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NUEVA ÉPOCA NÚM. 145 MARZO 2016 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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El nombre de Umberto Eco


Edgar Esquivel
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 145| Marzo 2016| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Esquivel, Edgar , "El nombre de Umberto Eco" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Marzo 2016, No. 145 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=799&art=17107&sec=Columnistas > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Umberto Eco hizo de la erudición un acto generoso, del rigor un suceso placentero y del descubrimiento un gozo. El humanista italiano falleció el pasado viernes 19 de febrero, y dejó tras de sí una obra desafiante e inquieta, curiosa a las numerosas manifestaciones del saber, la cultura y los caminos del libro. Difícil negar que sus títulos permanecerán en la memoria de sus lectores.

 

I

La comedia humana agrupa en torno a sí el brillo, el absurdo y el despropósito, y ante ello es la cultura, los conocimientos acumulados, lo dubitable, la ansiedad por descubrir e inventar, la necesidad de explicarnos, de situarnos en tiempo y espacio, lo que lleva a construir y reconstruir ideas y hábitats; después de todo, refirió el célebre humanista italiano Umberto Eco, “la cultura es una crisis continua. La cultura no está en crisis, es una crisis continua. La crisis es condición necesaria para su desarrollo”, pero, claro, a diferencia de lo que ocurría en el ochocientos hoy “la cultura es más libre”, pues ningún escritor iniciaría un texto con una loa al señor, o a un rey. No hay elogios de reverencia, sino de referencia y perspectiva del mundo.

 

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Umberto Eco
© Wikicommons

 

Con certeza el nombre de Umberto Eco (Alessandria, Piamonte, 1932-Milán, Lombardía, 2016) seguirá como una constante en las batallas del pensamiento que se avecinan con tremendo impulso a partir de lo que parece un nuevo episodio en la confrontación de utopías, algo que es inherente a la historia universal. ¿Hay algo nuevo bajo el sol? No es que las posturas contrapuestas acerca de lo que buscan las distintas sociedades —en los ámbitos del poder, el saber, del creer— sean una contrariedad sin antecedentes; al contrario, sino que la asunción plena de aquellos elementos que surgen de las innovaciones trastocan cada vez más la vida diaria, donde la inmediatez, el fulgor adictivo de lo efímero, abona poco o nada a la solidez de los valores humanos que han definido las grandes civilizaciones. ¿Por dónde empezar la reinvención de lo que llamamos todavía humanismo? Cierta ocasión, hace unos años, de acuerdo a una crónica del diario El País, Umberto Eco estaba de paso en Burgos, donde aprovechó para ensalzar ese objeto que le apasionó siempre, el libro, advirtiendo que en aquel lugar “se encuentran ejemplares con más de mil años de antigüedad, y sin embargo nadie es capaz de decirnos cuánto nos va a durar un USB…”. El culto al libro, el instrumento de sabiduría y felicidad, un fin en sí mismo —a diferencia de Internet, por ejemplo—, es un hecho protagónico en cada etapa de la historia, fuente perpetua de descubrimientos y emociones y, aun más, es el trayecto donde “el placer de conocer no tiene nada de aristocrático, es un campesino que descubre un nuevo modo de hacer un injerto; evidentemente, hay campesinos a los que esos pequeños descubrimientos procuran placer y a otros no”. Son realidades opuestas, que conviven y se retan una a otra, y ante ello Eco supo, mediante su interminable afán por aprender y reflexionar, dilucidar sobre la naturaleza del saber y de lo bello a partir de dos absolutos que conviven; la verdad y la mentira son percepciones que a la luz del conocimiento revolucionan las tendencias de las sociedades, sus predisposiciones emotivas y sus mecanismos de convivencia, quizá por ello “el libro como objeto continuará existiendo, de la misma manera que la bicicleta sigue existiendo pese a la invención del automóvil; es más, hoy hay más bicicletas que hace unos años”. El humanismo no es un logro estático, sino una marcha que sublima el trato de cada persona con otras, facilita el reconocimiento y la aceptación de límites esenciales —la libertad exige tolerancia; la igualdad, justicia; la fraternidad, respeto—, e incentiva la introspección consuetudinaria si hay contacto habitual con manifestaciones artísticas. El libro es el soporte y garante de las sociedades que no cesan en sus inquietudes y conflictos. Abjura Eco: “Internet es como la vida, donde te encuentras personas inteligentísimas y cretinas. En Internet está todo el saber, pero también todo su contrario, y esta es la tragedia”.

Todo lenguaje es un conjunto de símbolos que resguardan los saberes que a lo largo de la historia heredamos, decodificamos o interpretamos —traducimos—; se resguardan y trasmiten, y aunque cada lenguaje es en esencia una forma de comunicar, permite generar además una serie de expresiones que al pasar el tiempo permanecen como obras trascendentes por su representatividad y aportes —los hitos se alimentan de nostalgia y atribuciones, pero también de cismas—, de lo cual se desprenden precedentes con elevado significado sin importar el momento o la región del mundo donde arraigan, y que sin duda retratan la terca y compleja condición humana.

El saber, por tanto, es un instrumento, pero en sus momentos estelares ha sido, es, y será una forma de vida, un propósito en sí mismo. Nuestro tiempo aspira a ello como nunca antes, pues a través del dominio de la técnica —aplicación de un conjunto de ciencias y artes— se ejerce y extiende un poder vasto donde la obtención de riquezas para quienes detentan la generación de conocimientos de avanzada parece interminable, pero ello no es, por otro lado, una garantía de que los pactos sociales —el arte de la obediencia— no presenten alteraciones recurrentes, pues el acceso a mejores condiciones de vida, en plena era del conocimiento, se aprecia cada vez más complicado.

 

II

Umberto Eco fue un bibliómano y erudito que cabalgó entre siglos, naciones y lectores con la mirada puesta en lo que nos trasciende y determina —el conocimiento, la formas de conocer y trasmitir, de comprender—, que si bien nunca pasaba por alto temas fundamentales que aluden a cualquier sociedad, donde los libros y el lenguaje son arquetipos que marcan derroteros, menos aún desdeñó o subestimó todas aquellas acciones y conductas —la inventiva, el riesgo— que redimían la imaginación y validaban la cultura en su sentido más amplio.

En lo que fue su última novela, Número cero, trama donde la política y el periodismo son comparsas en la concepción de falsos destinos y realidades de probeta, el autor piamontés pone en boca del protagonista —poseedor de una “cultura monstruosa”— una aguda percepción: “los perdedores, como los autodidactas, siempre tienen conocimientos más vastos que los ganadores. Si quieres ganar tienes que saber una cosa sola y no perder tiempo en sabértelas todas; el placer de la erudición está reservado a los perdedores”. El tiempo perdido es ocio, pozo de vicios, pero mana ante todo reflexión y contemplación. Cada trozo de la Historia es un amasijo de intrigas y voluntades, de aciertos y errores, de luces y sombras, de fortuna y fatalidad, pero no por ello puede reducirse todo a un maniqueísmo ramplón; por un lado, “las sospechas nunca son exageradas. Sospechar, sospechar, sólo de ese modo se encuentra la verdad. ¿No es esto lo que dice la ciencia que hay que hacer?”; por otro, tenemos que “para entender qué hacer hay que combinar todos los datos. Un dato, por sí solo, no dice nada; todos juntos te hacen comprender… hay que desentrañar lo que intentan esconderte”.


   
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Edgar Esquivel

Ensayista y promotor cultural. Originario de Occidente, ha publicado también en las revistas Este PaísSiempre!.  Desarrolló actividades de programación y organización en el Museo...


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