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NUEVA ÉPOCA NÚM. 151 SEPTIEMBRE 2016 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Ignacio Padilla, in memoriam


Rosa Beltrán
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 151| Septiembre 2016| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Beltrán, Rosa , "Ignacio Padilla, in memoriam" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Septiembre 2016, No. 151 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=805&art=17357&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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El día 20 de agosto falleció en un accidente de automóvil el escritor mexicano Ignacio Padilla. Integrante de la generación del Crack y uno de los más jóvenes miembros de la Academia Mexicana de la Lengua, el cuentista, novelista y ensayista de 47 años ha dejado una obra prolífica y ambiciosa, de numerosos perfiles temáticos y muestra de una voracidad intelectual y disciplina literaria absolutas.

 

Para Jorge, Pedro Ángel y Eloy
Y para Ix y Rocío

 

Lo conocí porque fuimos becarios del Fonca junto con Ana García Bergua, Luis Ignacio Helguera y Adriana Díaz Enciso y empezamos a escribir novelas al mismo tiempo. Nuestra tutora era Silvia Molina, quien se tomó el trabajo tan en serio que nos hizo leer nuestras “obras” completas durante cuatro días, mientras los becarios de otras disciplinas, luego de trabajar de mañana, se iban por las tardes a beber café a Los Portales, al Fuerte de San Juan de Ulúa o a las cantinas, esas capillas sagradas en las que compartían sus hallazgos y se inspiraban. Regresaban felices a contarnos que se habían dado toques en la plaza. Toques de los eléctricos, los del cajón, con cables y tubos de metal. Tantas horas pasábamos leyendo en voz alta que una noche, al volver los de dramaturgia, David Olguín dijo, señalándonos: “Y cuando despertó, el becario todavía estaba allí”.

 

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Ignacio Padilla, 2009
© Rogelio Cuéllar

 

Pese a los rigores, de aquella experiencia nos quedó a los cinco la alegría de haber publicado nuestro trabajo y una amistad a prueba de fuego. Helguera publicó El cara de niño y otros cuentos, Adriana Pronunciación del deseo, Ana El Umbral, yo La corte de los ilusos y Nacho La catedral sumergida bajo el título La catedral de los ahogados, que ganó el Premio Juan Rulfo para Primera Novela. De los cuatro, Nacho era el más devoto: tenía devoción a García Márquez, a las estructuras complejas, a escribir pronto y mucho, a madrugar. Era devoto católico también. El domingo, cuando terminó el taller, nos invitó a ir a misa con Roberto Ransom. Ana y yo declinamos, pero nos dio mucho gusto oírlo defender sus razones para cumplir con este rito cuando volvió, transfigurado, una hora más tarde. Tras los abusos de Marcial Maciel le pregunté si aún creía en la Iglesia católica. Me dijo que había cambiado de fe. ¿Y qué eres ahora?, le dije. Con la misma convicción con que antes se definía como religioso me contestó: Soy un apóstata.

De muchos modos, sus convicciones férreas convivían con la más alegre disposición. Creía en Dios, en las cofradías, en los viajes como experiencia epifánica. Creía en la presencia de ánimo. Hablaba con el mismo gusto de los grandes viajeros que de sus propios viajes, y hacía literatura con las experiencias vividas en países distantes, como sus Crónicas africanas sobre los dos años de preparatoria en Suazilandia, lo mismo que en excursiones planeadas para ser escritas y metidas en un libro, como su viaje a la isla de las muñecas, en Xochimilco. Nacho no sólo era el más devoto sino también el más precoz: ganó el Premio Primavera por Amphitryon, a sus 32 años, y fue traducido a varias lenguas y publicado fuera del país muy pronto.

De los muchos libros que publicó, la mayoría obtuvo algún premio: La catedral de los ahogados (Serie, 1995; Premio Juan Rulfo para Primera Novela 1994), Amphitryon (Espasa-Calpe, 2000; Premio Primavera de Novela), La gruta del Toscano (Alfaguara, 2006; Premio Mazatlán de Literatura 2007), El daño no es de ayer (Norma, 2011; Premio La Otra Orilla 2011), Subterráneos (Castillo, 1990; Premio Nacional de las Juventudes Alfonso Reyes 1989), El año de los gatos amurallados (1994; Premio Kalpa de Ciencia Ficción 1994), Las antípodas y el siglo (Espasa-Calpe, 2001; Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 1999), Las tormentas del mar embotellado (Artemisa-Planeta, 1997; Premio Juan de la Cabada 1994), El dorado esquivo: espejismo mexicano de Paul Bowles (1994; Premio de Ensayo Literario Malcolm Lowry 1994), La vida íntima de los encendedores: Animismo en la sociedad ultramoderna (Páginas de Espuma, 2009; Premio Málaga de Ensayo 2008), Arte y olvido del terremoto (Almadía, 2010; Premio Luis Cardoza y Aragón para Crítica de Artes Plásticas 2009), La isla de las tribus perdidas (Debate, 2010; Premio Iberoamericano Debate-Casa de América 2010).

