UNAM
NUEVA ÉPOCA NÚM. 151 SEPTIEMBRE 2016 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
Inicio   >>> Creación   >>>   Arnoldo Kraus

Casa de empeño


Arnoldo Kraus
citar artículo
citar
NUEVA ÉPOCA | NÚM 151| Septiembre 2016| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Kraus, Arnoldo , "Casa de empeño" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Septiembre 2016, No. 151 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=805&art=17369&sec=Creaci%C3%B3n > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

PDF
aumentar letra disminuir letra
1 / 1

Untitled Document

 

Un hombre cuya esposa ha enfermado gravemente se ha ido quedando sin pertenencias, pues todas han terminado en la casa de empeños El Paraíso. Acorralado por las deudas y la desesperación, llega a las puertas de La Esperanza, sitio en que podrían ayudarle a salir de sus dificultades, pero para esto se le pide hacer un sacrificio de proporciones sobrehumanas.

 

El último año había sido desastroso. Las deudas se acumulaban y Antonio, desesperado, pasaba las noches en vela. Las deudas lo rebasaban mientras los gastos crecían. No tenía a quién pedirle prestado para las colegiaturas de sus hijos ni dinero con qué pagar los medicamentos de su esposa. Familiares y amigos le habían ayudado tanto como podían.

En su casa sólo quedaba lo indispensable. Todos los dependientes de El Paraíso,la casa de empeño más cercana, conocían a Antonio. Poco a poco, las joyitas de su madre muerta, el piano de su padre muerto, el abrigo de piel de su suegra viva, la computadora comprada a plazos, el automóvil usado de su tío Nacho, el traje de bodas, el tocadiscos, el microondas y otros enseres queridos fueron a parar a los anaqueles de El Paraíso.

 

imagen
© Wikicommons

 

Desprenderse de algunos retazos de su vida y de las vidas de los suyos le dolía mucho. Sentirse apresado y sin solución para sortear los gastos de su familia lo asfixiaba. Desesperado, sin otros objetos que consignar, acudió a El Paraíso. Pidió hablar con el dueño.

―Mire señor, soy su cliente desde hace un año. Soy tan buen cliente que no he recogido ninguna de mis pertenencias. Sigo endeudado y quisiera pedirle un favor. Usted sabe que nunca he regateado, siempre he aceptado lo que sus empleados me han ofrecido…

―Y, ¿qué deseas?

―Pues… pues… me apena decirlo, ¿me podría prestar veinte mil pesos?

―Mira, ahora, justo ahora no puedo. Tengo muchas deudas pendientes y las colegiaturas de mis hijos en Suiza y Francia han aumentado. ¡Maldita devaluación! Quizá mi primo Ignacio pueda socorrerte. Él maneja un negocio similar al mío. Podría ayudarte. Toma, dile que vas de mi parte. No olvides llevar la tarjeta.

El nombre comercial de la empresa de Ignacio era La Esperanza. Para acceder al negocio era necesario hacer una cita y llevar identificación. La tarjeta, de color azul cielo, decía:

 

La Esperanza
Sólo se atiende por recomendación.
Se requiere cita previa.
Trato confidencial.
Llamar entre 10:00 y 12:00 (52722485).
Ignacio: Te encargo a Antonio. Es de confianza. Tu primo Miguel.

 

Después de varios intentos Antonio consiguió una cita. La Esperanzaquedaba en una colonia de la periferia de la ciudad. Además de Ignacio, el dueño, había una secretaria y otro señor ataviado con una bata de doctor.

―¿En qué le puedo ayudar? Me dijo mi primo que usted es su cliente desde hace un año y que ahora se encontraba desesperado. ¿Le informó que a diferencia de las prendas que se empeñan en El Paraísoaquí compramos, no alquilamos, otro tipo de mercancía?

―No, no me explicó nada. Sólo me comentó que sea discreto.

