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NUEVA ÉPOCA NÚM. 151 SEPTIEMBRE 2016 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Rubén Darío
Conjurar el destino


Philippe Ollé-Laprune
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 151| Septiembre 2016| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Ollé-Laprune, Philippe , "Rubén Darío. Conjurar el destino" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Septiembre 2016, No. 151 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=805&art=17361&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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El gran renovador de la lírica en castellano fue un joven poeta nicaragüense que en 1888 publicó el libro Azul…, con el que obtuvo la aclamación crítica. Su vida, tan agitada cuanto cosmopolita, lo llevó por una variedad de ciudades y destinos y habría de verse terminada el 6 de febrero de 1916, hace un siglo, luego de entregar al caudal de nuestra literatura piezas mayores e imperecederas.

 

Rubén Darío volvió a Nicaragua, su tierra natal, para morir. Aquel que recorrió el mundo, revolucionó la escritura en español y fue ídolo de la juventud de América Latina, se sabe condenado por la enfermedad; los excesos de la vida agitada que llevó lo han sentenciado. No alcanzará a cumplir 50 años. Muere el 6 de febrero de 1916 en León, en esa Nicaragua profunda donde nació y creció, lejos de las luces de las brillantes capitales que conocería más tarde. Darío es uno de esos ejemplos llamativos de escritores que nacen en los lugares más improbables y se plantan frente al Mundo con un deseo y un hambre insaciables. Como si quisiera conjurar el destino, anuncia que lo asume como quien acepta un desafío. Hijo de la provincia, sabrá transformar su marginalidad en calidad y logrará emplear su desbordante energía tanto en su propia carrera como en la construcción de su obra. A través de esta sensación de reto que deja su existencia, se distingue el vigor que impera en la elaboración de sus textos y en la afirmación de una originalidad portadora de renovación de toda una lengua.

De niño sueña con evadirse y se sumerge en la lectura, en la poesía; las quimeras lo acompañan. Aprende a leer a los tres años y publica su primer poema a los trece. El joven Rubén, apodado “el poeta niño”, recita versos en las fiestas religiosas o en los cumpleaños. Criado por una tía y educado por profesores que otorgan a la cultura un lugar privilegiado, está al día en cuanto a los avances de su tiempo. Como si la lejanía sirviera de filtro a la circulación de los libros, capta lo esencial de los cambios en curso. Su educación lo familiariza con ideas variadas, ricas y sorprendentes; es lector de Victor Hugo, escucha fascinado las historias asociadas a las creencias esotéricas que tanto deambulan en los medios llamados iluminados. Rubén confesó haber sido entonces masón y haber adoptado una forma de panteísmo como visión del universo. Muy pronto toma consciencia de que el poeta tiene un rol en la sociedad, es poseedor de una verdad y dueño de las palabras para decirla. Para él, el espíritu que anima a un autor debe participar en el curso del mundo que lo rodea. Durante esos años, el positivismo conlleva la idea del progreso e impregna el espíritu de los creativos e intelectuales más modernos. La vida y obra de Rubén Darío van a florecer en este contexto anunciador de rupturas asumidas y de cambios en las construcciones literarias.

 

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Su país natal es demasiado estrecho para que un espíritu libre y habitado por una insaciable curiosidad como el suyo pueda crecer. Su tono y su liberalismo, excesivos a los ojos de las autoridades de su país, le cierran las puertas, lo cual le permite obtener una beca para estudiar en Europa. Después de un tiempo se embarca en junio de 1886 con destino a Chile, tiene apenas 19 años cuando empieza una vida errante en que se combinan sin tregua el periodismo y la escritura creativa. En 1888 publica en Valparaíso su libro Azul…, gracias al cual se vuelve célebre rápidamente en los medios artísticos del continente. Darío consigue transformar la lengua española, otorgarle una nueva sonoridad y aspectos aún desconocidos. Aprendió bien las lecciones de los escritores franceses, Verlaine y Hugo en primer lugar (“Con Hugo, fuerte, con Verlaine, ambiguo” escribió más tarde), y su genio ha sabido adaptarlas a sus propias palabras. También quedará marcado por Whitman, por su canto intenso que valoriza al continente americano; su capacidad de alterar la lengua refuerza en él su convicción de una revolución necesaria de las formas que habrá de conmocionar su época.

Su estancia chilena, hasta 1889, va a afirmar su trayectoria y consolidar en él una riqueza cultural aun más imponente y cosmopolita. A menudo se siente miserable, siempre atraído por la bohemia y preocupado por publicar sin descanso poemas y artículos. Como otros escritores de su generación, también en eso es innovador: el escritor moderno debe vivir de su pluma, aunque deba recurrir al periodismo para cubrir sus necesidades alimenticias. Cuando vuelve a América Central, su vida se ve marcada por sus relaciones con la prensa, ya que dirige publicaciones en El Salvador y Guatemala, y participa en la redacción de un diario de Costa Rica. El escritor anclado en el Mundo no es un mito. También debe huir, hallar protectores cuando enfrenta golpes de Estado y las traiciones que alteran los países del istmo en aquellos tiempos turbios. Su existencia se ve marcada lo mismo por el caos que por las luchas de poder de las frágiles repúblicas centroamericanas.

