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NUEVA ÉPOCA NÚM. 151 SEPTIEMBRE 2016 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Finalista Premio Amparo Dávila
Elio


Jaime Hernán Martínez
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 151| Septiembre 2016| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Martínez, Jaime Hernán , "Finalista Premio Amparo Dávila. Elio" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Septiembre 2016, No. 151 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=805&art=17378&sec=Creaci%C3%B3n > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Compartimos este cuento finalista del Segundo Premio de Cuento Fantástico “Amparo Dávila” 2016. Se trata de una muestra de la buena salud de que goza nuestra joven narrativa y de los alcances que puede tener la literatura fantástica para explorar la imaginación colectiva de nuestra sociedad.

 

Elegí las clases de natación porque la alberca queda a sólo tres cuadras de mi motel preferido. Ya desde antes me gustaba por discreto, por limpio y por los frasquitos de lubricante que regalan. Ahora, la cercanía le suma esa deliciosa ventaja de poder quedarme en pelotas hasta el último segundo, exprimiendo cada centavo de mis trescientos ochenta pesos.

Me meto a bañar cuando faltan diez minutos para recoger a Elio. En cinco estoy afuera, con tiempo de sobra para besarnos una última vez, para secarme y ponerme los calzones, besarnos de nuevo, despedirnos y treparme al auto.

 

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© Wikicommons

 

Frente a la puerta del Centro Acuático, Elio ya me espera sentado en las escaleras, con la mochila sobre sus piernas. Toco el claxon y se levanta. Abre la puerta, avienta la mochila y toma su lugar en el asiento trasero. Lo saludo por el espejo, él hace un gesto afirmativo, como diciendo: cinturón puesto, arranca ya. Entonces advierto que hay un problema: su cabello. Está completamente seco.

—¿Otra vez no entraste? —le pregunto, molesto.

Nos batimos en un duelo de miradas por el retrovisor. No dice nada. No me contesta porque no puede hacerlo. Nunca ha podido. Se limita a alzar los hombros y voltear hacia la ventana. Niñito cabrón. Acelero de golpe y conduzco en busca de una tienda. Lo primero que encuentro es una farmacia. Compró litro y medio de agua y regreso al carro.

—Afuera —le digo a Elio, que me clava los ojos, retándome.

Lo sujeto del cuello, le inclino la cabeza y dejo caer un chorro helado que lo hace retroceder. Esparzo el agua con los dedos para que los mechones se le mojen parejo. Elio se resiste, se sacude como un perro reacio al cepillado. De nuevo me lanza esa mirada parricida. Le doy un zape para que afloje el cuello. Después tomo la toalla de la mochila y comienzo a secarle la cabeza. No mucho, lo suficiente para que haya evidencia de humedad. Cuando devuelvo la toalla a su lugar descubro que el traje de baño está intacto, asomándose desde una de las bolsas laterales, perfectamente doblado y sediento. Así que lo empapo con lo que resta de la botella.

 

—¿Cómo les fue? —pregunta Carmen desde la cocina, en cuanto escucha que entramos a la casa.

—Bien —le digo—. Elio ya nada de ida y vuelta de un tirón, sin invadir carriles.

Carmen se hinca y le acaricia la cabeza mojada. Elio frunce las cejas, se escapa del apapacho de su madre y huye por el pasillo.

—Creo que sí le está gustando nadar. Lleva… ¿qué?, ¿dos meses? Y no se ha quejado.

—Ya le agarró el gusto. No como al karate.

—¿Y a ti? ¿También te agrada el agua?

—Claro. Los problemas se diluyen con el cloro.

Elio, además de mudo, es sigiloso. Reaparece a nuestras espaldas, buscando el cereal en la alacena de la cocina, sin hacer un solo ruido, como un ciervo en calcetines. Agarra un plato, sirve el cereal y la leche y se los come despacio, sin sorber.

Para evitar sustos le he pedido que pise fuerte cuando ande por la casa, que se desplace marchando. A veces me obedece y otras lo olvida. En realidad tuve otra idea para resolver la situación pero Carmen no me dejó colgarle un cencerro. Ni siquiera una pulsera con cascabeles. Dijo que eso dañaría la “psique” del niño, que podría convertirse en tema para el diván cuando sea mayor. Claro, porque ella está convencida de que Elio hablará tarde o temprano. Tiene fe en que Elio se va a “curar”. Sueña con el día en que le diga “mamá, te quiero”, el día en que lo oigamos gritar en el patio y cantar en la regadera. Carmen se hinca a rezar todas las mañanas frente al nicho que improvisó en la sala. No es más que una pequeña vitrina llena de veladoras, cromos enmicados y un surtido de figuras de yeso de los personajes que salen en la Biblia. Cree que hablándole a las estatuillas se resuelven los problemas. Yo, en cambio, hace tiempo que tuve la sensatez de perder la esperanza, lo cual nos ahorró mucho dinero. Porque al principio la vimos dura. Elio nació a los siete meses, sin torta alguna bajo el brazo. Cuando lo vi, supe que nos traería un sinfín de deudas. Pesó un kilo con cincuenta gramos. Hay melones más pesados. “Es como una pluma”, dijo la enfermera que lo cargó para envolverlo en varias mantas. Una pluma de carne. Algo más ligero que el aire: Elio.

