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NUEVA ÉPOCA NÚM. 145 MARZO 2016 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Carlos Martínez Assad
Memoria, estancia de la identidad y el reencuentro


David Guevara
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 145| Marzo 2016| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Guevara, David , "Carlos Martínez Assad. Memoria, estancia de la identidad y el reencuentro" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Marzo 2016, No. 145 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=799&art=17097&sec=Rese%EF%BF%BD%EF%BF%BDas > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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En una combinación entre ficción, historia, política, sociología y autobiografía, Carlos Martínez Assad (México, 1946) presenta su última novela, La casa de las once puertas; académico e investigador sobresaliente del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, que posee en su haber distintos reconocimientos nacionales e internacionales, se ha destacado por su contribución a los estudios de historia y sociología en México, con ensayos como Los rebeldes vencidos. Cedillo contra el Estado cardenista (1990), La ciudad cosmopolita de los inmigrantes (2012) y Balance y perspectivas de los estudios regionales en México (1990), y también ha incursionado en la literatura con En el verano, la tierra (Editorial Planeta, 1994, y Seix Barral, 2014) y Los cuatro puntos orientales. El regreso de los árabes a la historia  (Coordinación de Humanidades UNAM/Editorial Océano, 2012).

Esta nueva novela se desarrolla, si no como una secuela de En el verano, la tierra, sí como como una historia independiente y tangencial sobre la vida de José, el nieto del inmigrante libanés que llegó a México, específicamente a Huejutla, a causa del contexto caótico desatado en el ámbito político, social y religioso de su país natal. En este libro, a diferencia del antes mencionado, la narración se centra en la vida en México del abuelo Selim o Salvador —como se hizo llamar después—, la casa donde vivió él y gran parte de su descendencia y, esencialmente, la cultura y lugares de los que proviene y las latitudes y sociedad nuevas a la que se desplazó.

 

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La narración en retrospectiva se abre con un José niño que recuerda que su abuelo siempre dejaba abierta la puerta principal de la casa para que regresara la tía difunta. De ahí en adelante presenta a los integrantes y a los allegados a la familia comenzando con la hija menor, Esperanza, que muere muy joven. El desarrollo posterior de la obra queda en voz de la madre hacia el hijo, que escucha con atención y curiosidad los relatos y anécdotas de la vida de su familia en la casa del abuelo. La voz del niño y el intercambio con la participación de la madre (y en dos ocasiones la de la Nana Lupe) introducen un contexto completo que abarca el universo de la casa dentro del universo del mundo exterior.

La memoria a través de la voz femenina crea un espacio complejo que corre de los hechos históricos mundiales a los pequeños detalles coloridos de los personajes, de los entornos o de la comida. El autor logra un entendible desarrollo de principio a fin con detalles en todo sentido necesarios para crear un amplio panorama de la cultura y la identidad en la cual están sumergidos los personajes. Es ineludible que el narrador, en el sentido autobiográfico de la obra, describa el pasado remoto en Líbano al que nunca ha tenido acceso más que en las prolijas y cuidadosas descripciones del abuelo; asimismo, todos los entornos de Huejutla son utilizados para explicar la nueva identidad y cultura a las que los migrantes tuvieron que adaptarse.

El libro está compuesto por dos narraciones alternadas en cada capítulo, como en En el verano, la tierra. Una, la historia de la casa en Huejutla, y dos, la historia de un maestro rural de origen indígena, Pedro Hernández. Desde el comienzo ambas historias están ligadas a un mismo personaje; sin embargo, es aquí donde la ficción se presenta para ilustrar el contexto de México a la llegada de los migrantes libaneses, además de tocar temas que ha sido relevantes en los temas de estudio de Martínez Assad, tales como la migración, la Revolución mexicana, la desigualdad social, los movimientos agraristas y el mestizaje. Hace uso de sus conocimientos históricos y sociales para entablar un diálogo entre ambas culturas y contextos para finalmente unirlas por medio de los personajes.

