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NUEVA ÉPOCA NÚM. 151 SEPTIEMBRE 2016 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Sergio Magaña
Imaginación y realidad


Joaquín-Armando Chacón
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 151| Septiembre 2016| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Chacón, Joaquín-Armando , "Sergio Magaña. Imaginación y realidad" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Septiembre 2016, No. 151 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=805&art=17365&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Nacido en 1924 y fallecido en 1990, Sergio Magaña incursionó en el género de la novela con El molino del aire, en 1953, pero su mayor reconocimiento y fortuna literarios le vinieron con su deslumbrante irrupción en la escena teatral, con obras como Los signos del zodiaco, Moctezuma II y Los motivos del lobo, ejemplos de maestría técnica y consistencia argumental.

 

Para Dionicio Morales

 

En todas las obras de Sergio Magaña ―que abarcan desde obras de teatro de gran importancia, piezas en un acto para niños, una novela y múltiples cuentos― se cumple esa unión, cuyos amarres no son muy visibles, entre lo estrictamente individual con el medio ambiente ―por eso su nota característica será, siempre, su profunda humanidad― y sus historias, las del hombre y sus aventuras. Esto es, el hombre de una sociedad ya establecida: personajes (varones, mujeres o niños) cuya estatura siempre es completa y que se nos muestran en todos sus lados, en sus vicios y sus virtudes, en toda su fuerza y con sus desfallecimientos.

Desde su primera importante obra, estrenada en 1951, Sergio Magaña se nos muestra como un autor proletario, en la medida en que lo fueron Máximo Gorki (aquel de Los bajos fondos rusos) o John Steinbeck en la novelística norteamericana. Preocupado por la colectividad, Los signos del zodiaco enfoca hacia los inquilinos de una vecindad de la Ciudad de México entre septiembre y diciembre de los finales de la Segunda Gran Guerra, con personajes cuyas ilusiones o desalientos mueven a la acción, e introduce en la escena mexicana los grandes acontecimientos de la vida capitalina y ―llamémoslo así― moderna. Muy joven, o demasiado joven en ese entonces, Sergio Magaña (24 de septiembre de 1924) admitió la influencia, la experiencia o visión, de autores como Dostoievski (cuyos personajes sombríos, alucinados y trágicos, encuentran su equivalente en Ana Romana, la portera de esa vecindad), así como las de un autor norteamericano que en ese entonces comenzaba a cobrar fama universal: Tennessee Williams.

El coro de lavanderas, los inquilinos, la dueña de la vecindad y Pedro Rojo naufragan ahí, cada quien a su manera ante la sociedad que contemplan, y cada uno es la sociedad del vecino. Es interesante observar que Magaña se haya sentido inmensamente atraído por el conflicto entre la imaginación y la realidad y a pesar de la diversidad de personajes, este parece ser el lazo de unión entre ellos y le permite que todos sus personajes finalmente se encuentren, creando así una rara trama de unidad dentro de la diversidad. El ensamble de realidad e imaginación entre los personajes puede adquirir, así, curiosos nombres: para Polita y Pedro, el del amor, con diversos aspectos y motivos; en Daniel Borja se llama alcoholismo; en Andrés, homosexualidad; en Lalo, esperanza... y en Sofía, como en los demás personajes, sería desilusión. Y es precisamente Sofía ―la hija ilegítima de Ana Romana―, quien después de haberse fugado del internado aparece en escena de la mano de una prostituta, la que despierta el colectivo sentimiento de desilusión.

 

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Sergio Magaña
© Archivo UNAM

 

