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NUEVA ÉPOCA NÚM. 145 MARZO 2016 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Callejón del Gato
Laberinto de los derrotados


José Ramón Enríquez
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 145| Marzo 2016| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Enríquez, José Ramón , "Callejón del Gato. Laberinto de los derrotados" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Marzo 2016, No. 145 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=799&art=17110&sec=Columnistas > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Pensaba en cosas como el fracaso final, en una de tantas vueltas entre cañas de cerveza y chatos de vinos. Esa claridad acuosa que hiere los ojos de los derrotados, los ya sin salida. Daba una vuelta enésima por la Plaza Mayor, imaginando mi salida por el burladero de matadores sin orejas, en medio de silbidos y pateo del respetable. Y, de mí, pasé a la estatua ecuestre de Felipe III, un rey con tan poca voluntad, nada de gracia, reinventado señorial, en medio de la Plaza. Entonces vino la iluminación: sería más lógico que en ese lugar estuviera, medio caído del caballo, el mismísimo Carlos II, El Hechizado, cuyo escudo está en la fachada de la Casa de la Panadería, el último de esos Austria que dan nombre al Madrid cuyo ombligo es la Plaza. Él mandó realizar un gigantesco auto de fe ahí mismo y el humo de la carne chamuscada llegó hasta la Gran Tenochtitlan, en 1683, para festejar sus bodas, estériles esponsales con una reina francesa.

Tal la razón de ser del esperpento. Yo daba vueltas. De ahí a los espejos del Callejón del Gato sólo me quedaba un paso, pero no recuerdo si pude darlo tras el último coñac que coronara mi propio auto de fe.

 

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Retrato de Carlos II El Hechizado
© Wikicommons

 

Entendí el heroísmo, el heroísmo del fracasado, como una forma de epifanía que nos traslada a un intangible pero inexpugnable más allá, en el cual podemos sentirnos más que bien: seguros. Lo mismo es una cultura de la resistencia que un laberinto de los derrotados.

Está en la epilepsia de Carlos El Hechizado trasunto de la gota de Carlos I de España y V de Alemania que, a pesar de ser infinitamente poderoso, no pudo ser el nuevo Carlomagno. Está en otro carlismo, el valleinclaniano. Valle-Inclán sólo pudo construir héroes incapaces de triunfar. Lo mismo en esa estirpe diabólica de los Montenegro que va de don Juan Manuel y llega a Cara de Plata, que en la comunión tradicionalista capaz de volver heroicas a las víctimas burladas por el donjuán, santo diabólico, que era el insuperable Marqués de Bradomín (“feo, católico y sentimental”… y derrotado). ¿Esperpento hay, también, en la intuición tropical pelliceriana de que “todo será posible menos llamarse Carlos”?

Más allá de ese nombre, la cultura de la resistencia o el laberinto de los derrotados se encuentran en el descenso quijotesco a la Cueva de Montesinos con el misterio cruel de Dulcinea retransformada en labradora.

Antes, en el erasmismo español que fue el enorme triunfo de un fracaso histórico. Cisneros como águila bicéfala con algo definitivamente en contra suya y, por lo tanto, de su proyecto. Fervoroso creyente, franciscano de verdad en tiempos de inquisidores que no se preocupaban tanto por la fe cuanto por las costumbres y, sobre todo, por el poder, viniera de quien viniera: del diablo o del buen Dios. Porque el Cardenal Cisneros resultó ser (a veces) cristiano de verdad y no sólo de raza, casta o club bancario, su reforma resultó tan extraña y, si bien produjo santos y poetas, no consolidó una fe en los frailes como quería Francisco, sino las bases de un imperio con barro en los pies y demasiado oro arrebatado de las Indias para fabricar coronas en cabezas huecas.

Ay, se parece a Erasmo, el papa Francisco que comenzó su andadura frente al Mediterráneo, no para conquistarlo como Felipe II y Juan de Austria, sino, en Lampedusa, simple y sinceramente para llorar por los muertos como lo hubiera hecho el pobrecito de Asís y como aprendiera a hacerlo, a bofetadas y arcabuzazos, don Miguel de Cervantes.

En el laberinto de los derrotados acabó por perderse Alejandro Sawa. Y aun nuestros Rubén Darío y Manuel Gutiérrez Nájera, cuyo modernismo se entiende de maneras distintas en dos lenguas, la del nuevo Imperio y la nuestra.

Y el esperpento lo inventó Goya, otro representante de la cultura de la resistencia, afrancesado a fuerza de no serlo. Vidente de los españoles a palos consigo mismos y sordo con cuanto esto conlleva de marginado real, malhumorado y siempre en defensiva. Sí, como dijera muy bien Max Estrella: “El esperpentismo lo ha inventado Goya. Los héroes clásicos han ido a pasearse en el Callejón del Gato [...] El sentido trágico de la vida española sólo puede darse en una estética sistemáticamente deformada [...] España es una deformación grotesca de la civilización europea [...] deformemos la expresión en el mismo espejo que nos deforma la cara y toda la vida miserable de España”.

Deformado mi andar solitario de borracho por aquel Callejón del Gato que está en un Madrid al que llegué sin saber bien a qué ni cómo.


   
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José Ramón Enríquez

Nació en la Ciudad de México el 22 de agosto de 1945. Dramaturgo, ensayista y poeta. Estudió literatura y filosofía en la UNAM; arte dramático en el INBA y en España. Ha sido comentarista de libros;...


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