Vivió tres meses en una incubadora mientras yo me partía el lomo con dobles turnos para pagarla. Me dije que valía la pena el esfuerzo. Luego fui perdiendo la convicción, las ganas. Cumplió dos años sin decir palabra. A los tres no había debutado su voz. Visitamos miles de pediatras, fonoaudiólogos y especialistas en lenguaje, pero ninguno de los cheques de honorarios que firmé sirvió para arrancarle una puta sílaba a sus cuerdas vocales. Tiré la toalla cuando me di cuenta de que no era para tanto. Porque no lo es. Puede vivir plenamente desde el silencio. No es como si le faltara un riñón o tuviera la cabeza en forma de foco y llena de agua. Bastó que aprendiéramos a comunicarnos como las computadoras. A puro “Sí” y “No”; el sistema binario es simple y nunca falla. Ni siquiera tuvimos que molestarnos con el lenguaje de señas. A Elio jamás le interesó.

—No lo aprenderá porque no lo necesita, y no lo necesita porque su hijo no es sordomudo —nos dijo el tercer médico al que acudimos.

—El niño está completamente sano; hablará cuando él así lo decida —corroboró la especialista en lenguaje.

—Agárralo a chingadazos y a verás si no habla —dijo mi padre hace años, señalándolo con la boquilla de su cerveza.

 

Es miércoles, día de natación y de felicidad bajo las limpias sábanas del motel. Fantaseo con eso mientras estoy echado en una silla de la tienda. Hay pocos clientes, y mis dos empleados se encargan de ellos. Entonces suena el teléfono inalámbrico desde algún lugar. Lo busco y alcanzo a contestar después del noveno timbrazo. Es Carmen, su voz se oye angustiada, como cuando reza por causas perdidas. Me dice que hablaron de la escuela de Elio. No le explicaron el motivo, sólo le urgieron a que nos presentáramos en el colegio. Hace una pausa para que yo responda. Le digo que paso por ella en media hora. Cuelgo, luego pienso. Me resulta extraño porque Elio jamás ha dado problemas en la escuela, por el contrario. Su falta de palabras la compensa con una caligrafía perfecta, es cumplido, tiene al día su cuaderno de tareas y nunca se mete con nadie.

Aviso a los empleados que debo salir y que cierren la tienda por la tarde. De cualquier manera ya saben que los miércoles me voy temprano.

Recojo a Carmen frente a la casa. Tarda varios minutos en salir. En el camino al colegio especulamos sobre qué fue lo que pudo haber pasado.

Al entrar a la recepción, lo primero que vemos es a Elio, sentado sobre una de las sillas de espera junto al cubículo de la secretaria. No tiene el semblante de un alumno reprendido. Su rostro está igual que siempre: entre impasible y aburrido. La secretaria nos saluda y pregunta en qué puede ayudarnos. Mientras Carmen le dice quiénes somos, observo detenidamente a mi hijo. Los pies le cuelgan de la silla pero no los mueve ni los agita de la forma inquieta en que lo hacen los niños. Elio jamás actúa como uno de ellos. Lo analizo. A pesar de su tamaño, luce una postura señorial: con los dos bracitos apoyados lado a lado en el descansabrazos, la espalda y el cuello erguidos, gobierna cada centímetro de su asiento. Parece un pequeño presidente, un emperador en miniatura.

La secretaria se levanta y nos muestra el paso hacia la oficina de la directora, que aguarda detrás de un escritorio inmenso, atestado de portarretratos con fotografías donde abraza a cientos de alumnos.

—Buenas tardes, me alegra verlos porque…

La directora es gorda y casi no tiene cuello. Por eso es que debe usar ese grueso collar de perlas, para dividir la cabeza del ladrillo bofo que tiene por tronco. Gasta dos minutos en capotear el asunto por el cual nos citó. Al final, con ademán burócrata, la gordirectora entrelaza los dedos y dice:

—Señores, lo que voy a decirles puede alterarlos un poco: Elio habló.

