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NUEVA ÉPOCA NÚM. 151 SEPTIEMBRE 2016 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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A quién le importa


Geney Beltrán Félix
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 151| Septiembre 2016| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Beltrán Félix, Geney , "A quién le importa" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Septiembre 2016, No. 151 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=805&art=17372&sec=Creaci%C3%B3n > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Durante la década de los noventa, en una ciudad calurosa del noroeste, el Paúl y el Eusebio, dos amigos adolescentes, pasan sus días soñando con irse a vivir a otras tierras. Mientras llega ese momento, escuchan música de George Michael, hablan sobre chicas, se rebelan a sus padres. Hasta que un día el tío de uno de ellos, inmiscuido en los negocios del narcotráfico, es asesinado.

 

—¿Y el cadáver cuándo llega?

—Aún no lo sabemos, mijo...

La madre hablaba en susurros, el adolescente en voz alta.

—¿Lo mandan por avión?

—Qué batalla con este muchacho —se hallaban de pie en el mínimo jardín que da a la cochera, al lado de una ventana por donde salían los rumores de un llanto apenas reprimido—. ¿No ves que la pobre Ñeca está bien mal?

—Ahora chilla y chilla, ¿por qué no le dijo nunca al Chino que se saliera del negocio?

—Todo es una desgracia, entiende.

—¿Quería dinero fácil? Tómala... —imitó el contorno de una pistola con la mano derecha cerrando el ojo izquierdo, dobló el pulgar—. Pum...

—Respeta la memoria de tu tío...

—Qué tío ni qué tío. Sólo me llevaba, ¿qué?, ocho años.

—Doce. Pero La Ñeca siempre te ha querido, y tienes que callarte tus herejías...

—Ese es el problema aquí. A callarse todos. Y al cabrón del Chino, como traía la billetiza verde, nadie le decía nada.

 

imagen
Antonio Berni, Juanito Laguna yendo a la fábrica, 1977
© Wikicommons

 

Más reciamente llegó el llanto. Queriendo evadirse de esas lágrimas, el Eusebio recorrió el lugar con la mirada —en lo que fue jardín sólo había tres macetas con plantas secas y amarillas—, mientras un abanico de pedestal agitaba las aspas, de cuándo en cuándo le llegaba un poco de aire helado al rostro.

—No seas impertinente, chamaco.

Se puso de pie. Nunca le cayó bien El Chino; era un cabrón corajudo, muy de arranques. Desde que empezó a ganar dólares y a inducir miedo en los demás, El Chino demostró tener cuacha en el alma pues dejó ver gestos y oír palabras de desprecio y despotismo con los más morros de la familia y también con La Ñeca, su media hermana, a la que pendejeaba de renga y solterona. ¿Por qué habría él de condolerse por la muerte de, a final de cuentas, un rufián de poca monta que nada más le trajo pensiones a la pobre Ñeca? Se llevó la mano a la altura del pecho, como si ninguna de sus razones fuera suficiente para convencer a alguien más compasivo que vivía ahí dentro, a escondidas.

Escupió en una de las macetas.

—Mejor vuayir a casa del Paúl —se enfiló hacia la puerta.

—Antes pasa con La Ñeca, mijo…

 

A los 13 años iba corriendo en el patio de su casa, allá en la sierra. Corría descalza sobre la tierra apisonada, gritando y agitando las manos. ¿Qué festejaba, de qué se reía? Lo que sí recuerda —con un tumbo de tristeza en el pecho ahora que vive en la ciudad— es la limpia esfera del cielo grande sobre su cabeza, los contornos azules y dulcemente luminosos de los cerros ahí cerca, más allá de las últimas casas del pueblo: un llamado a elevarse que la hacía respirar con efectos de plenitud. ¿Escuchaba algún ladrido del perro pinto siguiéndole los pasos, los gritos acaso de los plebes vecinos? Lo que pasó entonces hizo que los granos de tierra y los enjutos huizaches y cada gota de agua del río aullaran de un dolor explosivo en el pie derecho de la Emma. Al correr había pisado sin fijarse en un leño suelto ahí tirado y el leño rodó con ágil desobediencia al apenas contacto, ella perdió el equilibrio y al caer sintió una quemazón, un ruido duro y quebrado a la altura del tobillo.

