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NUEVA ÉPOCA NÚM. 145 MARZO 2016 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Una puesta en escena llamada David Bowie


Pablo Espinosa
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 145| Marzo 2016| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Espinosa, Pablo , "Una puesta en escena llamada David Bowie" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Marzo 2016, No. 145 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=799&art=17116&sec=Columnistas > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Es la noche del domingo 10 de enero de 2016. En su lecho de muerte, David Bowie recobra su nombre: David Robert Jones, y todos los momentos de los 69 años de su vida le pasan por la mente como una película en el instante en que agoniza.

Está parado en medio de un túnel de luz. Atrás de él van quedando los seres vivos que ama. Delante de él los seres muertos que amó y vienen por él. Experimenta una sensación de paz que nunca antes había percibido.

En poco tiempo la noticia de su muerte causará conmoción en el mundo. Aventuro lo siguiente:

Con Bob Dylan, es el más grande creador de la cultura rock; la elevó a la condición de las bellas artes.

 

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David Bowie
© Wikicommons

 

Es un fabricante de tesituras. Nadie puede definir su voz. Ni barítono ni tenor ni bajo profundo. El único elemento distinguible es el falsetto, pero aun así queda corto el nombre, pues se trata de una horadación en el espacio que abre portales dimensionales.

La categoría de su obra artística es prometeica. Siempre arriesgó, en busca del vellocino de oro, del santo grial; en la búsqueda tuvo momentos débiles pero cuando encontró, fue glorioso, y volvió a descender el Vesubio para empezar de cero nuevamente a buscar.

Su vida consistió en una incansable búsqueda espiritual. Resultó victorioso.

Desde la serenidad de sus últimos instantes en el plano físico, puede distinguir claramente las voces.

Y es entonces cuando las escenas de su vida se desgranan:

Está en el consultorio médico. Ocurrió hace apenas año y medio:

—Tienes cáncer en el hígado y poco tiempo de vida —le dice escuetamente el médico.

Ahora está en un bar. Horas después de salir del consultorio:

—Jóvenes, me gusta el tipo de jazz tan libre que practican, los invito a ser los músicos de mi nuevo disco —dice a los integrantes del conjunto que toca en el bar.

Y se recluye, con su eterno escudero, el músico y productor Tony Visconti, a grabar su último disco, que llena de mensajes cifrados. Todo un tratado de ocultismo, seguidor obsesionado de las ideas oscuras de Aleister Crowley, el creador de una corriente de ocultismo que le convidó Jimmy Page a Bowie. Page inclusive compró la casa donde vivió Crowley en el lago Ness. Page y Bowie se convirtieron en devotos extremos de la doctrina Crowley.

Su respiración es lo único que se escucha en la habitación. Su mujer, Iman, y sus hijos Duncan y Alexandria lo acompañan.

En su mente sigue pasando la película de los momentos de su vida, como flashes preñados de gran luminosidad:

Está en su estudio. Está solo.

En su lecho de agonía ve claramente el momento en que decidió preparar en su estudio el montaje de su despedida. Hizo anotaciones en una libreta que enseguida destruyó: la puesta en escena de su muerte. Enfermo terminal, quiere una muerte asistida. Todo lo prepara con cronómetro. Decide que el día de su cumpleaños, el 8 de enero —fecha ritual para él— salga a la venta de manera sorpresiva su disco Blackstar, que solamente él sabe que es póstumo. Decide que en él dejará mensajes cifrados. Decide que su muerte será su última representación teatral. Decide que será la del domingo su última noche y por eso en una de las canciones del disco canta: “where the fuck did Monday go?”. No habrá más lunes para él. Y de todo eso explotará, como lo hizo durante su vida, todo su potencial dramatúrgico, un sentido sublime de lo teatral.

En una etapa intermedia del desprendimiento de su cuerpo, se puede ver a sí mismo caminando por las calles de Manhattan, incógnito con gorra y gafas y bermudas y tenis y audífonos, camino a la librería que está a unas cuantas calles, lector devoto.

