UNAM
NUEVA ÉPOCA NÚM. 151 SEPTIEMBRE 2016 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
Inicio   >>> Artículos   >>>   Sara Sefchovich

Las enseñanzas de Svetlana


Sara Sefchovich
citar artículo
citar
NUEVA ÉPOCA | NÚM 151| Septiembre 2016| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Sefchovich, Sara , "Las enseñanzas de Svetlana" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Septiembre 2016, No. 151 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=805&art=17360&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

PDF
aumentar letra disminuir letra
1 / 3

Untitled Document

 

Saludada como una revelación por sus nuevos lectores en Occidente, la periodista Svetlana Aleksiévich, nacida en la Ucrania soviética en mayo de 1948, obtuvo el Premio Nobel de Literatura 2015 por una obra cronística que ha recuperado las voces de las víctimas en el mural de las grandes tragedias del pueblo ruso desde la Segunda Guerra Mundial hasta la caída de la vieja URSS.

 

I

Cuando le dieron el Premio Nobel de Literatura a Svetlana Aleksiévich, era prácticamente una desconocida fuera de Rusia.1 Y descubrir su literatura nos fulminó.

Los intelectuales, escritores, reseñistas y periodistas empezaron a hablar de ella y de sus libros, y no hubo suplemento o revista cultural que no la considerara.

Y sin embargo, es evidente que, con todo y que así sucedió, pocos la han leído.

¿Por qué es evidente? Porque lo que hacen es recitar algunos pasajes de su vida y su (breve) lista de libros publicados, principalmente tres: el de las mujeres soldados que combatieron en la Segunda Guerra Mundial, cuya participación desapareció de la historia oficial (La guerra no tiene rostro de mujer); el de los jóvenes soldados que murieron en Afganistán, una guerra de la que no se informó a la población (Los muchachos de zinc), y el de la explosión en la central nuclear de Chernóbil, cuyas consecuencias y secuelas fueron silenciadas (Voces de Chernóbil). Recientemente (porque apenas se lo tradujo después del premio), se ha agregado el libro que se refiere a la caída del socialismo en esa región del mundo (El fin del “Homo sovieticus”).

Pero además es evidente, porque al hablar de los libros, solamente describen su contenido, que consiste en reproducir las voces de personas comunes y corrientes en situaciones de extremo sufrimiento en lo que fue la Unión Soviética y contarnos algo de lo que la propia autora dice cuando explica su obra.

 

imagen
Svetlana Aleksiévich
© Wikicommons

 

Pero ojo: esta no es una acusación. Y no lo es porque la verdad es que resulta imposible leer a Svetlana Aleksiévich. Simple y sencillamente no se puede soportar. Sus libros son ladrillos de muchas páginas, cada una de las cuales da cuenta de las desgracias, de las tragedias, de los dolores y de los horrores, sin ningún momento feliz, ni siquiera medianamente suave. No hay una línea, una página, que no dé “latigazos al cuerpo y al alma”, como dice Marco Antonio Campos de cierta poesía, y que no nos deje “sin hallar refugio en medio de la tempestad incesante”.2

Esto es así porque precisamente es lo que se propuso Aleksiévich: “Tenía que escribir libros que hicieran sentir náuseas al lector, que no permitieran justificar nada”.3

Y vaya que lo logra.

Pero lo logra, al mismo tiempo, con esa paradoja que describe Carlos Pardo, según la cual cuando se va tan lejos en eso de narrar lo indecible, se provoca la anestesia y todo termina volviéndose abstracto.4

La autora lo sabe, pero no quería ni podía hacerlo de otra manera. No solamente por sus propios objetivos, sino porque viene de una tradición que siempre puso al sufrimiento en el centro de la literatura. Este es, en palabras de sus propios escritores, “el alma rusa”.

