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NUEVA ÉPOCA NÚM. 151 SEPTIEMBRE 2016 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Cuento
La polaca


Wladimir Chávez Vaca
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 151| Septiembre 2016| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Chávez Vaca, Wladimir , "Cuento. La polaca" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Septiembre 2016, No. 151 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=805&art=17374&sec=Creaci%C3%B3n > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Lunes 11 de febrero del 2013

Tendría que comenzar esta historia casi una semana antes, la tarde del 3 de febrero, cuando llegué a Londres proveniente de Oslo, justamente en aquellos días en que el invierno noruego manifestaba su milenario poder. O tal vez habría sido mejor recurrir a mis apuntes del lunes 4, cuando conocí a Ekaterina (Call me Kate, please) durante el registro del curso de inglés, en esa casita cuya fachada victoriana había sufrido permanentes retoques. Pero es mejor comenzar con nuestra charla en Costa Coffee, a lado de Trafalgar Square, durante la noche del 11 de febrero. Para entonces Kate ya estaba al tanto de los detalles básicos de mi biografía: sin hijos ni novia, ecuatoriano, profesor de literatura en el pueblo nórdico de Halden, de ínfima vida social pero curiosamente hiperactivo en Facebook, y con intereses generales en arte e historia de Europa del Este. Y en mujeres. Pero esos días en Londres mi mente rumiaba sólo un nombre: Agata, mi exnovia. Kate lo sabía.

—Write to her —me animaba ella. Había mucha gente en el Costa Coffee, aunque se trataba de un lunes en la noche—. Say that you are here, that you see her.

Mi inglés era mucho mejor que el de Kate. De hecho, mi estancia de casi tres semanas era para un curso intensivo de preparación al IELTS. Kate, en cambio, había planeado quedarse hasta el 28 —a cuenta de su trabajo en una telefónica de Moscú— concentrándose en tareas básicas de idioma. Al llegar a su aula en Londres, se vio rodeada no sólo por compatriotas rusos, sino también asiáticos, algunos de los cuales chapuceaban un inglés más áspero que el suyo.

—Why did you broken with here?

Entendí que el verbo que quería usar era “break up”. Le conté que yo siempre supe encontrar una excusa para no comprometerme con Agata, para evitar que nos mudáramos a un mismo departamento o incluso a una misma urbe. Nos habíamos conocido en Noruega casi siete años atrás. Ella era entonces una estudiante Erasmus que luego debió volver a Cracovia y, más tarde, comenzar sus estudios de maestría en Edimburgo; yo, tras mi experiencia en Bergen, me refugié en Halden. Fuimos pareja, pero nunca me animé a dar ese puntapié inicial del proyecto en común. Agata me esperó por casi tres años, con sesiones de Skype y visitas mutuas cada ocho o 10 semanas. Pero ella tampoco podía aguardar por siempre.

 

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© Wikicommons

 

Ya confiaba en Kate, así que le conté lo otro, la petición que en su momento le había hecho a Agata. Le hablé despacio, buscando que me entendiera bien para no repetir esas palabras que me hacían daño y avergonzaban en un lugar público. Kate se escandalizó, eso lo vi en sus ojos. Seguro que le hubiera gustado profundizar en su respuesta, pero la traicionaban el vocabulario y la sintaxis. Igual dejó en clara su postura:

—No good, Vladimir.

Como si no lo supiera ahora. Kate se quedó en silencio antes de dedicarme una sonrisa, rompiendo el hielo. A Kate y a mí nos causaba un poco de gracia esos pensamientos míos, entre absurdos y arriesgados, de contactar a Agata, quien vivía ahora con su actual marido en el barrio londinense de Brixton. Saqué mi iPad y Kate pudo comprobar en las páginas de Facebook lo que le había repetido en los últimos días: el esposo indio de Agata se parecía a mí.

La relación con Agata duró hasta la Navidad del 2008 y, tras unas pocas semanas de intercambio amable de mensajes, nuestro contacto ingresó a una zona polar. Primero hubo renglones cortos y fríos. Después, cuando ella tuvo novio, el silencio absoluto. Con frecuencia sentí la tentación de escribirle con cualquier excusa más o menos justificable, algún evento —de aquellos que pasan en los noticieros— ocurrido en su natal Polonia, o incluso su cumpleaños; quise mandarle algún SMS, colgarle cualquier video de Youtube en su muro de FB, especialmente esos de yoga que tanto le gustan. Pero ella nunca respondió a mis últimos mensajes y después me creí con una buena razón para sentirme herido y víctima: al fin y al cabo, ella había roto conmigo, y no al revés. Es verdad que me sentí tonto cuando me enteré de lo de su novio, pero fueron las fotos de su boda las que me causaron indisposición corporal. Un ardor intenso en el estómago señalizó la traición de mis entrañas, además de un ligero temblor que me invadió las manos. Y es que había algo en el esposo de Agata... Se me cruzó un pensamiento, lo deseché entonces, seguro eran cosas mías, seguro había que achacarle la culpa a la impresión por la noticia.

