UNAM
NUEVA ÉPOCA NÚM. 151 SEPTIEMBRE 2016 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
Inicio   >>> Creación   >>>   Úrsula Fuentesberain

Finalista Premio Amparo Dávila
Preguntas sobre la propagación del moho


Úrsula Fuentesberain
citar artículo
citar
NUEVA ÉPOCA | NÚM 151| Septiembre 2016| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Fuentesberain, Úrsula , "Finalista Premio Amparo Dávila. Preguntas sobre la propagación del moho" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Septiembre 2016, No. 151 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=805&art=17375&sec=Creaci%C3%B3n > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

PDF
aumentar letra disminuir letra
1 / 1

Untitled Document

 

MATERIAL EXCLUSIVO WEB

Compartimos este cuento finalista del Segundo Premio de Cuento Fantástico “Amparo Dávila” 2016. Se trata de una muestra de la buena salud de que goza nuestra joven narrativa y de los alcances que puede tener la literatura fantástica para explorar la imaginación colectiva de nuestra sociedad.

 

Estudio las manchas de humedad en el plafón. Son negras. Culebrean como trazos de humo.

Acostada, aquí, en nuestra cama, viendo al techo, encuentro la silueta de un bebito que me recuerda a Daher. No está en su cuna, mi niño. ¿Lo llevaste a la guardería? ¿Y tú, Omar, por qué saliste tan temprano al banco? ¿Para no molestarme? ¿Y si te contara todo lo que hago en vez de escribir la tesis mientras espero a que Daher y tú regresen?

 

Acomodo nuestros discos en orden alfabético: Arrolladora Banda El Limón, Banda Machos, B. B. King, Cole Porter, El Recodo, Elvis Presley, Frank Sinatra.

¿Te acuerdas que cuando cumplimos un mes de novios te grabé un casete con mis canciones preferidas? Tú quisiste saber por qué escuchaba pura música gringa para ruquitos. Yo te conté que cuando tenía doce años pasé el verano en Tucson, en la cocina del diner donde trabajaba mi abuela mientras mi mamá se iba a pizcar limones y clementinas al norte de Arizona. Ahí, sentada en esos bancos verde pistache, escuché por primera vez “Unforgettable”, “Fly Me To The Moon” y “Always On My Mind”. Mi Abi me daba veinticinco centavos diarios para echárselos a las rocolas individuales que tenía cada taburete y yo sacaba mi diccionario inglés-español para escoger tres canciones con palabras que no conociera.

Cuando Daher andaba inquieto, me pegaba los audífonos a la panza y le ponía “The Tennessee Waltz”, “Blueberry Hill”, “What Difference A Day Makes” o cualquier otra canción de Tony Bennett, de esas tranquilitas. A ti te entraban los celos porque te hubiera gustado ponerle alguno de tus discos, pero ni la banda ni las cumbias sirven para arrullar bebés. Confesabas que te daba miedo que la gente lo tachara de maricón cuando lo escucharan cantando música en inglés para ñores. Yo te decía que estaría bien que nuestro hijo tuviera gustos diferentes a los de la gente de Hermosillo, que por eso le habíamos puesto Daher: el punto más alto de la montaña, el que sobresale.

Sigo ordenando discos: Intocable, Joan Sebastian, Johnny Cash, La Sonora Santanera, Nina Simone.

Ahora, que ustedes no están, el tiempo es otro.

 

imagen
© Wikicommons

 

Percibo sonidos que nunca había escuchado en el edificio: cucharas que revuelven azúcar en las tazas de café, el papaloteo de la ropa tendida en la azotea, manos que pelan verduras, dedos que tamborilean una mesa de formica, una boquita que balbucea, el suspiro de un refrigerador, la familia de murciélagos que extiende sus alas y sale disparada hacia el crepúsculo desde la cornisa de nuestra ventana.

La primera vez que vi a los murciélagos te pedí que los mataras. Te dije que no eran más que ratones con alas y que nadie los extrañaría. Tú me llevaste nuevamente a la ventana y me enseñaste cómo cazaban insectos. La gente de mi pueblo dice que los murciélagos son guardianes y que no sólo comen bichos sino ánimas, por eso hay que respetarlos, me explicaste e hiciste un huequito entre tu pecho y tu brazo para que me acurrucara junto a ti. Sus cuerpos oscuros trazaban ochos y zetas y otros signos indescifrables en las nubes moradas. Al ocultarse el sol, dejamos de verlos. Tú abriste la ventana y me dijiste que parara la oreja. Yo sabía que los murciélagos emiten ultrasonidos y que utilizan una especie de sonar para ubicarse y detectar a sus presas en la oscuridad, pero nunca me hubiera imaginado lo que oí cuando asomé la cabeza por la ventana; sus chasquidos eran como senderos invisibles.

 

Tomo un baño. Abro sólo el agua caliente. Me gusta voltear al espejo y únicamente encontrar la bruma.

 

Me masturbo con rabia. Nunca puedo venirme.

 

Escucho ese disco donde Nat King Cole canta en español. Mi Abi lo tenía puesto la primera vez que fuiste a ver televisión a mi casa. Esa vez, trataste de plantarme un beso, pero me quité. Te dije espérame tantito. Necesitaba que mi cerebro grabara ese momento a la perfección, apoyé la cabeza en tu hombro. Y fui yo la que te besé después de un rato. ¿Sabes qué fuerzas se activan cuando dos bocas entran en contacto?

Después de que una persona muere, el calor corporal cae un grado Celsius por hora hasta alcanzar temperatura ambiente. Entonces empieza la descomposición. ¿Pero qué sucede con un cuerpo en llamas? ¿Cuánto le toma a un cuerpecito de doce kilos desintegrarse en un cuarto que está a setecientos grados centígrados? ¿Cuánto a cuarenta y nueve cuerpos igual de chiquitos?