Allí están para dar fe de esta afirmación Pushkin y Gógol, Tolstói y Dostoievski, Pasternak y Nabókov, Solzhenitzyn y Shólojov, Brodsky y Grossman y tantos y tantos más. Como la poeta Marina Tsvietáieva que escribe de su “miedo a llegar y no encontrar vivo a nadie de su familia”, de sus ires y venires en trenes que recorrían distancias imposibles para buscar “algo de mijo o de manteca”, de los inviernos terribles en la buhardilla de lo que había sido su casa, a la que subía a tientas en la oscuridad porque no había luz eléctrica y los vecinos habían cortado a hachazos la madera de las verandas para calentarse.5

Pero Aleksiévich viene también de otra tradición: la de las grandes sagas que se proponen dar la historia completa, con todos sus personajes y todas las situaciones posibles. Ese es su objetivo y su esfuerzo en cada uno de sus libros.

Y por fin, Aleksiévich viene de una tradición más: la que tiene la voluntad de enseñarnos algo, y este algo es siempre de tipo moral.

Estas son las tradiciones más profundas y acendradas en la poesía, la narrativa, la música y el arte rusos. Y la obra de esta autora se coloca dentro de ellas, con las mismas obsesiones y propósitos, por lo que forma parte inseparable de la gran literatura rusa.

 

II

Por lo que se refiere a su método, Aleksiévich forma parte también de una larga tradición, la de “no escribo, transcribo” que así explica Tsvietáieva: “Taquigrafía de palabras escuchadas y registradas al instante, voces de gente de cualquier clase y cualquier origen, gente que habla en un tren o en una oficina sórdida o en el funeral de alguien que se ha ahorcado, voces que nos llegan como si nosotros las estuviéramos escuchando y también como si sonaran en la conciencia febril de quien no puede dejar de poner oído ni de fijarse en todo”.

Este modo de escribir ella lo lleva sin embargo hasta el extremo, hasta dedicar diez años a preparar un libro porque quiere poner sobre el papel cada inflexión y acento y pausa, y registrarlos exactamente como son, sin su intervención, objetivo por supuesto imposible, pues al transcribir, necesariamente se ordena y organiza, reconstruye, dosifica, se le da forma y consistencia a las palabras recogidas.6 Pero eso no quita que esa sea su voluntad y a eso apunte su esfuerzo, aunque resulte de suyo imposible.

Y es que Aleksiévich se considera a sí misma periodista, es decir, alguien que recoge los testimonios de otros sin inventar ni ficcionar nada, pero precisamente por dicha imposibilidad, hay quienes insisten en considerar novelas a sus libros,7 algo que definitivamente no son.

 

 

1  No así en su país, en donde sus primeros libros fueron prohibidos, pero cuando cayó el socialismo, se vendieron millones de ejemplares. En el resto del mundo, con todo y que recibió importantes premios, era poco conocida. Para nosotros, si bien estuvo en México y había sido traducida y publicada aquí por una editorial nacional, sucedía lo mismo. [Regreso]

2  Marco Antonio Campos, “Odioso caballo: un libro despiadado”, La Jornada Semanal, 3 de julio de 2016. [Regreso]

3  Svetlana Aleksiévich, conferencia en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México, 2003, reproducida en “Confabulario” suplemento de El Universal, 11 de octubre de 2015. [Regreso]

4  Carlos Pardo, “Mucho dolor anestesia”, “Babelia”, suplemento de El País, 13 de febrero de 2016. Tal vez por eso Elena Poniatowska dice que Aleksiévich le aburre (presentación del libro Pecado, de Laura Restrepo, Librería Gandhi de la Ciudad de México, 18 de mayo de 2016). [Regreso]

5  Antonio Muñoz Molina, “La voz de Marina Tsvietáieva”, “Babelia”, número citado. [Regreso]

6  Jorge Alberto Gudiño Hernández, “Otra faceta del horror”, “Laberinto”, suplemento de Milenio Diario, 16 de julio de 2016. [Regreso]

7  Ibidem. Véase también a Mijal Vizel “Las cinco mejores novelas de Svetlana Aleksiévich”, RBTH, 10 de octubre de 2015, y otros reseñistas. [Regreso]


   
    subir     PDF


Sara Sefchovich

Nació en la Ciudad de México en 1949. Es licenciada y maestra en Sociología y doctora en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México. Desde hace más de tres décadas es investigadora de tiempo...


Leer más   »
Secciones de la Revista
Sitios de interés