Ahora la escena es con Bob Dylan, a quien admira. Deposita un acetato, su disco más reciente, en el tocadiscos para que Robert Zimmerman lo escuche y le dé su opinión. La indiferencia, la no respuesta de Dylan lo pondrá muy triste. El resultado consiste en un siguiente disco, diferente al anterior y mejor todavía. La experimentación ardua otorga nuevos frutos.

En la siguiente escena está con Mick Jagger. Se detestan. La rivalidad es frontal. Con Dylan es admiración de un lado y desdén del otro. Con Jagger es el puro celo. En la actividad sexual insaciable de Bowie se enlistan las novias de Jagger, incluyendo a su ex pareja, Bianca Jagger. Se muestran en público.

En la habitación del moribundo reina la calma. Iman, su esposa, lo toma de la mano. Él cierra los ojos y la película de todos los instantes de su vida continúa:

Está sentado frente a Iman Mohamed Abdulmajid, top model nacida en Somalia en 1955, originalmente llamada Zahara pero su abuelo la bautizó como Iman y es la única somalí que lleva nombre de hombre, habla cinco idiomas, es una mujer de negocios, entre ellos la fabricación de cosméticos para mujeres negras, pues nadie en el mercado las había tomado en cuenta. Es una mujer sabia, generosa, autónoma.

Bowie sentado frente a ella le declara su amor, en un testimonio que recoge su biógrafa Wendy Leigh: “eres la mujer de mi vida, tú me atas a la tierra, eres mi ancla. Antes vivía necesitado de atención de los demás, busqué que las masas me adoraran porque no tenía la capacidad de sostener una relación de uno a uno, como ahora contigo. Antes de ti en mi vida no existía más que el trabajo. Ahora no necesito máscaras ni fabricarme personajes. No tienes nada qué enseñarme porque lo he vivido todo. Eres mi cable a tierra, la única mujer que amo”.

El moribundo sonríe. La película que pasa por su mente ubica una escena en Bali, un lugar paradisíaco donde vivió su luna de miel con Iman, siete semanas, las mejores de su vida, y desde entonces no necesita máscaras y lleva más de dos décadas sin probar drogas, esa máscara ritual.

En la película que pasa por su mente se ve a sí mismo como el padre amoroso que fue los últimos 15 años de su vida, consagrado a su hija Zahara Alexandria y a su hijo Duncan Jones, cineasta reconocido.

Ahora la escena ocurre en la oficina de un notario. Firma su testamento. Dispone que cuando muera sus restos mortales sean trasladados a Bali, donde conoció la felicidad, y allí sean incinerados y sus cenizas esparcidas en una ceremonia budista. De no resultar práctico lo anterior, se añade en el testamento, “que mis restos mortales sean incinerados en New Jersey y mis cenizas esparcidas en Bali en una ceremonia budista”.

En la habitación del moribundo reina la calma.

En su mente se ve a sí mismo leyendo. Lector devoto desde niño.

Jack Kerouac lo introduce al budismo. Como buen autodidacta, el jovencito Bowie busca libros de budismo. Conoce a un monje tibetano y está a punto de raparse e ingresar a un monasterio cuando aparece Lindsay Kemp, alumno de Marcel Marceau y fundador de un movimiento teatral distinguido por la magia de lo onírico.

Kemp lo convence de que no necesita raparse para compartir sus dones con la gente. En realidad quiere conservarlo para sí. “Apenas puedo creer que una drag queen calva como yo tenga un novio tan bonito”, se solaza.

En la película que pasa por su mente se ve a sí mismo fascinado por lo que Jimmy Page, el guitarrista de Led Zeppelin, le platica. Page introduce a Bowie, que está en búsqueda espiritual permanente, al oscuro mundo de Edward Alexander Crowley, mejor conocido como Aleister Crowley y apodado Frater Perdurabo y The Great Beast 666, constructor de una corriente que practica el ocultismo.

Aleister Crowley era bisexual y organizaba orgías con fines rituales. Aseguraba que cada vez que tenía un orgasmo entablaba comunicación con ángeles y demonios. David Bowie —se ve a sí mismo en la película que pasa por su mente en el momento en que agoniza— se convierte no solamente en un experto en Crowley, sino en un practicante asiduo.

