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NUEVA ÉPOCA NÚM. 145 MARZO 2016 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Sones de mar


Margarita Peña
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 145| Marzo 2016| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Peña, Margarita , "Sones de mar" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Marzo 2016, No. 145 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=799&art=17102&sec=Creaci%EF%BF%BD%EF%BF%BDn > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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No es infrecuente que el mar despierte una fascinación muy profunda en temperamentos de rasgos soñadores o aventureros. En estos monólogos, dos personajes —separados por el tiempo pero unidos por el embeleso que hacen nacer las olas del puerto mexicano de Tampico— cuentan los ires y venires de su historia personal, en la que las mujeres tienen una presencia fundamental.

 

Todo cuanto descifraste de ti mismo lo descifraste
durante el breve tiempo en que eras el que fuiste.
IGNACIO SOLARES, “Minucias”

 

ANDRÉS I

¿Qué es para mí, el mar? ¿Qué era para mí el mar? ¿Qué fue para mí el mar?

Algo tan sustancial, tan guardado en mi interior como la sangre de mis venas; tan desbordante como el vino tinto que solía verter mi padre hasta el borde de su vaso, manchando de rojo el mantel; tan entrañable como el amor a mis hijos; tan evanescente como, al final, la desaparición de mi madre. El olor a mar, en mi infancia, era más delicioso que el de los muchos guisos de Mina; más que el de cualquier loción cara cuando fui adolescente; más que el aroma de las mujeres que amé…

Nací en el puerto de Tampico, frente al mar. Bueno, en Ciudad Madero, pueblo que por entonces, a principios del siglo XX, se llamaba Árbol Grande. Las olas, las olas altísimas de Miramar cobijaron mi infancia… o estuvieron a punto de acabar con ella cuando, en las comidas en la playa improvisadas por Mina, Elena y mi prima Consuelo, las retaba arrojándome a sus crestas, a espaldas de la familia que indolentemente pelaba camarones y devoraba la carne de las jaibas sin escuchar, al parecer, mis gritos de excitación o de miedo ante las olas. El mar me salvaba del tedio durante las vacaciones de verano; me resarcía de la indiferencia de mi padre que despreciaba el Golfo de México y añoraba en cambio el Cantábrico, las rías gallegas, y que se fue diluyendo cada vez más entre el vino tinto y la nostalgia, en la memoria, hasta borrarse, desvanecerse por completo. Ir a la playa en domingo era el premio de mi madre para animarme a asistir a una escuela de muros descarapelados y olor a humedad. La promesa del mar dominical me consolaba de permanecer hincado, con los brazos en cruz, sobre los granos de maíz que la vieja maestra regaba en un ángulo del salón de clase para castigar a los reprobados; o cuando me equivocaba al repetir las tablas de multiplicar, lo cual sucedía casi siempre. A veces también eran palmetazos en las manos por pintar venado. ¿Que adónde me escapaba? Pues a la playa, no faltaba más. Al día siguiente me delataba el color de la piel del rostro, tan encarnada como los camarones que comían afanosas las mujeres de mi familia. Si algo he amado siempre es el sol. “Pareces camarón…”, me decía la vieja maestra Eustaquia. “Híncate otra vez sobre los granos, a ver si así aprendes a no irte de pinta”.

 

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© Wikicommons

 

