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NUEVA ÉPOCA NÚM. 149 JULIO 2016 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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A veces prosa
Joaquín Xirau Icaza y Miguel Maldonado


Adolfo Castañón
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 149| Julio 2016| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Castañón, Adolfo , "A veces prosa. Joaquín Xirau Icaza y Miguel Maldonado" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Julio 2016, No. 149 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=803&art=17296&sec=Columnistas > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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El trabajo es la oración de los esclavos, la oración es el trabajo de los hombres libres. Estas palabras del poeta católico Charles Péguy vienen a mi mente al ensayar un saludo para El libro de los oficios tristes, de Miguel Maldonado, ganador del Premio de Poesía Joaquín Xirau Icaza 2016 (los ganadores anteriores fueron Paula Abramo, Ricardo Cázares y Armando Salgado). El libro fue elegido entre 37 trabajos presentados. La aparente austeridad de su fraseo contrasta con la riqueza de su imaginación e invención poéticas. Atrás de cada uno de los poemas que articulan este hermoso libro se despliega una idea de la ciudad y del trabajo y, desde luego, del arte y de los oficios, a veces tristes, a veces risueños que acompañan como una sombra a la condición humana. La fragilidad de la condición humana tal y como se vive y desvive desde estos confines de la América mexicana queda limpiamente expuesta, tocada, en el triple sentido de alcanzada, interpretada y pulsada o herida que comporta esta voz.

Este álbum de estampas y viñetas tiene y tiende puentes hacia el pasado y la tradición, pero también se abre al aliento hacia el presente porvenir. No es gratuito que el autor sea a la vez poeta e investigador en el terreno de las teorías de la cultura y la ciencia política; esta doble condición lo haría parecer como predestinado a recibir el galardón del joven poeta e investigador llamado Joaquín Xirau Icaza, nacido en México en 1950 y muerto en Boston en mayo de 1976, cuya vocación poética sabía convivir con la investigación en economía y en ciencias sociales, hijo y nieto, descendiente por el lado paterno tanto como materno de un ilustre linaje intelectual y poético. Joaquín Xirau Icaza pertenece por otro lado a esa estirpe trágica que podría llamarse de los “arrancados”. Se inscribe en ese paisaje de los muy jóvenes a quienes los dioses, oh Píndaro, mostraron su preferencia llevándoselos pronto, como pueden ser Hugo Margáin Charles —discípulo de Ramón Xirau—, la poeta Amelia Vértiz o Jordi García Bergua, el novelista y poeta hijo de Emilio García Riera, o el poeta Álvaro Quijano. Leyendo con atención la hoja de vida de Joaquín Xirau Icaza veo que además de su obra poética propiamente dicha, dirigió una película amateur inspirada en “El cuervo” de Edgar Allan Poe. La sombra del ala del cuervo guió lo pasos de Joaquín Xirau Icaza, como los de Miguel Maldonado, autor, por cierto, de un Bestiario (Aldus, México, 2015) en el cual también está presente el cuervo.

 

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No sé si fue tan sencillo elegir El libro de los oficios tristes entre los más de 30 libros o proyectos de libro presentados... Sé, en todo caso, que quizás uno de los poemas que faltarían en este libro, a la par tan limpio y tan sobrio, es el dedicado a ese oficio necesario, aunque no siempre reconocido, que es el de lector o de jurado o conjurado de un certamen literario. Algo tiene este oficio del que practicaba Bartleby, el escribiente, de Herman Melville, tan admirado por Jorge Luis Borges. Empero, no llega a ser comparable a la figura del verdugo examinada por Joseph de Maistre en Las veladas de San Petersburgo. Los oficios retratados por Maldonado tienen algo de melancólico, los recorre cierto spleen, ciertos aires pudorosos y casi se diría risueños; pero parecerían sobre todo como sacados de un libro de historia natural al estilo de los de Fabre, donde la calidad humana es sopesada con la leve balanza del que quiere calibrar el peso de un ala de mariposa… Levedad. También gravedad. En estas estampas se escribe el lado de la muerte desde la otra orilla viva.

