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NUEVA ÉPOCA NÚM. 145 MARZO 2016 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Tras la línea
En Génova pude verlos


Sergio González Rodríguez
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 145| Marzo 2016| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

González Rodríguez, Sergio , "Tras la línea. En Génova pude verlos" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Marzo 2016, No. 145 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=799&art=17111&sec=Columnistas > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Resulta inevitable recordar, como si de una trama melodramática se tratara, cuando en realidad implica asuntos menos triviales, la matriz narrativa de los relatos típicos de fantasmas. En ella se entrelaza la ultratumba, el suspenso, la voz de terceros, la escritura, lo real y lo fantástico en una connivencia fatal.

La mayor parte de los comentaristas del tema de los fantasmas se refiere a Plinio el Joven y el fragmento de una de sus cartas a un amigo que le ha solicitado su opinión acerca de la existencia de los fantasmas y su forma, si tienen existencia autónoma o son proyecciones del miedo en cada quien.

Así, cuenta que ha oído un hecho que vivió Curcio Rufo: una vez, hacia el atardecer, se le apareció una mujer alta y hermosa que le predijo su futuro, es decir, un viaje a Roma, una ocupación política allá y su regreso a África para morir, lo cual acontecerá al pie de la letra. No deja de ser irónico que tal mujer sea un ave de mal agüero. La idea de la belleza en tanto promesa de la felicidad suele no cumplirse.

 

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Plinio el Joven
© Wikicommons

 

El mismo Plinio evoca en dicha carta otra historia que le han dicho: “Había en Atenas una casa espaciosa y profunda, pero tristemente célebre e insalubre. En el silencio de la noche se oía un ruido y, si prestabas atención, primero se escuchaba el estrépito de unas cadenas a lo lejos, y luego ya muy cerca: a continuación aparecía una imagen, un anciano consumido por la flacura y la podredumbre, de larga barba y cabello erizado; llevaba grilletes en los pies y cadenas en las manos que agitaba y sacudía” (Cartas, epístola 7, 27). El espectro, en este episodio, es una imagen (una semejanza o apariencia humana, nada que ver con una mujer corpórea).

Al tiempo, el filósofo Atenodoro llega allá y se entera de que la casa de la aparición está en venta a bajo precio. Esto lo impele a adquirirla, por lo que, “una vez comienza a anochecer, ordena que se le extienda el lecho en la parte delantera, pide tablillas para escribir, un estilo y una luz; a todos los suyos les aleja enviándoles a la parte interior, y él mismo dispone su ánimo, ojos y mano al ejercicio de la escritura, para que su mente, desocupada, no se imaginara ruidos supuestos ni miedos sin fundamento”.

Después de un lapso de silencio, un ruido de cadenas al arrastrarse comienza a distinguirse hasta que la aparición se planta frente a él. Con un gesto de la mano, el espectro le ordena que lo siga. El filósofo le responde que aguarde, y escribe en su tablilla. Ante la insistencia de aquel, Atenodoro lo sigue hasta el patio, donde la aparición se desvanece.

Al cavar en el sitio, se halla una osamenta encadenada, por lo que el filósofo acuerda con la autoridad un entierro debido. El fantasma jamás reaparecerá.

Tal matriz narrativa oscila entre la incredulidad y la apertura a lo que no puede explicarse por medios racionales, una postura del conocimiento que con el paso de los siglos perdió vigencia para establecer el pensamiento racionalista y empírico, circunscrito sólo a lo que cree evidente y demostrable a partir del estudio de las ciencias naturales, la estructura matemática de la materia y su racionalidad inmanente. En otras palabras, se plantea una totalidad dentro de la ciencia y nada fuera de ella.

La permanencia milenaria del relato de Plinio el Joven, el énfasis que se ha puesto a la bipartición tajante entre la vida y la muerte impide ver un detalle trascendental: el deseo subyace tanto a los vivos como a los muertos. La esencia de la persona viva al igual que de la persona muerta radica en el deseo. En el caso del espectro de Plinio el Joven-Atenodoro, sólo desea reposar en paz, y ha vuelto del más allá para hacer cumplir su deseo: rendirse a la unidad primigenia de la creación. En el caso del hombre al que la hermosa le predice su futuro, ella encarna este: el deseo del lugareño de acometer el ultramar para llegar a la ultratumba.

En ambas historias, los espectros a) tienen un estilo (la mujer seductora; el viejo esclavo con su apariencia horrorosa); b) habitan un espacio o atmósfera (ya sea la ciudad o una casa abandonada); y c) transmiten una enseñanza: la fatalidad y la comprensión de su fatalidad. En síntesis, consignan lo nunca oído antes que nutre lo que siempre se oirá después: anécdota, del griego ἀνέκδοτα (anékdota): “cosas inéditas” (Diccionario de la lengua española) que por lo mismo llevan el valor de la reiteración.

Mi primera impresión de Génova la tuve desde la ventanilla del avión que, al anochecer, me condujo en el otoño de 2008 a la ciudad italiana. Las luces de los barcos brillaban frente a las de la urbe enclavada en la montaña. Debía yo participar en unas conferencias y un gentil asociado fue por mí al aeropuerto y me llevó a una cafetería luminosa, donde el puro aroma del café expreso recién preparado hacía olvidar la fría temperatura. Algo de familiar, de calidez irrenunciable se respiraba en el aire. En breve, sería conducido a la casa de huéspedes en que me hospedaría.