Sin embargo fueron los amigos en común que teníamos Agata y yo, aquellos que todavía permanecían de mi bando, quienes terminaron por ratificar lo indecible: el chico indio se parecía a mí. Supongo que casi cualquier sujeto de Bombay y un ejemplar andino como yo iban a compartir cierto aire de familiaridad, pero en este caso no era sólo el color de la piel. Sahil, el esposo de Agata, también era alto, flaco y de pelo largo. No llegaré a la estupidez de afirmar que éramos clones, pero compartíamos una similitud que nos volvía medio primos. Mi pana el Jairo, para animarme, describió una analogía que no sé si se le había ocurrido a él o si la había cazado de alguna de las series americanas. En cualquier caso, intentó convencerme de que Agata aplicaba la teoría del cabello mojado.

Aquí viene la imagen de Jairo. Es común que, en plena ducha, te des cuenta de que el champú se te ha terminado. La solución más recurrente es atrapar con la botella un poco de agua y forzar la mezcla con los residuos de champú, así satisfaces tus deseos de echarte algo encima. El resultado es el champú aguado, que es lo mismo que decir unas migajas o un consuelo. Ese era Sahil. En cambio, yo era el original, el champú íntegro, con el aloe vera y todas sus vitaminas.

Sin embargo, por lo hermosa que se veía Agata en sus fotos de Facebook, por su boda deslumbrante y los comentarios publicados por el resto, por la imagen del perfil en la que ella y Sahil aparecían unidos por una tira de spaghetti imitando a los perros de Lady And The Tramp, no me atrevía a garantizar que yo fuera el champú original. Y cuando me enteré de que la palabra champú venía de un idioma de la India, terminé por deprimirme del todo. Sólo puedo decir que tras registrar aquella tarde a profundidad sus fotografías, y por un buen tiempo —diría incluso que semanas— me sentí inútil y despreciado. Esa época oscura me hizo recordar el rompimiento con Angela, la abogada austriaca que había conocido antes de Agata, pero es mejor dejar esa anécdota para otra ocasión.

Kate elogió la belleza de Agata. En verdad que esa polaca es guapa, casi tanto como la misma Kate. A mí, en cambio, Dios no me bendijo con una cara bonita, de eso estoy convencido, y si Agata se enamoró de mí era porque, poco a poco, comencé a ganármela con mi charla y con mis pequeños gestos corteses en el comedor estudiantil. A Agata le impresionaba que yo hubiese terminado un doctorado y, después de sondear mis defectos y fobias, me aceptó tal y como era. Luego de casi tres años, yo me veía incapaz de retribuir esos sentimientos, y el corolario de nuestra relación fue aquella propuesta mía que aceleró el final y que ahora Kate, con justicia, había reprobado.

—Where she lives?

Le devolví una mirada sin entender: ya le había dicho que era aquí, en Londres. Pregunté si se refería a la dirección exacta, y cuando asintió le contesté que el dato estaba en el comentario de una de sus fotos en Facebook.

—We go?

Por unos segundos, sonreía como una diablesa. Pero de pronto le cambió el gesto, como si se hubiera sobrepasado.

—Maybe is bad idea?

Me reí. ¡Era una idea excelente! Vamos a ver dónde vive. No habría necesidad de timbrar su puerta, tal vez lograra verla de lejos, a lo mejor conseguiría mirar su silueta recortada en una ventana. Eso sería todo. ¡Vamos pues! Ella sonreía, ruborizándose un poco ante mi emoción. No teníamos nada más qué hacer esa velada, alojados en un país desconocido. Ciertas exploraciones, cuando ocurren lejos de casa, hacen fluir la adrenalina como un río.

Tomamos el Northern Line en Charing Cross y en Stockwell cambiamos a la Victoria Line hasta Brixton. En el trayecto nos reíamos, cómplices por dejarnos guiar de impulsos irracionales, primitivos. Que Kate y yo nos sintiéramos tan relajados en nuestra compañía radicaba, tal vez, en la combinación de que ella ya tenía novio y de que yo nunca he sido un donjuán. Trabar conocimiento con mujeres siempre me ha resultado relativamente fácil. Intimar con ellas, en cambio, es adentrarme en una zona gris en la cual me muevo indeciso, como un ciego, y en donde con cierta frecuencia piso mal y me lastimo. Con Kate se me antojaba complicado llegar a ese punto, pues desde el principio nos juntaba un aire de camaradería.

—What do you think that is the best can happen, Vovochka?

No había mucha gente en el vagón hasta Stockwell. Le expliqué en un inglés empapado de gestos y palabras simples: “Que venga corriendo hacia mí”, y cerrando los ojos hice el amague de abrazar y besar el aire. A Kate le causó mucha gracia. Me sentía nervioso pero al mismo tiempo animado y no paraba de soltar tonterías.


   
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Wladimir Chávez Vaca

Obtuvo su Licenciatura de Comunicación y Literatura en la Universidad Católica de Quito en el 2000, y ha sido estudiante en las universidades de Bergen (Noruega), Århus (Dinamarca) y Newcastle (Inglaterra)....


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