La vida sexual inagotable de David Bowie se explica porque perseguía fines espirituales y sus numerosos coitos diarios obedecían a fines rituales. Siempre prefirió a las mujeres, pero dejó fluir su lado homosexual siguiendo las “enseñanzas” de su maestro Crowley. Más tarde, Bowie se arrepentiría de haber declarado que era bisexual.

Lo mismo hizo con las drogas. Su periodo de “dieta blanca” (cocaína y leche) fue una peligrosa práctica ritual que se manifestó en una de sus obras maestras, Station to Station, un disco poblado completamente con mensajes ocultistas, como lo haría con su álbum póstumo, Blackstar, donde cierra el círculo de su vida explicando su tránsito a la muerte, que en realidad es una transfiguración.

Station to Station y Blackstar: blanco y negro. Los extremos que se tocan, hasta hacer nacer —como en el célebre poema de Nerval— el negro sol de la melancolía, como señala el poeta Alberto Blanco.

Blackstar, el título del disco, es en términos del ocultismo un Sol de Medianoche, una Estrella Negra que representa el máximo nivel de espiritualidad que puede lograr un iniciado. Así como Major Tom quedó perdido en el espacio, Ziggy Stardust cayó a la Tierra y el Delgado Duque Níveo consumió montañas de droga, sus alter ego anteriores, ahora Bowie se convirtió en una Blackstar, una deidad, según la doctrina Crowley.

En la habitación del que agoniza reina el silencio.

David Bowie sonríe. En la película que hace desfilar los momentos de su vida se ve a sí mismo sonriendo, satisfecho del grado de control que ha logrado en el uso de las masas y de la propaganda. Se ha convertido en un demiurgo al mismo tiempo que un dramaturgo. Sabe poner en escena su vida. Sus personajes son innumerables e incluyen al Bowie fanático del ocultismo, que se arriesga moviendo cosas oscuras pero al mismo tiempo utiliza protecciones rituales y acciones en la vida real como guardar su orina en el refrigerador, sus uñas y su pelo cuando se rasuraba, para que nadie osara actuar en su contra, de acuerdo con los preceptos de Aleister Crowley. Vemos también al Bowie supuestamente admirador de los nazis.

En realidad —en la película que pasa por su mente aparece otro personaje—, dice su guitarrista, Carlos Alomar, “David Bowie es un seudo-intelectual que lee demasiado y se cree todo lo que lee y últimamente ha estado leyendo mucha basura”; lo dice en referencia a la pila de libros de ocultismo que yacen junto a David Bowie, que duerme.

En realidad, dice su asistente Coco Schwab, su fiel escudera, lo que atraía a David de los nazis no era su ideología, sino la manera de utilizar la propaganda para crear mitos y manipular a las masas. David se asombraba de cómo se adueñaron de símbolos benignos, como el de la eternidad en el budismo, para invertirlo y convertirlo en la suástica, del lado oscuro.

En la habitación del moribundo reina la calma. Como en el filme Gritos y susurros, del director de teatro Ingmar Bergman.

La película que pasa por la mente de quien agoniza transcurre ahora en Berlín, donde David Bowie acudió en busca de cura para su adicción a la cocaína. Y dice lo siguiente: “oh ironía, Berlín es un lugar lleno de bares para que los tristes nos emborrachemos a diario”. El infierno del alcohol resulta más dañino que el de la cocaína. Hubo de suspender muchos conciertos durante ese periodo. Y escenificar escenas penosas en sus conciertos. Quedarse dormido en el escenario, olvidar la letra de las canciones y jugar mucho, como cuando imitaba a Jim Morrison dejándose caer para fingirse muerto. Tan extraordinario actor fue David Bowie que en muchas ocasiones su asistente, la heroína Coco, tuvo que subir al escenario para ponerle un espejo frente a la nariz y hacer realidad la esperanza de que todavía respirara.

En la película que pasa por su mente desfilan ahora todos aquellos momentos en que externaba su certeza de que su aura provenía de otro lugar. Que en una vida anterior fue un chamán, un dignatario espiritual, un ser en búsqueda, y su actual encarnación consistía en la cumplimentación de esas tareas. Eso, pensaba, explicaba que las dosis descomunales de cocaína que consumía, capaces de matar a un caballo, no le hicieran tal efecto y pudiera estar despierto cuatro, cinco días y tomar solamente leche y cocaína, vestir de blanco y hacerse llamar el Delgado Duque Níveo, una de sus máscaras, y no acabar como el personaje de Marcel Marceau en su obra El fabricante de máscaras, a quien se le quedó atorada la máscara de la alegría y se asfixió y murió.

