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NUEVA ÉPOCA NÚM. 145 MARZO 2016 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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La epopeya de la clausura
Los cálculos de Montaigne


Christopher Domínguez Michael
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 145| Marzo 2016| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Domínguez Michael, Christopher , "La epopeya de la clausura. Los cálculos de Montaigne" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Marzo 2016, No. 145 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=799&art=17114&sec=Columnistas > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Este año Sexto Piso dará comienzo a la publicación de mis Ensayos reunidos, en varios tomos. El primer volumen recoge los prólogos a la Antología de la narrativa mexicana del siglo XX (1989-1991) y La utopía de la hospitalidad (1993), junto a algunos ensayos y artículos no recopilados en libro (1983–1997), entre los que se cuentan “Los cálculos de Montaigne”, aparecido en julio–agosto de 1989 en el boletín Librero, dirigido por Armando Mena para la, en esos días imprescindible, librería El Parnaso de Coyoacán (CDM).

 

Michel Eyquem de Montaigne nació en 1533. Aunque gustaba de proclamarse soldado, fue un noble consagrado a la magistratura en el parlamento de Burdeos. En 1570, es conocido que, fastidiado por las masacres entre católicos y hugonotes, se retiró a la pequeña propiedad que su padre le legó. Encerrado en la biblioteca del tercer piso de una torre redondeada, escribió allí sus célebres Ensayos, en una estancia que decoró con las citas de sus autores favoritos griegos y latinos.

 

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Michel Eyquem de Montaigne
© Wikicommons

 

Peter Burke, uno de sus biógrafos, asegura que un retiro como el de Montaigne era inusual para un caballero de la época, obligado a poner en riesgo su vida por el rey. Su humanismo, se dice, comenzó en su propia casa, recluyéndose para afrontar la muerte, pues, como dijo en el más conocido de sus ensayos, siguiendo a Cicerón, filosofar es prepararse para morir.

Pero Montaigne, como usted o como yo, no quería morirse y decidió “hacer la Italia” para recuperar una salud ya deteriorada. Lo que más llama la atención del Diario de viaje de Mychel de Montaigne en Italia, por la Suiza y la Alemania, en 1580 y 1581, no son ni sus observaciones sobre la brutalidad de las guerras de religión ni su desprecio por el Renacimiento italiano, sino su actitud ante su propia enfermedad.

Montaigne padecía una litiasis renal, ocasionada por la concentración de sales en sus riñones, misma que puede provocar una uremia, esto es, una suerte de riñón paralítico capaz de estallar por la concentración excesiva de urea. El padecimiento es doloroso y, aun hoy día, a pesar de los adelantos de la farmacia contemporánea, es de tratamiento delicado y, si no se cura a tiempo, mortal.

Sorprende que Montaigne —dictando un diario de uso privado— no se lamente jamás de lo que le sucede. ¿Era por pudor ante su secretario y escriba? No, pues a mitad del camino y por razones desconocidas lo despidió, continuando él mismo, en italiano, su narración.

Montaigne, como Descartes descuartizando a su vaca en busca de fluidos y tejidos, anota cuidadosamente el ritmo de sus evacuaciones, el tamaño de las piedras que expulsa y la regularidad de los hábitos dietéticos previstos para su curación. Describe los baños medicinales que se da y saborea la densidad de las aguas purgantes bebidas. En esas estaba cuando lo llamaron de Francia, pues sus amigos lo eligieron el 7 de septiembre de 1581 alcalde de Burdeos, y hubo de abandonar los baños de la villa de Lucca. Aceptó el puesto con desgano y algunos dicen que gobernó con cobardía. Murió en 1592.

¿Por qué no se quejaba Montaigne? ¿Consideraba su cuerpo una zona clínica, mesa de disección ajena a los sentidos? Se me ocurren algunas explicaciones más o menos obvias. Discípulo de los estoicos, daba alto valor a la templanza y despreciaba el dolor, aun en sus más urgentes manifestaciones. Católico, quizá querría predicar con el ejemplo, olvidando el cuerpo como el primero de los asuntos terrenales, para ocuparse de la trascendencia.

