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NUEVA ÉPOCA NÚM. 151 SEPTIEMBRE 2016 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Finalista Premio Amparo Dávila
Contingencia


Frida Militza Velázquez Hernández
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 151| Septiembre 2016| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Velázquez Hernández, Frida Militza , "Finalista Premio Amparo Dávila. Contingencia" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Septiembre 2016, No. 151 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=805&art=17376&sec=Creaci%C3%B3n > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Compartimos este cuento finalista del Segundo Premio de Cuento Fantástico “Amparo Dávila” 2016. Se trata de una muestra de la buena salud de que goza nuestra joven narrativa y de los alcances que puede tener la literatura fantástica para explorar la imaginación colectiva de nuestra sociedad.

 

Todo inició con la contingencia. Vaya nombre. Contingencia. Contingente. “Lo que puede ocurrir o no”, así la define el diccionario de María Moliner, que aún conservo por esa manía de no tirar nada que me amarre de algún modo a mi infancia.

La muerte no es contingente, va a ocurrir. Pero que tu hijo te vomite la ropa nueva diez minutos antes de salir porque el yogur le supo a plátano y el plátano le da asco, eso es contingente. Puede ocurrir o no.  Aunque casi siempre ocurre. 

El trayecto no era largo. Tenía que ir de la casa en la Condesa a la clase de Pilates, muy cerca de ahí. Al terminar recogería a la bebé de casa de su abuela para que juntas pasáramos por Mariano, al kínder.

 

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© Wikicommons

 

No encontré un kínder cerca de casa en donde Mariano se sintiera a gusto, pero en su nueva escuela parecía que las cosas marchaban un poco mejor. Había hecho un par de amiguitos. Me había convertido en vocal para estar más cerca de él y para sentir que, de algún modo, lo apoyaba más, así que no podía decirse que me desagradara ir a ese kínder. 

Mario… sí, a mí siempre me pareció que sonaba demasiado extraño que mi esposo se llamara Mario y a mi hijo le pusiéramos Mariano. Es una especie de desdoblamiento una forma de proyectar algo de Mario en mi hijo. Pero no hubo remedio, perdí el volado.

Decía que Mario, fanático de los autos antiguos, siempre llevaba a la casa algún modelo que estaba en trámite de vender, de trasladar al rancho de su padre en Valle de Bravo, o a veces simplemente llegaba con uno que desaparecía al día siguiente y yo no averiguaba más. Ésa es la clave de un matrimonio sin fecha de caducidad: nunca averiguar de más.

Sé muy poco sobre autos, aunque lo suficiente para recordar el día en que llevó un Ford Maverick de 1977, o un Chevrolet Impala coupé, que era una réplica exacta de los sesenta. Eran autos hermosos en los que paseamos algún domingo, pero en torno a ellos siempre había una especie de secreto que yo no atinaba a descifrar. 

Esta vez Mario había dejado las llaves de aquella camioneta antigua y yo me puse a pensar… Era un problema moverme en Uber, por la silla de la bebé… Y me negaba rotundamente a detener mis actividades simplemente porque los niveles de contaminación del Valle de México habían alcanzado no sé qué número. 

Teníamos mi camioneta, sí, una Outlander en la que todos cabíamos sin estorbarnos, Mario tenía su Mercedes, al que amaba con rotunda nostalgia, también un pequeño Smart que de pronto utilizábamos para movernos en la colonia.  Estaban también los clásicos que nunca pasaban más de tres días en casa, pero esos ni siquiera entraban en mi inventario mental.

Entonces anunciaron la contingencia. No circulaban el Mercedes ni mi camioneta. Y ni hablar del Smart, pues ahí apenas cabríamos la bebé y yo. Mario salía a las nueve de la mañana a Houston, así que a las siete yo ya estaba lista y había tomado una decisión. Me llevaría la camioneta antigua que había traído: una Plymouth de 1941 (en la guantera había documentos con el nombre del vehículo, no soy una experta), y la devolvería antes de que Mario sospechara que la había movido de su lugar.

Tendría cuidado. No tendría por qué ocurrir nada malo. 

 

Luego de la clase de Pilates, llegué por la bebé a casa de mi madre, quien de inmediato se sorprendió al ver el vehículo del cual me bajaba. 

—¿Y ese armatoste?

—Me lo prestó Mario. Ya sabes, la contingencia.

—No vas a subir a mi nieta en esa porquería…

—Mamá, gracias por cuidarla. Te hablo al rato.

—Ni siquiera tiene bolsas de aire…

—No seas exagerada.

Coloqué sin mucho esfuerzo la silla de la bebé, y tomé camino rumbo al kínder de Mariano. 

Ahí empecé a notar que aquello que llaman contingencia es un sucio horizonte color ocre, donde el aire es una nata irrespirable de humos fétidos. Puede o no ser que eso termine por causarnos cáncer de pulmón. Puede o no ocurrir que el masivo “Hoy no circula” sirva para muy poco. Puede o no ser que todos volteen a ver a una mujer manejar una camioneta de 1941, con una bebé sonriente en el asiento de atrás. Es cuestión de sincronía.

En realidad, nunca había visto la ciudad tan contaminada. Era extraño incluso para nosotros. 

Llegamos por Mariano y él no quiso subir. 

—Papá se va a enojar.

—Papá me dijo que te iba a gustar pasear en su camioneta.

—Pero él nunca nos presta los viejitos.

—Hoy sí.

La negativa no duró mucho tiempo. Al final, Mariano aceptó subir y entonces íbamos los tres ya en la camioneta de regreso a la casa de la Condesa. Hasta el momento, no habíamos enfrentado mayores contratiempos más allá de las miradas obsesivas de la mayor parte de los vehículos vecinos y esa ligera sensación de malestar al mirar el horizonte podrido. Sé que tengo mi encanto, sé también que la camioneta llama demasiado la atención. Nada había de extraño en que todo el mundo nos viera. 

Fue entonces que se detuvo el flujo vehicular. Y no fue poco a poco, simplemente nos detuvimos en seco. 

No me desesperé pronto. Una, cuando es madre de dos pequeños, tiene demasiadas cosas en qué pensar: en si tienen hambre o sueño, si ya vomitó el Gerber, si gritan, si lloran, si necesitan en ese preciso momento a su Buzz Lightyear, si extrañan al perro, si quieren otro perro, si a ti se te olvidaron tus lentes en la clase de Pilates, si mañana tienes que ir a Liverpool para comprar el regalo del próximo bautizo… Todo esto bombardeaba mi mente cuando me percaté de que llevábamos ya cinco minutos sin avanzar un solo centímetro. 


   
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Frida Militza Velázquez Hernández

Escritora.


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