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NUEVA ÉPOCA NÚM. 145 MARZO 2016 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Mariana Alcoforado
El canto de los ángeles


Beatriz Espejo
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 145| Marzo 2016| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Espejo, Beatriz , "Mariana Alcoforado. El canto de los ángeles" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Marzo 2016, No. 145 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=799&art=17101&sec=Creaci%C3%B3n > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Un clásico de la literatura universal —Cartas de amor de una monja portuguesa— da a Beatriz Espejo el aliciente para hacer una fabulación intimista de la pasión desastrada de la tristemente célebre Mariana Alcoforado (1640-1723), al tiempo que recupera la noticia, muy poco conocida, de una traducción de ese mismo libro realizada por el poeta mexicano Rubén Bonifaz Nuño en 1962.

 

La monja portera se volvió loca. A pesar de la clausura busca puertas y detiene a la gente. Le dice que su amante ya no la quiere, le cuenta que huyó para olvidarla en compañía de mujeres sin chiste. Otras monjas se santiguan y la encierran en una celda donde ella se retuerce como si estuviera herida, mientras sus hermanas se preguntan curiosas y perturbadas por qué el amor trastorna de tal manera los sentidos.

Mariana Alcoforado era mesurada y razonable hasta que perdió la cordura por la altanera belleza del capitán Chamilly. Desde un balcón lo vio soberanear galante y diestro los trotes de su caballo. Lo dejó escalar la barda del convento y luego vinieron éxtasis sorprendentes con el embeleso del verano, de las noches cálidas en que la luna propicia encuentros. ¡Cuántas veces se arriesgó Chamilly entrando al claustro prohibido a los intrusos para tenerla en sus brazos y desflorar su virginidad hasta entonces dormida! Y Mariana descubrió su paraíso. Enloqueció de anhelosa inquietud, desatendió rezos, obligaciones monacales, entregó su vida y su honra sin sopesar el escándalo que atraía sobre sí y sobre su familia. Tampoco quiso saber nada de los presentimientos en acecho que la acosaban e impedían su completa felicidad.

Adoró a un hombre y a él se encomendaba como antes se había puesto en las manos de Dios. Durante las misas, a la hora de la consagración, recordaba los ardores de su cama, en los maitines recitaba letanías vehementes trastocando palabras, pensando en visitas nocturnas. Sus ángeles, tan maravillados como ella, le acercaban al oído labios calcinados en la pasión y serafines proxenetas anunciaban momentos conturbadores.

 

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Edición francesa de 1707 de las cartas de la monja portuguesa
© Wikicommons

 

Pero el hombre que originó tanta dicha tan pronto lo llamaron regresó a París. No se culpó ni un minuto por dejarla sin asideros en el mundo. Mariana supo de una separación abrupta y soportó sola hasta el final de sus días reproches de la abadesa, de su madre, de sus hermanos avergonzados. Alguna vez pensó en buscar al seductor por toda Francia y entregarlo a los rigores de la justicia. Los restos de su bienquerencia se lo impidieron. Entonces escribió cartas como aullidos que pasaban de la súplica al llanto y luego al desconsuelo por saber que todo había terminado. Cartas que Chamilly leía como un trofeo en los mesones, sin otra ceremonia que no fuera la autocomplacencia, entre bufonadas y anécdotas para regocijo de rameras y truhanes.

