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NUEVA ÉPOCA NÚM. 145 MARZO 2016 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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La espuma de los días
El hombre que escribía CHORI en las aceras de La Habana


José de la Colina
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 145| Marzo 2016| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

de la Colina, José , "La espuma de los días. El hombre que escribía CHORI en las aceras de La Habana" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Marzo 2016, No. 145 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=799&art=17117&sec=Columnistas > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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La imagen, surgida imprecisa del desorden o acaso secreto orden de Internet, me ha hecho evocar a La Habana de cuando allí viví durante los años 1962-1964. Y a la vez la imagen ha revivido al CHORI.

Trataré de narrar esos recuerdos tan distantes en años:

En una madrugada de diciembre y desde un balcón del doceavo piso del hotel Habana Libre (ex Habana Hilton), percibí a un viejo negro, algo gordo y de crespo pelo blanco, con guayabera y pantalón y zapatos albísimos, que, caminando por una acera de la avenida La Rampa, de trecho en trecho se inclinaba al suelo y allí, en las aceras, con tiza blanca y letras mayúsculas, trazaba una y otra vez la palabra CHORI.

 

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© Cortesía del autor

 

¿CHORI era una palabra mágica, el amuleto verbal de algún rito afrocubano o de alguna ceremonia mágica?

Poco después, ya en 1963, habría yo de saber por Rine Leal y Fausto Canel que CHORI —reducción y ampliación de choricero a dos sílabas mayúsculas— era el sobrenombre del capitán de una famosa banda musical, un virtuoso de la batería, quien, con tambores y platillos, y hasta botellas y latas, despachaba gozosos danzones o sones o rumbas o piezas de jazz en un bar o cabaret junto a los muelles habaneros.

Acompaña ese recuerdo la mucha frecuencia con la que, en nuestras charlas, Rine Leal y Fausto Canel evocaban a un tal Guillemmo a propósito de la literatura, del cine, de la música, de los años prerrevolucionarios… y de cualquier asunto. Guillemmo era Guillermo Cabrera Infante, de quien yo conocía ya su primer libro de cuentos y sus sabrosas crónicas de cine publicadas en las revistas Bohemia y Revolución.

Guillemmo se me hizo amigo frecuente, pero era un personaje digamos virtual, al que no pude conocer “en persona” durante mi estadía de dos años en La Habana. Ya algo después de su excelente primer libro de cuentos era él uno de los escritores políticamente incómodos de Cuba; ya se había ido al exilio en Europa, después de que Fidel Castro emitió la receta escalofriante (inspirada en el método conocido como el lecho de Procusto) de “Con la Revolución Todo, Contra la Revolución Nada”, es decir que si no te formabas en la línea de los apparatchiks, de los achichincles o, siquiera, de los compañeros de ruta, eras un forzado candidato al encierro, o al destierro o al entierro.

Mi amistad con el deshabanizado Cabrera Infante empezó en la lectura de sus libros y continuó con dos encuentros personales ya en los años ochenta: uno en Barcelona, en ocasión de un festival de cine, otro en Valencia en la conmemoración del 50 aniversario del Congreso por la Libertad de la Cultura del año 37, más una ocasión de sólo voces, cuando los de la revista Vuelta presentamos su libro Mea Cuba en México, y en la mesa redonda se le telefoneó desde México a su domicilio londinense.

En una noche reciente volví a La Habana en un sueño. Allí el viejo músico negro de los bares portuarios seguía, sin fin, escribiendo su nom d’art en las aceras de La Rampa. Al despertar fui a uno de mis frecuentados libros de Cabrera Infante en busca del músico, y releí algunos de los pasajes por mí más gustados, pero... no hallé a CHORI en las ojeadas páginas. ¿Cómo era posible? ¿Qué truco de Hypnos (que quizá también, bajo otro nombre, era santo rumbero) lo habría exiliado del libro? Y sólo después de posarme un dedo en la frente y luego otro y otro más, hasta los cinco (como recomendaba Alfred Jarry para aumentar las facultades de la mente), he recapacitado y me he dicho que, sí: el CHORI está en todo lo escrito por Cabrera Infante, aunque a veces sea entre líneas, y estará tan presente como en las noches de la isla de la cual Guillemmo dice en Vista del amanecer en el trópico:

“Ahí está la isla, surgiendo de entre el océano y el golfo […] y ahí estará, como dijo alguien, esa triste, infeliz y larga isla, y estará después del último indio y después del último africano y después del último americano y después del último de los cubanos, sobreviviendo a todos los naufragios y eternamente bañada por la corriente del golfo: bella y verde, imperecedera, eterna”.

Y también allí estará el viejo negro que desde mil y un amaneceres habaneros sigue trazando en las aceras su otro nombre mágico:

CHORI CHORI CHORI...


   
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José de la Colina

Nació en Santander, España, el 29 de marzo de 1934. Ensayista, narrador y periodista cultural. Tras el término de la guerra civil pasó con su familia a Francia, Bélgica, Santo Domingo, Cuba y finalmente a...


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