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NUEVA ÉPOCA NÚM. 151 SEPTIEMBRE 2016 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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No hay soledad en mi laberinto


Verónica González Laporte
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 151| Septiembre 2016| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

González Laporte, Verónica , "No hay soledad en mi laberinto" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Septiembre 2016, No. 151 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=805&art=17373&sec=Creaci%C3%B3n > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Un gato viejo lleva una vida regalada. Caza lagartijas, mastica flores de jacaranda, hace cómodas siestas entre los estantes de los libros, disfruta las caricias que sus dueñas le hacen. Sin embargo, hay una persona —el padre de familia—, cuya vida no comprende, aunque una de sus protectoras le hable de él: “pero los gatos no entendemos de vocablos, sólo de las oscilaciones del alma”.

 

Las flores malva han tapizado las banquetas. Un tapete tierno de jacarandas se extiende sobre las piedras lajas del patio. Me gusta acariciarlo con los cojinetes, sentir el peso de mis cuatro patas sobre él mientras estiro la espalda en un arco pronunciado. Intento apoderarme de la que cae de una rama en un lento remolino. Saco las garras, doblo la muñeca y consigo capturarla. La huelo, la mordisqueo. Tiene un aroma dulce y un sabor un tanto ácido. Mastico la flor de jacaranda hasta extraerlo todo, el jugo, el color, el terciopelo morado.

Nubes negras se apiñan por encima de mi cabeza. También quisiera desmenuzarlo, ese cielo denso que se cierne sobre la casa. Un rayo de luz pajizo atraviesa la ventana de la sala. Algo me dice que será el último. Un movimiento ágil captó mi atención. Sin dudarlo, me deshago del despojo malva. Es una lagartija. Quieto. Es pequeña y nada gorda. Corre debajo de las piedras, la canija. No pierdo nada. Voy a esperarla, sin moverme. Terminará por salir de su escondite como todas las demás. Cierro los ojos unos instantes para afinar la puntería. Siempre procuro dar con todas ellas. Es divertido perseguirlas, brincarles encima sin que se lo esperen y luego sentir su piel fría entre mis colmillos. Su carne es blanda como la de los bollos que me robo de la mesa de la cocina cuando ellas ya se fueron a dormir. A veces me quedo sólo con la cola. Las cuatro patas y la cabeza huyen, me dejan solo. ¡Me da un coraje! A mí me gustan completitas, carnosas, grises por encima, blancas por debajo, como el cielo de esta tarde de primavera. Hay muchas por aquí. Más lagartijas que cucarachas y moscas. Las cucarachas no me gustan, no tienen buen sabor. Crujen cuando las piso y apestan. Las moscas… son para cuando no hallo qué hacer. También ellas tienen la culpa, se amontonan a mi alrededor, buscan posarse cuando nadie las llama. Ni siquiera con la cola las espanto. Las peores son las azules porque zumban más fuerte. En mis oídos retumban como diez de las otras. Cuando se atarantan me las como rápido, así no vibran en mi garganta.

 

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© Archivo UNAM

 

Al fin ha salido la lagartija de su agujero. Corre por encima de las hormigas aladas, de las cochinillas que se enroscan a su paso, de las telarañas que se rasgan bajo su peso. No me muevo, no existo. Orejas erguidas, olfato afinado. La dejaré irse cuando se sienta fuera de peligro. Me ha visto. Se hace la muerta, la muy mustia. Ese truco me lo aprendí hace mucho, cuando apenas empezaba a cazar moscas. Quieta la cola, manso el pelaje.

Mis presas se han vuelto importantes. Ahora soy capaz de capturar una paloma sin ayuda de nadie. A veces llega alguna buscando gusanillos que se asomen entre los granos de tierra húmeda. Las lombrices no me gustan, son arenosas, viscosas. Mal le va a la paloma aventurera. Brinco cuanto puedo y con las patas extendidas la abrazo en el aire. La araño, la desgarro. Todo sucede en un abrir y cerrar de ojos amarillos, pero los abro bien para no perderme el festín de las plumas a las volandas. Le clavo los colmillos en el corazón, en el cuello, me aseguro de no dejarla ir. Luego se la llevo a ella. Se la dejo frente a la puerta de su cuarto, sobre el tapetito felpudo.

No vivo solo. Hay muchos más. Pero como yo, ninguno. Aun cuando me he vuelto perezoso. Una pesada gota me ha mojado la frente. El cielo se nos va a caer encima, es hora de ponerme a resguardo. En cuanto lo hallo, debajo de una maceta de helechos, empiezan a caer bolas de hielo. Furiosas, golpetean el techo de vidrio de la veranda, los muros, las piedras. Las macetas se han puesto blancas. De por sí no me gusta el agua, pero esto no lo había visto nunca. Es un aire de fin de mundo. Ni siquiera puedo maullar. Mis patas tiemblan, dos hilillos líquidos penden tristemente de mis bigotes.

Entonces ella abre la puerta. “¡Picos! ¿Dónde estás, Picos? ¡Entra, entra ya!”. Si de costumbre soy escurridizo, esta vez no me haré mucho del rogar. Soy el favorito. Que los otros se mojen. Soy el único que puede meterse al cajón de su cómoda sin abrirlo, un ardid de gato viejo…

Soy el que trepa más arriba en el librero, el que hace siestas en los estantes repletos de libros. Me gusta su olor, tanto como hincar los colmillos en los vientres de las lagartijas. Algo debe de haber entre sus páginas porque ellas siempre han de abrirlos, voltearlos, recorrerlos, cerrarlos o prestarlos. Elena la grande me prefiere, aunque yo me inclino por el regazo de la chica. Ella me cuenta cuentos. Helena la chica me acaricia el lomo con los cinco dedos extendidos y apoyando la palma con todo su peso. Me pongo a ronronear en cuanto restriega la yema de su índice debajo de mi barbilla. Mmmrrrr, me es irresistible. Mmmmrrr, podría morirme así, en ese gozo.

A ella le gusta subirse a los columpios, a las ruedas de la fortuna. Le gustan los campos de amapolas, el azul líquido del cielo, las melenas de los leones y el oro del trigo. Eso me dice quedito, cuando empiezo a quedarme dormido sobre sus rodillas. La escucho teclear, dedo tras dedo. Declama sola, charla conmigo.

A veces me habla de su padre, uno de ojos azules un tanto tristes. El que tiene una barba como mal puesta. El que hace música con las palabras, el que se halla en laberintos. Ella quisiera decirme cuánto lo ha querido, pero los gatos no entendemos de vocablos, sólo de las oscilaciones del alma.

A veces yo también quisiera decirle a ella cuánto la he querido, pero los gatos sólo sabemos maullar y ronronear. Yo no sé de soledades ni de laberintos.


   
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Verónica González Laporte

Es periodista y escritora. Tiene una maestría y un doctorado en antropología por la Universidad de la Sorbona y ha hecho investigación en diversos archivos mexicanos y franceses sobre temas...


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