Esto me lleva a expresar que Miguel Maldonado fue el único concursante que llegó al concurso dos veces, una con este libro admirable, y otra con un Bestiario de poemas en prosa que destacaba inmediatamente por la alta factura tipográfica y editorial, además de su calidad. Entre uno y otro libro, el jurado se decantó por esta gesta de los artesanos de lo invisible e inmaterial. Esta poesía de la pobreza, este cualunquismo o cualquierismo, para echar mano de la voz italiana acuñada después de la guerra (1948), convenció a los conjurados, alguno de los cuales tuvo que desdoblarse para animar el juego. Uno de ellos llegó a la sesión cargando todos los manuscritos y junto con ellos un grueso volumen sobre la poesía mexicana contemporánea para orientar los debates. El otro caló perfiles y semblanzas en la Red, ambos leyeron y releyeron en voz alta los poemas de los finalistas y, como si obedecieran un encantamiento, volvían a recaer en la llaneza cantarina de Miguel Maldonado, en quien resuena, aunque él no lo sepa o no lo haya previsto, algo de los poemas de Joaquín Xirau Icaza. Por ejemplo, cito dos poemas de la serie “Juegos”, dedicada a Ana María Xirau Icaza:

“Juego”
Cuando la muerte anochece
con manto de tierra blanca
y trigo de luna llena
la niña la juega y ríe,
la niña la ríe y sueña.

Del libro Poemas de Joaquín Xirau, Octavio Paz hizo una “Presentación” memorable. Memorable por lo que dice de la muerte, de la muerte joven y de la amistad. Vale la pena rescatar este texto sobre todo porque no se encuentra incluido en sus Obras completas.

Un mundo de hombres eternos —quiero decir: de hombres como nosotros, con nuestros vicios e imperfecciones— sería un lugar de abominaciones, peor que el peor de los infiernos imaginados por las religiones y las mitologías. La noción de eternidad reposa en las ideas de perfección y justicia, orden y necesidad. Conceder la inmortalidad a los hombres, tales cuales somos, sería hacer del accidente el eje de la necesidad y del azar el sustento del orden; sería corromper a la perfección, pervertir a la justicia. La muerte es necesaria pero los hombres no podemos aceptar su necesidad. La tolerancia cuando el que se muere es un viejo: ya hizo lo que tenía que hacer y ya vivió sus años —siempre pocos frente a los no vividos—. También la excusamos en el caso de los niños: es terrible no haber vivido pero, ¿no lo es más vivir? Aunque el niño que muere conoce ya el horror —el verde paraíso de la infancia está lleno de frutos ponzoñosos— no conoce el mayor de todos, ese que trae consigo el trato con nuestros semejantes y con nosotros mismos. En fin, cualquiera que sea la edad del muerto, la muerte nos duele como algo que los hombres no merecen y morir joven nos parece la injusticia mayor en este mundo injusto. Por eso no me resigno ante la muerte de mi joven amigo Joaquín Xirau Icaza. Ni yo ni nadie que lo haya conocido.
La muerte de un joven nos golpea como una sentencia injusta: ¿qué decir entonces de la muerte de un poeta joven? No obstante, aunque parezca escandaloso lo que voy a decir, en la muerte del poeta joven hay algo que, si no nos consuela, al menos nos mueve a la reflexión y aun a la aceptación. No pretendo atenuar la sensación de quebrantamiento de la equidad universal que nos da la muerte juvenil pero, ¿cómo no recordar que, según Baudelaire, el poeta se distingue por tener experiencias innatas?Con esto quiso decir, sin dudad, que el poeta vive tanto con la imaginación como con los sentidos y la razón. El poeta no necesita haber vivido para sentir y saber, aunque sea fugaz y oscuramente, qué es la vida. Yo diría más: como todos los hombres, aunque tal vez con mayor intensidad y lucidez que la mayoría entre ellos, el poeta vive la terrible y maravillosa vivacidad del tiempo interior: la del minuto que se demora o se precipita, se colorea o se vuelve diáfano, resucita del pasado o se queda, por un instante que parece interminable, suspendido entre dos ahoras. El poeta, sobre todo el joven poeta, tiene la experiencia del tiempo y sabe que dentro del tiempo que corre y no se repite nunca hay otro tiempo inmóvil y que no transcurre —o que, si transcurre, regresa, se reitera y permanece—. El sabor, más que el saber, de la eternidad. No más allá del tiempo sino en el tiempo mismo.