En 1953 Magaña escribió y publicó una novela, El molino del aire, que le conquistó un premio nacional de literatura. Y esta novela cuenta la historia de varios personajes y centralmente de cinco de ellos que existen en un pueblo, un pueblo sin iniciativas que no admite innovaciones, en el que hay una montaña solitaria en donde crecen flores de pericón, y varias iglesias y tranquilidad monástica. Un viento anual choca sin conmiseración contra los campos y las casas. Don Pedro de la Barca, un ser de mezquina figura, busca comprar varios molinos de viento para nixtamal, pues eso se le presenta como la gran hazaña de su vida, ya que teniéndolos se sentirá fuerte, grande y respetado por todos sus conciudadanos, entre los que están su mujer, Honorata, y su hijo Sergio, de seis años de edad: un niño enfermizo y solitario, aun o a pesar de la compañía de una hermosa joven de 16 años, Isabel Sáyago. El quinto personaje es el viento, un viento que según cuenta el niño nace en la montaña. Este viento, que lo asusta y lo atrae, se va acercando lentamente, pesadamente casi, mientras avanza la novela, en una atmósfera de escondida inquietud, pero también morbosa. El autor nos va introduciendo en las vidas de los personajes con aparente sencillez, pero gracias a giros literarios y un total dominio del lenguaje. Y el viento avanza casi al parejo con los preparativos que las gentes distinguidas del pueblo hacen para la fiesta en casa del gobernador. Así sabemos que Honorata tuvo un romance, platónico y lleno de recuerdos, con un joven, Eloy Torres López, que partió un día enlistado rumbo a una rebelión y que ha regresado perturbándola, a ella, con los recuerdos, y a su hijo por su apariencia. Aquí, como en la obra Los signos del zodiaco, un personaje que poco antes es ajeno al mundo en que se desarrolla la trama ha regresado, pero si en la obra teatral la presencia de Sofía da principio a la acción dramática, en El molino del aire este personaje, Eloy, es sólo un elemento más, no tan atemorizante como algo que flota en el ambiente y la cada vez más palpable presencia del viento. Isabel Sáyago es casi un personaje mágico, extraño y conmovedor, trazado con ese halo o aura que la literatura encontrará después entre los personajes de Elena Garro y Gabriel García Márquez. Es ella, Isabel, quien nos predice el futuro del pueblo al mostrársenos en una imagen sangrante y deshecha casi al final de la gran fiesta en casa del gobernador y tras sostener una especie de flirteo con el hermano menor de Eloy, quien ahora también se ha enlistado. Los acontecimientos y resultados de la trama se desarrollan a continuación violentamente: don Pedro ha comprado por fin sus molinos (a Estados Unidos), pero tiene un error de cálculo: los molinos son de electricidad y al pueblo aún no llega la luz eléctrica; Eloy Torres López es fusilado y la enfermedad de Sergio se agrava mientras va a un paseo con Isabel. El viento aparece por fin junto a la montaña solitaria, lo golpea y le hace creer en la presencia de un cazador (otro misterioso y simbólico personaje). Y con la aparición del viento entra al pueblo la Revolución. Todo esto implica energía y dinamismo; la culminación llega en una alucinante visión del niño, quien habla de una gran puerta en unos acantilados en la montaña, donde aparece el cazador y hacia donde Sergio va y entra, cayendo en la muerte producida por la tuberculosis.

En esta novela se encuentra claramente conceptualizada una teoría de Sergio Magaña: la de que después de toda gran fiesta ha de venir la catástrofe; la fiesta en Los signos del zodiaco se organiza por motivos de la Navidad, y de la catástrofe se salvan sólo tres personajes: la Polita, Lalo Walter (quienes ayudados por Pedro salen a estudiar) y Augusto Soberón, el joven músico, a quien le aceptan una composición. Esto es, Magaña salva de ese infierno incongruente de Los signos del zodiaco a los jóvenes y al artista. La fiesta termina ahí, al caer el telón del tercer acto de la obra, melodrama que circunda muy de cerca los vivos colores de la tragedia.

Analizada Los signos del zodiaco desde un punto de vista moralista, el bien y el mal están perfectamente definidos, entendiéndolos como fuerzas que actúan por instinto del hombre, ajenos por completo a prejuicios burgueses o teológicos. El bien sin lugar a dudas está afuera de esa vecindad, lo otro se queda adentro.

Esa línea divisoria es más estrecha en la siguiente obra de Sergio Magaña: Moctezuma II, escrita entre 1953 y 1954, y reconocida como la primera tragedia mexicana. Esta obra, de indudables méritos escénicos, probó y reconfirmó el verdadero talento de Sergio Magaña, cuya consagración con Los signos del zodiaco fue vista con desconfianza por los viejos maestros.

Moctezuma II cuenta la tragedia del último emperador azteca y es una de las piezas teatrales más limpias, de estructura sólida y bien definida del teatro mexicano; sus diálogos precisos y poéticos llevan adelante el drama y le imprimen el aire con que la tragedia purifica por medio de la catarsis escénica.


   
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Joaquín-Armando Chacón

Nació en Chihuahua el 7 de febrero de 1944. Dramaturgo, guionista y narrador. Su nombre completo es Joaquín Armando Chacón Gutiérrez. Estudió Contaduría y Administración de Empresas, además de Teatro en la...


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