Nota: Este pequeño cuento lo escribí después de haber leído una excelente traducción de Antonio Castro Leal para Ecuador 0°0’0’’. Yo estaba en plena juventud cuando el amor loco y sin sentido tiene óptimo lugar en el orden de las prioridades vitales. Por ese tiempo creía que quien no había experimentado una pasión vivía en el limbo sin importar el alto riesgo que se paga ante la pérdida del ser amado mientras el corazón sufre entre lágrimas y desesperanzas. Días después de haber publicado el texto anterior en mi revista El Rehilete, Rubén Bonifaz Nuño, que quizá lo había leído porque era nuestro bondadoso colaborador, me regaló su hermosa traducción de Las cartas portuguesas hecha con un tiraje no venal de 125 ejemplares en papel fiesta metidos en una caja, 25 numerados y los 100 restantes para los suscriptores de la Colección Alción en caracteres Garamond. Se acabó de imprimir el 5 de febrero de 1962 bajo la dirección de Harry Block, en Nuevo Mundo, S. A., México 13, D. F. Las cinco cartas fueron ilustradas con grabados de punta seca originales de Paul Antragne y tomaron parte del proyecto dos representantes de la UNESCO. El lujo del número 6 llegó a mí con una dulce dedicatoria que mi insolente vanidad me empuja a copiar: “Para Beatriz, en testimonio de admiración; a su bienamada ternura, a sus ojos un poco tristes”.

Esta joya tipográfica que casi nunca aparece citada en la bibliografía de Bonifaz se me había traspapelado hasta que la encontré ordenando un librero. Volví a leerla y a maravillarme con la destreza de unas frases que corren sin tropiezos y se disfrutan de un tirón compadeciendo a la enamorada al recorrer todos los círculos del infierno y de la bienaventuranza.

No soy ajena a las polémicas que las cartas han levantado últimamente asegurando otra autoría. Prefiero desoírlas y conservar la nota del editor y los datos biográficos que aporta y trascribo conociendo lo difícil que resulta leer el original:

En 1640 nació en Beja, de la provincia de Alentejo, una niña, hija de Francisco Alcoforado y Leonor Mendes, que fue bautizada con el nombre de Mariana. Ese mismo año comenzó entre portugueses y españoles la guerra a cuyo término Portugal, con ayuda de Francia, quedó independiente de España bajo la égida de los Braganza.
Cuando Mariana tenía doce años, sus padres la mandaron al convento de las clarisas que estaba entre Mertola y su ciudad natal. Allí pasó años felices a pesar de la guerra.
El Marqués de Chamilly, comandante de la primera compañía del regimiento del general Schomberg, regimiento al que asimismo pertenecía Baltasar, hermano de Mariana, era joven, no mayor de treinta años, cuando en 1665, esta se le entregó quebrando sus votos.
Para el Marqués que regresó a Francia poco más tarde, Mariana fue sólo una aventura galante. Tiempo después se casó, con una mujer bien fea, y murió, siendo Mariscal de Francia, en 1715.
Angustiada y ofendida Mariana sobrevivió a la necesidad de romper con él definitivamente. Murió en su convento en 1723, a la edad de 83 años.
La primera edición de las Cartas Portuguesas se publicó en París, en 1669, anónima. La segunda que vio la luz en Holanda algunos meses más tarde, revelaba el nombre del Marqués de Chamilly. Desde entonces, las cartas pertenecen a la literatura mundial.

Mariana, como otras niñas sin posibilidad de hallar marido a la altura de su alcurnia, entró al monacato y fue víctima de un seductor al uso (recuérdese el Don Juan de Tirso de Molina). Los conventos de clarisas fueron los más linajudos de la época, no sólo por las altas dotes que debían pagarse sino por los requisitos exigidos para ser recibidas: limpieza de sangre, apellidos, aceptación voluntaria, aunque fuera imposible exigirle esto último a una criatura. Tanto en España, Portugal, Colombia, México y demás países latinoamericanos la orden era afamada por el esplendor de sus altares y magnificencia de sus construcciones.

Ignoro si Rubén, políglota como era, dominaba el portugués. Ya nunca podré preguntárselo. Es posible que se haya valido del francés para dejarnos un bello testimonio.


   
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Beatriz Espejo

Nació en Veracruz, Veracruz, el 19 de septiembre de 1939. Ensayista y narradora. Estudió el doctorado en Letras Españolas en la FFyL de la UNAM. Ha sido profesora en la Escuela Nacional de Maestros, la UIA...


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