Además, Darío descubre Europa, España y Francia en particular, en donde se encuentra con Verlaine, su poeta admirado. La escena, cómica o patética, según el enfoque, es contada por el propio Darío en sus memorias. El poeta francés, destruido por el alcohol, rodeado de dudosos “admiradores”, balbucea palabras sin ton ni son que atentan contra su gloria y su posición de figura legendaria. Lleno de ira, sometido a la violencia por la bebida, golpea la mesa con el puño. El joven latinoamericano tiene la prudencia de retirarse. Pero París le encanta; el encuentro entre sus sueños y la realidad se lleva a cabo sin sobresaltos. Su entrevista en Nueva York con el escritor cubano José Martí es mucho más fructífera. Es cierto que se conocen de antemano, a través de sus obras respectivas y de una correspondencia que les ha permitido entablar amistad.

Gracias a su reputación creciente, Darío consigue un nombramiento de cónsul general de Colombia en Buenos Aires. Se quedará a vivir ahí más de cinco años, y sacará gran provecho de un momento extraordinario de la capital argentina. Es una ciudad que en efecto conoce un crecimiento fuera de lo común, que atrae migrantes del mundo entero: se habla italiano, francés o polaco; los teatros proponen espectáculos dignos de las capitales europeas y los escritores argentinos se dividen claramente entre conservadores y modernistas. Estos últimos reciben al poeta nicaragüense con los brazos abiertos. Publica sus Prosas profanas y otros poemas, que suscitan reacciones tan entusiastas y apasionadas para unos como desencantadas o gélidas para otros. Ahí, más que en ningún otro lado, Rubén Darío halla interlocutores, lectores o escritores, espacios para publicar, temas inspiradores. En sus memorias hace alusión a esa época y recuerda el rechazo de sus textos por parte de los sectores conservadores y religiosos de la sociedad argentina. El título de Prosas profanas es claramente antirreligioso. Al final de su vida rendirá homenaje a esa ciudad y a aquella época, cuando publica una verdadera oda, su “Canto a la Argentina”. En ella permea su fervor y su entusiasmo por ese país cuya potencia y frescura corresponden al espíritu que anima sus escritos.

Darío debe irse cuando su nombramiento de cónsul llega a su fin; no alcanza a encontrar un trabajo que le asegure ingresos similares. Apenas tiene poco más de treinta años cuando parte a Europa como enviado especial del periódico La Nación, para informar sobre la situación en España, que acababa de perder Cuba en su guerra contra Estados Unidos. Este periodo de madurez es también el más agitado en el ámbito de los viajes y el más productivo en cuanto a la escritura. De esta energía excepcional surgen sus Cantos de vida y esperanza, de tono entusiasta y lleno de confianza en el porvenir. Sin embargo, a veces deja despuntar algunas dudas y profundas perturbaciones, como en “Lo fatal”, que inicia así:

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente,

Y concluye con estos versos cargados de angustia:

y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!…

Le canta al mundo, pero también siente su crueldad y sus desórdenes, sabe como nadie describir la belleza en construcción y los sueños que acompañan un universo resueltamente orientado hacia el futuro. La modernidad de Darío consistió en hacer dinámica una lengua que entonces estaba anquilosada, como replegada en su tradición y encerrada en su pasado, para ponerla al servicio de una mentalidad que supo captar la complejidad del hombre contemporáneo. Aun cuando provenía de una cuna tan humilde, elaboró la obra literaria en español más cosmopolita y más abierta de su época.

Sus textos y su destino presentan una firmeza y una intensidad comparables. Nuestro autor no podía satisfacerse de la medianía de su ambiente, del conservadurismo que transformaba la literatura en diversión destinada a una élite ociosa. Se rehusó a la fatalidad y halló en la lejanía que lo golpeaba la materia de un rechazo espléndido: como su nacimiento lo empujaba hacia la marginalización, debía empuñar su lengua materna para transformarla, torcerla y darle un vigor y un dinamismo de los que carecía hasta entonces. Él, el provinciano, va derecho al corazón de la cultura de su tiempo, asimila los libros de los grandes contemporáneos de otras culturas, capta su poder y su originalidad e impone sus visiones a su propio idioma. En esta búsqueda vertiginosa se desgasta y se consume sin límite y esta terrible empresa sólo puede devorarlo. En su carrera hay un carácter inexorable que lo acerca a un fin prematuro y que, paradójicamente, engendra sus textos más desgarradores y universales. Aquella trayectoria fulgurante y esos libros brillantes son las huellas de un genio literario nacido en tierras destinadas al olvido. El haber podido comprender el dramatismo de su situación y haber sabido alimentarse de ella para brotar en la luz y centellear aun mejor es la marca incomparable de este autor, nicaragüense y universal: Rubén Darío. 

 

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Traducción de Verónica González Laporte


   
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Philippe Ollé-Laprune

Nació en París, Francia, en 1962. Escritor y promotor cultural. Desde hace más de veinte años realiza una importante labor de intercambio cultural entre Francia y América Latina, trabajando como asesor,...


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