En la película que pasa por su mente aparece él en el quirófano. Le colocan marcapasos. Flashback: durante un concierto en Praga y luego otro en un pueblo de Alemania, el dolor en el pecho lo obliga a parar. El médico le dice que tuvo un infarto durante el concierto. Habrá de sobrevivir a otros seis infartos en los años siguientes.

La respiración del moribundo se vuelve lenta. En la habitación donde agoniza empieza a brillar una intensa luz blanca y apacible.

En la película que pasa por su mente continúa el desfile de los momentos de su vida.

La escena ocurre ahora en Alemania, donde David Bowie produce su trilogía de Berlín, definitiva: Low, Heroes y Lodger. Su asociación con Brian Eno produce uno de sus momentos de maestría musical. Es la puerta abierta a sus futuras incursiones orquestales, a su perenne experimentación con frutos exquisitos. Producto también de sus lecturas. En ese momento su fascinación es Baudelaire.

Nuevamente aparecen voces en su mente: “su pieza Warzawa es una obra maestra: moderna y al mismo tiempo emparentada con la música clásica. Los movimientos lentos, hipnóticos en sus ritmos, entablan reminiscencias con la Sinfonía Once de Shostakovich. Suenan también sonidos subterráneos que conectan con el jazz clandestino de Berlín. Se notan las influencias de Jack Kerouac, John Coltrane y Charlie Parker”.

La respiración del moribundo baja aún más su ritmo. La luz blanca inunda la estancia.

En la película que pasa por su mente continúa el desfile de los momentos de su existencia. Se suceden flashes de todas sus aventuras sexuales, superiores a las de Don Giovanni y Casanova juntos y las comedias de enredos que fabricaba cuando sostenía relaciones con varias personas en el mismo día o consecutivamente y cómo les rompía el corazón, como cuando cohabitó con Lindsay Kemp y unos minutos después con su hermosa vestuarista, en la habitación de junto, con enjundia tal que los jadeos despertaron a Kemp, y este intentó cortarse las venas mientras ella se zambutía un frasco completo de aspirinas.

Su respiración es ahora apenas perceptible. La luz blanca crece.

En la película que pasa por su mente continúa el desfile de los momentos de su existencia.

Es la primavera de 1961. Está en el jardín de la casa de su mejor amigo, George Underwood, con quien formaría sus primeros grupos musicales. Tiene 14 años de edad y está enamorado de Carol, a quien su amigo también pretende. Cuando George descubre las maniobras de David para quedarse con la chica, enfurece y le suelta un puñetazo que deja paralizada para siempre la pupila izquierda de David, dando la apariencia de que ese ojo tiene un color diferente al derecho.

Su respiración es apenas un pabilo que se apaga. La luz blanca en cambio crece.

En la película que pasa por su mente se ve a sí mismo bebé, de tres años, sorprendido por su madre: tomó el maquillaje materno para embadurnarse los labios de rojo, las mejillas color rosa y los ojos delineados.

Su respiración está a punto de cesar. La luz blanca es una hoguera.

En la película que pasa por su mente sucede el momento en que llegó al mundo. La partera que asiste grita, al ver salir al bebé, que nace con los ojos abiertos: “¡Este ser que todo lo sabe! ¡Este ser que ya ha estado aquí muchas veces, en la Tierra!”.

El moribundo sonríe. Su respiración es un silbido que se aleja en lontananza. La luz blanca lo envuelve. Las líneas de su rostro enmarcan un hálito increíble de belleza. Parece flotar.

Y en ese momento expira.


   
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Pablo Espinosa

Nació en Córdoba, Veracruz, en 1956. Periodista cultural. Fue subjefe de prensa del INBA (1980-1982). Colaboró en El Fígaro, Cineguía, entre otras publicaciones. Ha sido reportero de las secciones...


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