De esta forma, se narran los tiempos de las Revolución, la guerra civil en Líbano, así como la Ley Agraria de 1981 en México y la invasión y desmantelamiento del imperio otomano en el siglo xx. Incluso el lector puede encontrar una huella de lo que fue la invasión de Francia a Siria y su ocupación hasta su expulsión en 1943, y curiosamente también es mencionado el apellido Slim, con el cual se puede intuir a partir de las palabras del narrador, que los libaneses desde su llegada a este continente han sido personas que tienen olfato para los negocios —como el mismo abuelo Salvador—, y que no es la primera vez que la nación francesa busca intereses imperialistas en los países de la región árabe. 

A estas alturas, el lector se preguntará: ¿es necesaria la intervención de la familia para describirnos lo que era el Líbano y el México de siglo XX? Lo mismo se podría preguntar: ¿es necesario acercarnos a la materialidad o la memoria intangible para recordar lo que ha sido nuestra historia? Llanamente, sí. Porque algo de verdadero tiene la frase “somos lo que hemos sido”. No por nada la literatura surgió como un medio de retener la experiencia de la vida.

Ahora bien, si somos lo que hemos sido: ¿recordamos con perfecto detalle lo que hemos sido? Hemos sido sólo una fracción de las innumerables posibilidades y, aparentemente, los humanos siempre han tenido el gusto de distorsionar sus recuerdos del pasado por necesidades del presente; incluso han tenido que mitificar el tiempo remoto para encontrar o explicar el sentido de su vida. Si como seres capaces de traer al presente momentos del pasado en cualquier etapa de nuestra vida excepto cuando se es un párvulo inocente (por ingenuidad o fortuna), con el avance de los años en nuestro cuerpo y mente surge una necesidad de volvernos hacia nuestra historia y por sencilla necesidad de asirnos a la vida nos encontramos con el recuerdo, el reencuentro.
Pedro Hernández y especialmente José hacen un regreso a su pasado. Pedro enlista su vida en la comunidad como maestro y como miembro del movimiento agrario en Huejutla, mientras que José no sólo cuenta sino que regresa a su pasado, a sus memorias, a su vida, a su reencuentro. Por eso es imprescindible integrar los capítulos del libro con un miembro de la familia, la historia de Líbano, las costumbres de Huejutla, los hechos en el mundo, los olores, sabores y colores de la tierra en cada continente. José ya tiene una identidad en México pero, una vez adulto, tiene que reencontrarse con la memoria del abuelo; corroborar y revivir la identidad que vino consigo a su llegada desde Líbano, la cual se ha resguardado en los recuerdos de la experiencia desde que era un niño en la casa de once puertas de don Salvador.

Historia y novela, realidad y ficción, el mismo autor explica: “Muchas historias podrían contarse, porque se entremezclan las que dan identidad y en ocasiones hasta se confunden; preferí las noveladas por la mitología familiar, encabezada por mi madre”. Después de todo lo importante es cómo se hace. Nosotros mismos nos apropiamos de relatos o figuras ficticias que nos hacen y nos integran en una identidad que sentimos plenamente propia. Pedro y José coinciden en la memoria como instrumento esencial para la el conocimiento de uno mismo: “El que pierde su tierra pierde su identidad […] y ‘Mantener la memoria para poner freno al ámbito del olvido’”.

Es inherente que como humanos recordemos —en primera instancia como instinto de sobrevivencia— por lo menos un ínfimo momento. Estoy en espera de que todos pudiéramos tener una grata sensación de la infancia que nos llena de sosiego. Este libro es una muestra de la memoria de Carlos Martínez Assad y del camino que atraviesa por diversas vertientes del mundo exterior hacia su universo interno. Con el avance de la lectura, el lector se podrá sentir como el narrador, y más si se es un migrante o descendiente de migrantes (que no es mi caso), pero nada de esto hace falta para que: un tiempo que fue en un espacio que casi es, nos despierte un breve suspiro de vida. Así lo dice Gibran Kahlil Gibran en el libro: “Las cosas que el niño ama, quedan en poder de corazón hasta la vejez”.

 

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Carlos Martínez Assad, La casa de las once puertas, Seix Barral, Biblioteca Breve, México, 2015. 230 pp.


   
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David Guevara

Estudiante de la carrera de Lengua y Literaturas Hispánicas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.


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