―En La Esperanzatratamos y nos especializamos en casos desesperados. Ante todo, buscamos salvaguardar la salud de nuestros clientes y cuidar a sus seres cercanos. La remuneración suele ser mucho mayor que en las casas de empeño tradicionales.

―No entiendo.

―Pensé que mi primo le había explicado. Nuestra especialidad, de ahí la discreción y la confidencialidad mutua, es la compraventa de órganos. Es probable que en una o dos décadas hablemos de rentar órganos, pero, por ahora, lamentablemente, sólo los compramos.

―¿Y qué compran?

―Bueno, pues casi todo. El cliente decide. Depende de sus necesidades y, por supuesto, no crea que somos inhumanos, de la salud del donante.

―¿Del donante?

―Sí, sí. Así se le dice a la persona que dona un órgano. Aunque suene raro, también consideramos donante a quien vende uno de sus órganos.

―Y, ¿cuánto pagan?, ¿pagan al contado? Yo no tengo ni chequera ni tarjeta de crédito ni cuenta en ningún banco.

―Depende del órgano. Pagamos al contado y además corremos con los cargos de la operación y el sueldo de los médicos y enfermeras. Sólo en casos extremos, cuando la cirugía es muy compleja o el galeno muy exigente, le pedimos al donante una cooperación.

―¿Aceptan dedos?

―Por ahora no, es muy difícil encontrar clientes y extremadamente complejo trasplantarlos. Nuestro negocio se limita a córneas, riñones y pulmones.

―¿Cuánto me dan por una córnea?

―Veinticinco mil pesos y lentes oscuros.

―¿Cuánto me dan por un riñón?

―Cincuenta mil pesos y visitas pagadas durante un año con un nefrólogo.

―¿Cuánto me dan por un pulmón?

―Cien mil pesos y ayuda para mudarse de la Ciudad de México.

―¿Es necesario salir de la ciudad?

―Sí, es indispensable. Vivir con un pulmón en una ciudad con tanta contaminación es peligroso. Si el donante fallece podría acabarse el negocio filantrópico de La Esperanza.

―¿Puedo regresar mañana? Debo hacer cuentas.

―Sí, Antonio, tómese su tiempo.

 

Dos días después regresó Antonio. Sumó, restó, multiplicó, dividió. Las cuentas no salían. Ni siquiera donando una córnea, un pulmón y un riñón, su familia saldría adelante. Ramón, su hijo mayor, quien recién había cumplido ocho años, tuvo que abandonar la escuela y vender chicles, garapiñados, chocolates y otras garnachas en el semáforo más cercano de su casa. Era indispensable conseguir dinero para los medicamentos de su madre. Los dos pequeños, de siete y cinco años, también dejaron de ir a la escuela. La madre enferma no tenía ni fuerzas para salir de la cama.

―¿Cuánto me da, señor Ignacio, por mi hígado?

―Bueno, bueno, por el hígado le doy 200 mil pesos.

―¿Y por mi páncreas?

―Igual, 200 mil pesos.

―¿Y puedo vender mi hígado y mi páncreas al mismo tiempo? ¿Me daría 400 mil pesos o me podría ofrecer un poco más?

―No es tan fácil donar ambos órganos a la vez. Necesitamos conseguir dos clientes al mismo tiempo, uno para el hígado y otro para el páncreas; además, debemos buscar un cirujano dedicado al páncreas y otro experto en hígado. Son especialidades diferentes. Cobran más los de páncreas. Dame oportunidad de pensarlo. ¿Sabe lo que le sucedería si nos donara el hígado o el páncreas?

―Sí, he leído y preguntado. Se acabarían mis penas y angustias y mi familia podría, con suerte, con mucha suerte, salir adelante.


   
    subir    

Arnoldo Kraus

Nació en la Ciudad de México el 10 de noviembre de 1951. Médico cirujano por la UNAM. Realizó estudios de posgrado en Medicina Interna y Reumatología e Inmunología Clínica en el Instituto Nacional de la...


Leer más   »
Secciones de la Revista
Sitios de interés