Odias que te haga preguntas que no sabes contestar, pero desde chiquita soy así. Cuando tenía ocho años, machaqué a mi Abi hasta que me compró El almanaque de las cien mil respuestas. Ahí aprendí por qué los judíos marcaban sus casas con sangre de cordero, de qué está compuesto el monóxido de carbono, quién fue Herodes y cuánto tarda una persona en desmayarse frente al dolor extremo.

Estás perdiendo el tiempo, pensando, pensando, canta Nat. Su lengua rueda las erres en cámara lenta, como una ola hecha de lava.

 

Me subo al librero, al mueble de la televisión, a las repisas del juguetero. ¿Si dibujáramos el algoritmo para calcular la entropía que actúa sobre nuestro techo, crees que los trazos se parecerían a los de la borra de café en donde vi que estaba embarazada de Daher? ¿Cómo se extendería el fuego si las cortinas se incendiaran? ¿Qué longitud habrán tenido las primeras llamas que se colaron por el toldo de la guardería?

Perchada aquí, sobre la alacena, observo las manchas de humedad en el plafón de la cocina. ¿Existirá una fórmula matemática para predecir la propagación del moho?

 

Me pongo ese vestido verde que tanto te gusta. Me lo quito y me lo vuelvo a poner sólo para sentirlo contra mi piel. Apenas percibo su caricia satinada. Extraño tus manos. 

 

Preparo café. No para tomármelo sino para ver su vaho en la penumbra. Mis libros de la universidad explican cómo hizo Joule para determinar que el equivalente mecánico de mil calorías son 4,180 joules. La queloniomancia no aparece en mis libros pero sí en internet, y asegura que si al echar el caparazón de una tortuga al fuego aparecen manchas puntiagudas, un ser querido te va a dejar.

Mis maestros dicen que para un químico las únicas respuestas válidas deben ser las que arrojan sus muestras de laboratorio, pero a mí me parece que el origen de una explicación es irrelevante.

 

Busco mis pastillas. Revuelvo cajones, vacío armarios, reviso bajo los muebles y entre los libros. ¡Carajo, Omar! ¿Otra vez las tiraste al escusado?

Rompo toda la vajilla. Me emputa que no entiendas que ellas me ayudan a no necesitar respuestas.

Miro tu rostro aterrado cuando cruzas el umbral. Me echo a tus pies. Te digo Omar, ¿dónde está mi bebé?, ¿ahora sí ya llegó al hospital? ¿por qué fue uno de los últimos niños que rescataron de la guardería?, ¿quién lo encontró? ¿lo sacaron por el boquete que hizo uno de los papás con su pick-up?, ¿y si nos equivocamos?, ¿estás seguro de que ése era su cuerpo?, ¿y si bajo la lápida que dice Daher Omar Valenzuela Contreras está un chiquito que no es nuestro hijo?

Tú recoges platos rotos sin mirarme. Una vez que el piso está limpio, empacas tus cosas.

 

Te observo mientras duermes en el cuarto de Daher, en la cama que le compramos para cuando dejara la cuna. ¿Por qué no duermes en nuestra cama? ¿Ves mi cuerpo, ahogado en un mar de vómito y pastillas blancas?

Trataste de despertarme. Me sacudiste, limpiaste el vómito, soplaste en mi boca, le diste compresiones a mi pecho. ¿Cuándo te diste cuenta de que ya no estaba ahí?

Deshago tus maletas. Regreso cuidadosamente cada corbata a su lugar en nuestro clóset, cada camisa a su gancho. ¿Sabías que dos sistemas aislados pueden permanecer en equilibrio térmico al ponerse en contacto siempre y cuando “contacto” signifique intercambio de calor pero no de partículas?

Cuando despiertas y ves lo que hice, caes al piso, te haces bolita y lloras. Te abrazo, pero tú te estremeces y te alejas de un brinco. ¿Para qué me quieres aquí si ya te fuiste? ¡Ya no me quedan lágrimas para los muertos!, me gritas. Te levantas, sacas todos tus documentos del escritorio y te vas sin mirar atrás. 

Araño la puerta que azotas al salir. Aúllo tu nombre. Te maldigo. Clavo los dientes en los marcos de las puertas. Tomo las tijeras y reduzco las sábanas a jirones. Desmenuzo las almohadas hasta que son pura borra blanca.

Pongo el disco de Nat King Cole y me enfundo en el vestido. Cuando mi cabeza emerge del satín verde, la cama está hecha y las almohadas intactas. Mis pastillas están nuevamente en mi buró, donde siempre las guardo.

Necesito aumentar mi dosis esta noche, quiero que cuando Daher y tú lleguen me encuentren tranquila. A Daher le voy a preparar su biberón tibio y a ti unos tacos de picadillo. Les enseñaré todo lo que avancé en mi tesis, y cuando lleve a Daher a su cuna le diré que cuando le toque entrar al kínder su mami ya no va a ser empleada de una farmacia sino licenciada en Química.

Me tomo una pastilla por cada hora que los espero. Cierro los ojos, Nat me arrulla: Por lo que más tú quieras, ¿hasta cuándo?, ¿hasta cuándo? 

 

Despierto y no estás en la cama. ¿Por qué te fuiste tan temprano a trabajar? Veo la silueta de Daher en el plafón. No está en su cuna. ¿Lo llevaste a la guardería? 


   
    subir    

Úrsula Fuentesberain

Nació en Celaya, Guanajuato en 1982. Escritora. Estudió Comunicación en la Universidad Iberoamericana. Ha sido coeditora de las revistas Día Siete y Dónde ir. Sus textos...


Leer más   »
Secciones de la Revista
Sitios de interés