Tanto le gustaban los premios que Anel Pérez e Itzel Rodríguez, amigas suyas de la adolescencia con quienes compartió un taller, recuerdan que en un certamen de la preparatoria Nacho concursó con tres cuentos con tres distintos seudónimos y ganó el primero, segundo y tercer lugar. Haber ganado tantos premios le granjeó en su país muchas envidias.

En cambio, no obtuvo premio un libro suyo que me parece un gran ensayo: Cervantes y compañía (Tusquets). Acababa de publicarlo. Me lo dio en la Fiesta del Libro y la Rosa el 23 de abril en la UNAM, lugar donde habló de la vitalidad de Cervantes a 400 años de su muerte. Se había vuelto un gran cervantista. Lo obsesionaba Cervantes, en particular el Quijote, pero no sólo eso. En sus novelas y cuentos hay influencias de Persiles, de los monstruos, lo diabólico y las criaturas fantásticas de la literatura medieval y las novelas de caballería. Si volviesen sus majestades, una novela que ponderaba Daniel Sada, es una versión exótica de la búsqueda del Santo Grial pero es también una historia sobre el lenguaje, escrita en español antiguo. Porque Nacho era así: moderno y antiguo. Le encantaba hablar en español plagado de giros de otros tiempos; incluir anacronismos, convivir con criaturas fantásticas, habitar en libros antiguos y reinos dislocados. Con los años —siempre serán pocos en su caso, pero en fin, con los años— renunció a la novela para dedicarse en cuerpo y alma a ser cuentista. Como dice Paola Tinoco, se pasaba la vida tratando de secuestrar novelistas para su causa. En la fil de Guadalajara, él era pieza fundamental en el Encuentro de Cuentistas. Convencido partidario y entusiasta de la colección Sólo cuento, de la Dirección de Literatura de la UNAM, presentaba por enésima vez los tomos, los promovía y él mismo antologó el volumen V. Fue también defensor de la literatura infantil y juvenil y fundador con Laura Guerrero de la revista Lij Ibero, en la Universidad Iberoamericana, donde impartía cursos de literatura. En la UNAM fue también muy activo. Participó en diversas actividades de la Coordinación de Difusión Cultural en casi todos sus recintos.

Era el más joven miembro de la Academia y uno de los más asiduos y participativos. Una de sus secciones favoritas era la de “nuevas palabras”. Aplicado e inquieto esperaba su turno para participar, oprimía el botón del micrófono y proponía, feliz, un vocablo nuevo. No importaba cuántas palabras hubiera recogido de sus viajes por esta ciudad y por otras, cuántas hubiera hallado en alguna revista o periódico, cuántas les hubiera escuchado a sus hijos. Casi siempre traía un as bajo la manga. Me decía “Rose”, no sé por qué, él que tanto defendía el español en la Academia.

No se puede hablar de Nacho Padilla sin hablar del Crack, no sólo por la idea que los amigos tuvieron de hacer un manifiesto y presentarse como grupo, sino porque hay muchos rasgos de la personalidad de sus cofrades que siguen presentes en lo que escriben. Los une el afán de investigar, discutir, pensar el presente desde el marco de la Historia Grande, pero sobre todo comparten la idea de cohesión generacional, de equipo. Aunque desde el punto de vista literario cada uno ha tomado su camino, yo pienso en ellos como en la competencia de relevos de 4x100 de Phelps, donde van pasándose obsesivamente la estafeta. Porque escribir es también y sobre todo mandar una larga carta a tus amigos.

Cuando el sábado temprano Ana García me llamó para decirme que Nacho había muerto, por una milésima de segundo mi mente se refugió pensando en Nacho Helguera. La partida de Luis Ignacio me dolió mucho, pero mi mente pensó que no era tan doloroso que se muriera alguien que ya estaba muerto. Tuvimos que repetir varias veces su nombre y su apellido para entender que también en esto Ignacio Padilla fue precoz. Pero esta vez, su precocidad nos deja una gran tristeza.


   
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Rosa Beltrán

Nació en la ciudad de México el 15 de marzo de 1960. Novelista, cuentista y ensayista. Estudió la Licenciatura de Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM y el Doctorado de Literatura Comparada en la...


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