Se me nubla la cabeza y hago un esfuerzo inhumano por entender qué está sucediendo.  

—¿Di… disculpe? —pregunta mi mujer.

—Elio habló, señora Mendizábal. Se… comunicó con dos de sus compañeros.

—¿Qué dice? —pregunta mi mujer, atónita pero feliz. Voltea y me mira como si hubiese ganado un premio y yo fuera a dárselo. Con los ojos desorbitados se lleva las manos a la boca. Debe estar pensando que sus plegarias sirvieron de algo. Debe imaginarse frente a su nicho, besando todas las cabecitas de sus santos.  Pero justo cuando va a decir palabra, la directora se anticipa, extiende sus manazas y nos pide tranquilidad con ese gesto. Yo no muevo ni una ceja, soy el último en reaccionar.

—Elio habló —repite la directora—, pero no sólo es por eso que los mandé llamar.

A mi mujer se le esfuma la sonrisa. Le han arrebatado el premio de las manos.

—Miren, dos de sus compañeros acusan a Elio de haberlos insultado, utilizando palabras… muy fuertes, digamos. Ofensas graves, en la jerga de obreros de la construcción.

Entonces sí que intervengo. A mi hijo nadie le llama albañil:

—Espere un momento —le digo—. Mi hijo es mudo, nunca ha hablado. Diez años y ni una sílaba. Hasta cuando estornuda lo hace en silencio. Esos dos niños están mintiendo. Se pusieron de acuerdo para difamarlo.

—Hemos desechado esa opción —dice la directora—. Verá, ambos son de diferentes edades, diferentes salones. No son amigos, y sin embargo, coincidieron en que Elio usó la misma frase, palabra por palabra.

Carmen se queda muda. Es mi deber lanzar la contraofensiva. Le pido a la directora que nos diga la frase a la que se refiere. Si lo que dice es cierto, merecemos saber cuáles fueron sus primeras palabras. Ella niega con la cabeza y acaricia su collar de perlas.

—No creo que sea necesario —responde.

Insisto. Así que toma un papel y la escribe. Me lo da. Lo leo. Suena a algo que diría mi padre. Luego se lo extiendo a Carmen.

—¡Elio jamás diría esta marranada! ¡Tiene apenas diez años, por dios! —dice Carmen, arrugando la hoja y haciéndola bolita—. Ni siquiera sabe el significado de… ni cómo se usa…  ¡no!, ¡diez años!

La directora echa mano de su experiencia como apagafuegos. Cede un poco. Discutimos otro rato y concluye diciendo que, dada la particularidad de la situación, no sancionarán a Elio. No por esta vez.

—Deben platicarlo con él —nos dice en la puerta de su oficina, ofreciéndonos la mano—. Ya es capaz de hacerlo.

 

Mientras conduzco hacia la casa, Carmen va de rodillas sobre el asiento del copiloto, girada hacia atrás para tener de frente a Elio y hacerle todo tipo de preguntas necias, esperanzadoras, cursis. Pero el niño no le da pie con nada. Se mantiene en silencio, como un criminal con experiencia. Carmen se desespera. Primero intenta ser tierna y luego lo cuestiona con enfado.

—Cariño, puedes confiar en nosotros, somos tus padres —le dice Carmen Buena. El niño baja el vidrio eléctrico y se distrae mirando los espectaculares—.  ¡Mírame a los ojos y responde! —grita Carmen Mala.

Me uno al silencio porque no quiero discutir. Todo esto es una tontería entre escuincles. Ya antes se han burlado de mi hijo, y no será la última vez. Dos listillos le gastaron una broma cruel, han inventado una mentira que hasta la directora y la tonta de mi esposa les han creído.

—¿No vas a decir algo? —me pregunta Carmen, visiblemente frustrada, en busca de un relevo en el interrogatorio.

Me toca semáforo en rojo, de modo que resulta más incómodo mantener la vista hacia el frente para evitar voltear a verla.

—¿Ahora tú eres el que no dice nada? ¿Vamos a vivir así, en una pinche película de cine mudo?

Siempre que dice una grosería se echa a llorar. Es como si no aguantara su sabor en la boca. Prendo la radio para ignorar su berrinche. Me estaciono frente a la casa.

—¿No vas a guardar el coche? —pregunta moqueando.

—No. Al rato vamos a clase.

—¡Arturo! —me grita, como si fuese un imbécil que no ha sabido leer las señales—. Hoy no irán a ningún lado. Vamos resolver esto.


   
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Jaime Hernán Martínez

Escritor.


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