UNAM
NUEVA ÉPOCA NÚM. 145 MARZO 2016 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
Inicio   >>> Creación   >>>   Jaime Garba

Cuento
Toda la vida


Jaime Garba
citar artículo
citar
NUEVA ÉPOCA | NÚM 145| Marzo 2016| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Garba, Jaime , "Cuento. Toda la vida" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Marzo 2016, No. 145 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=799&art=17105&sec=Creaci%C3%B3n > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

PDF
aumentar letra disminuir letra
1 / 1

Untitled Document

 

MATERIAL EXCLUSIVO WEB

A sus noventa años, con la muerte como única opción, Gabriel recorrió varias décadas de su memoria hasta el día en que sus ojos se postraron sobre el césped húmedo. Un día antes, aquel verde pasto había sido presionado por los dos pares de pies adolescentes que se habían dicho adiós. Aquel recuerdo le servía como guía ante la inminente partida hacia la eternidad, pero no quería dejar esta vida sin remembrar el momento preciso en que la tuvo entre sus brazos.

Sus labios, sus ojos, la piel núbil de la enamorada se veía en la vieja memoria como la estampa inamovible del recuerdo que cada día, desde aquel momento guardó consigo.  – ¿En qué piensas?-, preguntó el hijo cansado, quien vigilaba la temporalidad de la transición. El viejo, sin hablar, sin ser necesario decir nada, dejó aquel año en que moriría para trasladarse con su amada, para fenecer ahí, en ese instante en que realmente dejó de sentir el palpitar de su corazón.

Paso tras paso vio alejarse los cabellos rubios de Gabriela, quien auguraba cual cliché un nos volveremos a ver que nunca llega. Cuando ya no pudo sentir como siente el cuerpo los placeres factibles se apagó la luz de su interior. ¿Los demás años? No importaron en absoluto, como tampoco importaba que partiera en cualquier momento de sus ya pesados noventa años.

 

imagen
Jaime Garba
© Cortesía del autor

 

Ya no estaba Gabriela ni su sonrisa amplia, tampoco sus manos velludas con delicados, sutiles y contados cabellos que comenzaban uno a uno desde el inicio de sus dedos y culminaban en sus hombros. Tampoco su sexo húmedo en las noches apacibles donde dos casi niños de dieciséis años hacían el amor más con la mirada que con los miembros ignorantes.

El césped en su memoria, aquel panorama verde que estaba ya vacío, se llenó con las veces que ambos estuvieron ahí, viviendo la vida que les dictó el destino mientras las malas pasiones del mundo iban de un lugar a otro rozando sus ideas ante el caso omiso.

El viejo Gabriel, con un movimiento que le requirió el mayor esfuerzo se llevó dos dedos a la boca, aquello era lo más cercano al suave tacto de ella, quien estaría quizá en otras eternidades. Se moría, se les moría a los hijos, a los vecinos, a la esposa equivoca, al mundo… pero habíamos dicho que muerto ya estaba cuando pasó uno, dos, tres días y Gabriela no apareció por ningún lado. La tierra se volvió un saco de desesperanza ante el amado que sólo desea usar el sentido de la vista para satisfacerse.

La habitación, miserable cárcel que le impedía salir hasta donde el recuerdo le dictaba, oprimía su pecho con el color crema que no era el verde del césped de aquel lugar donde le dijo te amo tantas veces. Aquel piso gris y desgastado no permitía sentir a sus pies desnudos el momento preciso en que concibió el amor con su partida.

El hijo lloró, los ojos del padre estaban cerrados y su respiración se había esfumado por completo, muerto estaba desde aquella vez, y ahora en el nuevo siglo, cobijado por los cuidados para los viejos no estaba muerto, la estaba buscando incesantemente en otra dimensión lejana a la de los vivos; los vestidos, los ademanes, la voz, —¡ah!, el sonido—, pensaba, del abrir y cerrar de su boca que manifestaba con palabras los placeres verbales más sublimes.

La última vez que estuvo en aquel lugar fue cuando tenía veintiocho años. Todo tan distinto como lo dicta el tiempo. Sus huellas borradas por las de tantos otros hasta que aquello se convirtió en el progreso. Ruido, estruendo de un lado a otro sin sentido; tecnologías usurpadoras de pasiones que seguramente Gabriela despreció tanto como él, que lo hacía en el silencio. ¿Estaría viva aunque sea en la memoria de los descendientes?
—Espero te encuentres aunque sea en la vieja fotografía en algún mueble —musitó.

De pronto le tocaron suavemente, acariciando de arriba a abajo la arrugada e inservible mano que tanto fue coleccionando arrugas. Ahí estaba ella, frente a él, tan sólo a unos metros de distancia, en las calles modernas, entre vehículos y smog. La veía con la larga e infinita, transparente y mágica mano que llegaba hasta su cuerpo. Viejo el viejo, o sea, esfumando la memoria y apelando al presente se levantó del descanso cuasi eterno y corrió a ella tan deprisa que su cuerpo se quedó reposando sobre la mecedora sin mostrar ya realmente un signo de vida. Mientras las lágrimas de los presentes despedían al cuerpo visible de Gabriel, este acortaba la mano de Gabriela, jalándola fuertemente como quien arrastra una embarcación a la deriva. Así, después de tantos sueños y ejercicios de ilusión, le faltó cada vez menos hasta llegar a ella, regocijarse entre sus brazos tal vez por otra última vez, para el anhelado toda la vida que se repetiría en nuevas ocasiones y memorias del fantasma.


   
    subir    

Jaime Garba

Nació en Michoacán, México, en 1984. Psicólogo, escritor y editor. Coordinador de Literatura del Centro Regional de las Artes de Michoacán, colaborador de Playboy México con su columna...


Leer más   »
Secciones de la Revista
Sitios de interés