adentra en relatos irrelevantes que no tienen cabida en la historia.

Flaubert decía que “escribir es una manera de vivir”, y a eso agrego que cuando lees alguna novela y el personaje te ha atrapado, lo inmortalizas. Quizás este fue el caso de Martín Cerero. Si estuvo exento de interés por los que lo rodearon o por los que pensaban que no se notaría la ausencia de él si dejaba de existir, Javier Ugalde se encargó de que no fuera así.

En palabras de Orhan Pamuk, “la novela cuenta una historia, pero la novela no es sólo una historia. La historia surge de muchos objetos, descripciones, sonidos, conversaciones, [...] recuerdos, [...] escenas y momentos”, es decir, Señales de vida es una novela que gira en torno a un ataúd que provoca incertidumbre entre los asistentes del velorio. Ese es el objeto principal en toda la historia. Se crea una atmósfera no de preocupación por quien está ocupando el lugar dentro de la caja (si es que en verdad alguien aguarda dentro de ella), ni de sufrimiento, sino por la veracidad de que efectivamente está muerto.
El lector sabrá al final si Martín Cerero en verdad vivirá a través del recuerdo o morirá en la perdición del olvido.

 

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Adrián Chávez, Señales de vida, Fá Editorial, México, 2015, 123 pp.


   
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Aurora Arellano Morán

Es estudiante de la Licenciatura en Creación Literaria de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México.


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