El solo nombre del domicilio, Salita di Santa Brigida 21, Interno 2, Scala A, me trae recuerdos dispares. Por una parte, la curiosidad a ultranza del viajero; por otra, el azoro que desde entonces me acompaña cuando evoco a Génova, sus calles estrechas, el funicular desconcertante y ruidoso, los tranvías inverosímiles por su antigüedad y eficacia compuestas, los autos Fiat anacrónicos y cautivadores que me entregaban de nuevo a la juguetería de mi niñez.

Como de Génova viajaría a Turín, mi maleta, para estar en Italia más de una semana, era pesada; la ropa gruesa ocupaba su mayor espacio. Nos costó subirla por un pasillo que acogía un bello arco, y enseguida despuntaba una escalinata de cantera clasicista y decimonónica. Veinte metros arriba, se distinguía una puerta que, a su vez, acogía otra escalera, esta vez de mármol. Arriba, estaba la planta para los huéspedes, que consistía en un recibidor, a un lado la cocina, al frente un comedor y, hacia la derecha, algunas habitaciones. La mía era la última del pasillo, y sus ventanas contemplaban los edificios cercanos, un follaje de árboles altos y un par de faroles de luz amarillenta.

En el cuarto de duela acogedora, sólo había una cama, un ropero, un escritorio, un calefactor. Caí rendido en la cama y, sin poder quitarme la ropa, me quedé dormido. Como he escrito, los sueños son parte de mi vida diurna, y a veces sus restos me acompañan varias horas. Aquella vez, los sueños fueron vívidos, tan intensos que aún los veo si rememoro la mansión de Santa Brigida.

Los fantasmas de aquel edificio vinieron a presentarse ante mí. Este es mi apunte de tal encuentro: “tocaron a la puerta de la habitación en el hostal de la rampa Santa Brigida. Primero entró un hombre que tenía la cabeza en sus manos, o no fue así. Quizá carecía de cabeza, sin ser un descabezado, o bien carecía de rostro. Luego entraron la niña, casi muchacha, de vestido blanco, después el niño rubio. Y hubo un cuarto, pero del cuarto intruso nada guardó mi mente salvo la certeza de que alguien más estuvo allí. Una sombra trémula”.

La forma de los espectros de Génova fluctuaban entre la traslucidez y la entereza corpórea, su actitud era de reserva ante mí. Parecían preguntarme con su actitud, ¿qué demonios hacía yo allí? Recuerdo sobre todo a la muchacha del vestido blanco porque me miraba entre intrigada y expectante. Como si fuera yo, aparte de un intruso intempestivo, el ser más extravagante que ella hubiera visto.

Me inquietó su mirada, núbil y a la vez ya madura. Un pasmo volátil entre el acertijo, la promesa y el garabato: ninguna mujer en mi vida me ha observado así. No me invitaba a seguirla, como lo hizo el espectro aquel ante Atenodoro, sino a ensimismarme en ella.

Al citarla ahora asocio su estupefacción frente a mí con las palabras de una joven actriz inglesa, cuyo nombre por desgracia he olvidado, quien declaró algo que, en su contundencia, me parece una definición certera de la feminidad: “las mujeres somos seres complejos, de deseos y apetitos extraños”. Si bien la muchacha del vestido blanco y la cabellera ensortijada jamás ha reaparecido como fantasma, sí se ha dejado ver en mis sueños una o dos veces.

Para ella yo fui un objeto fugaz de deseo; para mí, su recuerdo se acerca a la obsesión. ¿No fue Oscar Wilde quien dijo que sólo el deseo irracional dura más que un amor eterno?

La carta de Plinio el Joven a su amigo Sura concluye así: “Por tanto, te ruego que hagas uso de tu erudición. Es asunto digno para que lo consideres largo y tendido, y yo no soy ciertamente indigno de que me hagas partícipe de tu saber. Aunque sopeses los pros y los contras de las dos opiniones (como sueles), inclínate más por uno de los dos lados, para no dejarme suspenso en la incertidumbre, dado que la razón de consultarte fue la de dejar de dudar. Saludos”.

Las noches siguientes que dormí en Génova esperé que aquellos espectros reaparecieran, pero no volvieron a hacerlo. Como quien ha vivido algo excepcional y al paso del tiempo vuelve al escenario donde lo vivió, me despertaba en la madrugada, abría los ojos y escrutaba la semipenumbra, caminaba al pasillo para tentar la noche o me asomaba a la ventana para descifrar el viento en las ramas de los árboles, que siseaban un gemido largo. Sentía un vacío sutil.

No he vuelto a Génova, e ignoro si lo haré un día, pero el contagio espectral me acompaña desde entonces. 


   
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Sergio González Rodríguez

Nació el 26 de enero de 1950. Crítico, narrador, ensayista, historiador de la literatura y guionista. Estudió la licenciatura en letras modernas en la FFyL de la UNAM (1978-1982). Investigador de...


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