Quizá valga la pena recordar que durante ese mismo viaje fue interrogado en Roma por una afirmación olorosa a herejía: Montaigne había escrito que todo castigo corporal contravenía las enseñanzas piadosas de Jesucristo. Al oponerse a la tortura, es posible que se negase a dejar constancia de las quejas y los aullidos con que lo torturaban sus cálculos renales. Montaigne pensaba, por ejemplo, que brujos y brujas eran enfermos antes que criminales demoniacos. Requerían no las brasas, sino alguna purga para expulsar el humor melancólico que los atormentaba.

El caso es que Montaigne, en busca de cura, no deja testimonio del dolor. Su ausencia de lamentaciones me inquieta. Si dijo al comenzar los Ensayos que escribía para sí mismo (cosa que es difícil creerle a cualquier escritor), con más razón en los diarios, escritura contingente que no fue descubierta sino hasta 1772, pudo haberse permitido al menos alguna blasfemia. Allá él. No lo hizo. En el índice analítico y alfabético de la edición española (1962) de los Ensayos, traducida por Ricardo Sáenz Hayes, no aparece la entrada ENFERMEDAD.

No fue, tampoco, un hipocondriaco. Incluso ensaya contra los “Inconvenientes de simular enfermedades” (II, XXV), donde, tras brindar algunos ejemplos clásicos (Marcial, Apiano), felicita a las madres que reprenden a sus hijos por hacerse los cojos, por jugar a la gallina ciega o fingir el proverbial resfrío para eludir sus obligaciones escolares.

Los grandes hipocondriacos vinieron después, aunque desde luego los bautizaron (puesto que deberían conocerlos) desde los tiempos de Galeno e Hipócrates.

Desde hace algunas semanas circulan en la Ciudad de México los Aforismos de Georg Christoph Lichtenberg (1742-1799) que Juan Villoro prologa y traduce brillantemente para el Fondo de Cultura Económica. Lichtenberg renovó el género aforístico, cuyo título compuso y fue un espíritu científico que entre otras cosas fundó la hipocondría de la Ilustración. He aquí una de sus sentencias inolvidables: “Mi hipocondría es ciertamente la capacidad de extraer en cualquier suceso de la vida, llámase como se llame, la mayor cantidad de veneno en beneficio propio”.

El filosofante alemán, al contrario de Montaigne, parecía divertirse con sus enfermedades y confiesa alegremente haber padecido sólo 17 en un solo día. Lichtenberg, como Voltaire, José Vasconcelos y yo, pensaba que la constipación está en el origen de todos los males.

Después vinieron los hipocondriacos románticos. ¡Dios nos libre de ellos! Todavía Chateaubriand mantuvo la calma cuando un médico le dijo —en su famélico exilio monárquico en Londres— que su mala salud no lo llevaría muy lejos. Estaba acostumbrado. El vizconde nació casi asfixiado, gris como una rata y la devoción a la virgen a la que lo encomendaron, si no lo salvó de la enfermedad, al menos lo previno contra las tentaciones regicidas de su generación.

Lo peor vino después. Las irritantes quejas de Musset o Von Kleist los decidieron a prescribirse a una solución a veces mortal, como el suicidio, cuando no fue la sífilis la que los mató. Cuando uno recuerda a la Dama de las Camelias escupiendo sangre para que los poetas la convirtieran en tinta, extrañamos la paciencia de caballero con la que Montaigne anotaba sus evacuaciones.


   
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Christopher Domínguez Michael

Nació en la Ciudad de México el 21 de junio de 1962. Crítico literario, ensayista, historiador de la cultura y novelista. Estudió Sociología en la UAM–X. Se inició en el periodismo cultural a los 18 años,...


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