En mi infancia, el puerto se llenaba de barcos venidos de todas partes: Inglaterra, España, Galveston, en Estados Unidos… hasta Rusia y Suecia, mucho antes de la Segunda Guerra Mundial. Las compañías petroleras inglesas hacían su agosto con el petróleo del Golfo. Se oía inglés por todas partes. Los letreros de las tiendas de categoría estaban escritos en inglés. Los hombres usaban sombreros panamá y las mujeres abrían sombrillas de seda floreada. Y había también chinos, muchos chinos. ¿Por qué tantos chinos? Nunca lo supe, ni me molesté en averiguarlo. Después de bañarme en Miramar, lo que más me gustaba era irme a ver los barcos anclados, con sus banderines flotando en la brisa marítima; al salir de la escuela me dirigía al muelle, y me pasaba horas apoyado en grandes cajas recién descargadas, o en toneles que amenazaban con echarse a rodar, repletos de licor o de aceite. Aceite de oliva, extrafino, del que compraba mi padre para que la tía Mina le cocinara huachinango a la veracruzana, bacalao a la bilbaína, gambas al ajillo. La tía cocinaba exquisitamente, fumaba cigarros delgaditos que ella misma liaba y también adivinaba el futuro. Pequeña, delgada, poseía una fuerza interior que desplegaba al limpiar enérgicamente los pescados, los pulpos para cocinarlos en su tinta; al pelar las jaibas, separar las tenazas, aderezar con aceitunas y tomate la sedosa pulpa y luego volverla a colocar dentro del caparazón. La misma fuerza con que hacía operaciones con las manos para aliviar órganos de hombres y mujeres enfermos que iban a consultarla por las tardes; o escribir en gruesas libretas los mensajes del más allá que le dictaban voces en lenguas extrañas de diversa gente. Pero esto ya era cosa mayor. Cuando le venía “el trance”, todos teníamos que abandonar inmediatamente la casa de madera que como que temblaba, y no regresar en un largo rato. Sí, porque tía Mina era “médium”, era “vidente”. Todo un personaje: lideresa espiritista de la comunidad de Árbol Grande. Sí, espiritista, operaba a los sufrientes con las puras manos, encendía veladoras, hacía conjuros, sanaba, curaba; la querían, la buscaban, le rogaban… un personaje. Junto a ella, mamá Elena, mi madre, se reducía a una sombra, la hermana menor que cosía uniformes de marinero y… cosía en general. Eso sí, frondosa, de buena estatura, cabello negrísimo rizado, tez blanca… y silenciosa, muda acatando siempre las palabras imperiosas de su hermana mayor: “cierra”, “abre”, “compra”, “vete”... No se diga Chelo, la prima recatada (siempre sospeché que era hija de Mina, quien se decía soltera…), dizque huérfana del tío Tomás, un marinero, que se había ahogado cerca de Veracruz. Y como mi mamá, Chelo era incapaz de desobedecer a la dueña de la casa de madera. Hasta que, según pude deducir, apareció mi padre, con el que mi madre, nada más… huyó. A la larga —o a la corta— regresó, conmigo, chiquitito, con todo y su marido, quien se integró al núcleo de féminas porque, llegado de España, no tenía en qué caerse muerto, la mera verdad (según repetía Mina). Atraído, más que por las apetecibles redondeces de Elena o sus cabellos de ébano, por las dotes culinarias de la cuñada Mina. Luego abrió una panadería que poco a poco fue surtiendo de bebidas y abarrotes. Trabajador como él solo, de la mañana a la noche. Años buenos para todos, años tranquilos. Se volvió próspero, fue feliz un tiempo, mientras logró soportar los trances de la tía y el silencio manso, empecinado de la esposa estatuaria. Luego, un buen día, desapareció.

El mar, para mí, fue siempre telón de fondo de venturas y desventuras, con su ir y venir inacabable, su engañosa calma, sus olas gigantescas bordeadas de encaje, su olor inconfundible que llegaba hasta el quiosco del zócalo de Tampico y se metía por la nariz y por los pasillos de los grandes hoteles a los que nunca me atreví a entrar, menos aun cuando me convertí en solamente un niño sin padre. El Hotel Inglaterra, el Imperial, que fueron surgiendo un poco después del auge del petróleo. El mar: escenario de amores maternos y desencuentros; de voces incomprensibles y silencios inexpugnables; de presencia paterna y ausencias repentinas. El mar: sus ventiscas que azotaban puertas y ventanas durante “el norte”; su intenso cielo azul que hacía juego con el cobalto del agua con el que se fundía en el horizonte inmisericorde, que me cobijaba un día tras otro.


   
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Margarita Peña

Nació en México, D.F., en1937. Especialista en literatura novohispana y literatura española de los Siglos de Oro. EsMaestra en Letras hispánicas por la UNAM; Doctora en Letras por el Colegio de México;...


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