Quisiera pensar que las frases anteriores fueron dichas al oído de su amigo Ramón Xirau y de su esposa cuando de nuevo el poeta se enteró de la muerte prematura del joven Joaquín. Estas lúcidas palabras de Paz le permiten al lector volver a El libro de los oficios tristes de Miguel Maldonado.

A través de la cerradura de los oficios, el poeta espía a la marea humana. Tiene algo de mirón o de voyeur teológico o de auditor angélico. Véase un ejemplo:

“El globero”

Quienes crecen
en la casa del globero
huelen siempre a gas butano
Saben cuántos globos
hacen volar un lapicero

Se les prohíbe
jugar cerca de los tanques
y tienen los pulmones sanos
de tanto andar inflando

No hay un cuarto para globos
están regados por la casa

El hilo que les cuelga
se atora en los aretes
se enreda en las manijas
encochina los guisados

Los globos
no caben en un auto
el globero
se los lleva caminando
También como nosotros
ha soñado que los globos
lo llevan volando.

En apariencia, no hay en esta propuesta impulsos épicos, patetismos elegiacos, dos de pecho o elevaciones postizas. Con llaneza colindante con el poema en prosa, oh Baudelaire, este paseante que recorre el mundo desde los subterráneos no se abisma en las catacumbas. Se queda en esa orilla riesgosa que está al filo del agua —para citar a Agustín Yáñez, uno de los inspiradores encubiertos de este archipiélago de soledades ubicuas—, ese filo desde donde es posible siempre la caída, el resbalón. No es extraño que el reparto de esta gente pequeña, petites-gens, se ubique a ras de tierra... que sea gente descalza o  pobremente calzada. Pobre gente del país, tan menuda y tan pobre que está antes de las clases o sobrevive entre las clases. Ahí vuelve a aparecer este notario de los que nada tienen que sabe dar voz a los que no la han tenido. Por momentos hace pensar en Max Jacob, por momentos en Ramón López Velarde.

El libro de los oficios tristes hace pensar no en un poeta joven —aunque es indudable el aliento fresco que trae a la poesía mexicana en sus páginas— sino en una obra de madurez. No parece en verdad un juego; tampoco, un testamento. En sus páginas se dibuja la bitácora de un paseante curioso y desdeñoso al estilo de Walter Benjamin, que transita en la ciudad desde el otro lado del espejo. No se sabe si es Miguel Maldonado o su sombra hecha de sombras.

 

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Palabras leídas en la ceremonia de entrega del Premio de Poesía Joaquín Xirau Icaza 2016, otorgado a Miguel Maldonado por el trabajo titulado El libro de los oficios tristes (Ediciones Monte Carmelo, Villahermosa, 2015), el martes 24 de mayo de 2016 en el Auditorio Alfonso Reyes de El Colegio de México. El otro jurado del premio fue Juan Villoro.


   
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Adolfo Castañón

Nació en la Ciudad de México el 8 de agosto de 1952. Narrador, ensayista y poeta. Estudió en la FFyL de la UNAM. Ha sido gerente editorial y director de la Unidad Editorial del Fondo de Cultura Económica;...


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