El viejo sobador le frotó el pie con manteca de cerdo. La prima Artemia al lado se tronaba los dedos de la tanta congoja mientras el padre entonaba ebrio en el patio una canción ranchera.

El sobador dijo:

—Naamás con que no camines dos semanas quedarás como nueva, ya con eso —pero así no pasó.

 

***

—De veras no puedo, loco —el Eusebio le regresó el cigarro al tiempo que cerraba los ojos—. Nomás no quieren.

—¿No te dejan?

—Es mi amá…

—Pus tiene razón —el Paúl sonreía con un dejo festivo.

—¿Cómo va a tener…? No me chingues…

—Te conoce bien. Sabe que te falta un tornillo —hacía girar el dedo índice en torno de su oreja—. Ve tú a saber si no te vuelves mariguano ahí entre puro teatrero descocado… —y le dio una calada al cigarro.

El Eusebio empezó a carcajearse: se sentía relajado, felizmente suelto de las coyunturas, con una levedad de nube que dejaba en el olvido su pleito reciente con la madre y más aun la muerte atroz del Chino, los lloridos de La Ñeca. De la sala llegaba la voz de la abuela del Paúl al teléfono, un ruidillo apocado en forma de inofensiva espiral. Durante la secundaria no había entrado nunca en esta casa, con todo y que desde primer grado él y el Paúl se volvieron uña y mugre; en aquel tiempo hablaban de cómics y de cine, se iban de pinta al parque Revolución, jugaban básquet.

Ya en la prepa cada quien fue inscrito en escuelas lejanas una de otra y dejaron de verse como antes. Se topaban en la calle muy de cuándo en cuándo, cómo te va, loco, qué jais, pero sin más barullo; ahi moría todo.

Hasta que una tarde el Eusebio se lo encontró en la banqueta, a medio camino entre sus casas, con un moretón en el pómulo y sangre en la boca y la nariz. Traía la camisa rota. “Pero se va a morir antes que yo el hijo de su chingada”, dijo escupiendo.

Esa entonación gruesa y arisca de la voz le reveló al Eusebio en un segundo cómo su amigo había cambiado. A pesar de las fachas miserables, el Paúl, más fornido y alto, le pareció un ser ya completado por la vida, como si una voluntad dadivosa le hubiese expandido los hombros y el pecho estos últimos meses con la intención de irle haciendo nacer, por adelantado, la catadura que compete a un adulto, alguien ya provisto de un amplio caudal de aire para los días que le traerá el mañana.

Desde aquel día renovaron su amistad. Se la pasaban ahora seguido por las tardes, a menudo en casa del Paúl, fumando mariguana y hablando de música y de cine, de morras y política, sobre todo coincidían en un empeño: irse lejos, nunca volver. La ciudad no era ciertamente grande pero ellos la dirimían cada vez más angosta y opresiva, igual que si a los dieciséis el aire les chocara con furor metálico en la frente y sobre la espalda. Se burlaban de las formas cerriles y provincianas que acusaban en el temperamento y el habla de sus parientes, vecinos, los maestros y gente de la escuela, todos ellos (juzgaban) carentes de curiosidad por nada que fuera más allá de la nota roja de los periódicos y los ramplones programas de televisión. Hasta en la traza regular y achatada de las calles veían motivo natural para el enojo: era la suya una ciudad sin historia ni futuro, sin modernos edificios ni construcciones de la era colonial y que no daba a sus hijos más destino que una vida en la siembra o el comercio, casarse, tener hijos y chambear para los Ley, los Coppel, los Espinosa de los Monteros, dueños (decían con énfasis) de todos y cada uno de los esclavos de la ciudad… Sus aspiraciones en cambio —el Paúl quería ser actor de teatro, el Eusebio no tenía claro si estudiar arquitectura, ciencia política, historia— los llevaban a querer tocar con su huida otros cielos, a buscar rostros de gente más real, más audaz y estimulante, de mente abierta y no (concluían) como la raza de aquí, toda pendeja.


   
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Geney Beltrán Félix

Nació en Culiacán, Sinaloa, el 4 de junio de 1976. Editor, narrador, traductor y ensayista. Estudió lengua y literaturas hispánicas en la UNAM y literatura inglesa en el Victoria College de la Universidad de...


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