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NUEVA ÉPOCA NÚM. 151 SEPTIEMBRE 2016 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Tras la línea
Venecia en fragmentos


Sergio González Rodríguez
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 151| Septiembre 2016| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

González Rodríguez, Sergio , "Tras la línea. Venecia en fragmentos" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Septiembre 2016, No. 151 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=805&art=17393&sec=Columnistas > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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En un cuarto de hotel se realiza a menudo el deseo que expresó el Fausto de Goethe en torno del momento fugaz: “Detente, pues; ¡eres tan bello! La huella de mis días terrenos no puede borrarse en el transcurso del tiempo. En el presentimiento de tan alta felicidad, gozo ahora del momento supremo”. Tal cual: la sensación de plenitud adviene de pronto allí, ya sea que se halle uno acompañado del ser amado, o que esta acuda como presencia onírica en la soledad nocturna. El cuarto de hotel es una cápsula del tiempo.

Una noche, Don Draper invita a cenar a Rachel Menken. Mientras toman el aperitivo, Draper realiza su rutina habitual: desconcertar con sus palabras. Le dice a Rachel que el amor es inexistente, que lo que se llama amor es sólo algo que alguien como él inventó para vender medias de nylon. Un eslogan publicitario. Rachel, confundida, se muestra escéptica ante esas palabras. Y fascinada. Draper continúa: se nace solo y se muere solo, y el mundo te impone unas cuantas reglas para que te olvides de eso, pero yo no lo olvido. Vivo como si no hubiera mañana, porque no hay ningún mañana. El desenlace de aquel diálogo se dará en un cuarto de hotel.

Y luego vendrá la decepción de Rachel en un reencuentro, ya no en un cuarto de hotel sino en la oficina de ella: “Estoy preocupada: este affaire es una fantasía”. El malestar de Rachel concluirá con estas palabras: “Este es un acostón, un affaire barato. Tú no quieres huir conmigo. Tú simplemente quieres huir. Eres un cobarde”. El silencio de Draper y su retirada cierran la escena. La verdad entra con el peso del mundo. El cuarto de hotel sería un umbral entre el sueño y la realidad.

 

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Don Draper
© Wikicommons

 

Buena parte de la vida erótica-sentimental de Don Draper, el antihéroe de la serie televisiva Mad Men acontece en espacios furtivos: cuartos de hotel, recámaras adúlteras, pasillos o antesalas, traspatios de restaurantes o bares que colindan con callejones siniestros. Esta circunstancia no sólo viene de que, cuando niño, Draper creció en un prostíbulo, sino que su personalidad encarna al prototipo urbano-moderno que sobrevivió a la hambruna de los años treinta y al frente de guerra. Al colocarse en el medio de la publicidad, ascendió poco a poco a fuerza de su talento como vendedor y gracias a su carencia de escrúpulos.

El encanto de Draper es idóneo para los espacios laterales o contranormativos. Una mezcla de apostura varonil, actitudes cínicas, soberbia elegante y mentalidad nihilista. El cuarto de hotel y sus derivaciones constituyen su reino. Por lo tanto, la fantasía sexual que lo lleva una y otra vez a seducir mujeres suele tener éxito cuando confluyen ambos factores: una mujer proclive a él (así sea en forma temporal) y una oportunidad (casi siempre marginalizada respecto de la normalidad cotidiana). El instante fugaz que Fausto desea eternizar y termina por desvanecerse en el vacío.

He escrito lo anterior con el recuerdo de lo que acabo de soñar: estoy en un departamento amplio, debe de ser un loft, puesto que al fondo hay una ventana muy alta. Abro los ojos y descubro la cama en la que duermo (el típico sueño tan profundo que uno sueña que sueña). Visto un pijama azul y blanco de tela fina, terso y bien diseñado. Volteo a mi izquierda y una mujer se viste. No la reconozco. No es nadie que venga de la realidad ni de mis deseos obvios. Al menos, su rostro nada me dice: no proviene del pasado ni del presente. Sin embargo, es una mujer hermosa que me sonríe. Tiene el cabello recogido, castaño, abundante. Viste sostén y bragas color blanco que se ajustan a su cuerpo curvilíneo y equilibrado de piel blanca. En lo que afino la mirada un niño pequeño, de cuatro o cinco años, se acerca a jugar conmigo. En el sueño sé que se trata del hijo de ella, que nos mira hablar y juega un poco. Sé que ella es feliz de tenerme allí. En el sueño, debido a que todo se muestra vívido e intenso, comienzo a angustiarme: me siento un intruso de mí mismo. Advierto que soy una intervención viva en la inmediatez de una mujer que desconozco. Despierto inmerso en cierta incomodidad que une el deseo, la dicha y el prurito del impostor. Y pienso de inmediato en Don Draper.

La pregunta surge: ¿habré llegado con esa mujer onírica por un juego de seducciones que encubren la frivolidad y la promesa, y que el sueño ha dejado fuera en su aparición más cautivadora, fáustica? La duda corroe todo anhelo cuando está desprovista de un horizonte trascendental. La materia del deseo, por su unilateralidad, tiende a lo inmanente.

Fui a Sevilla en 2010. Tenía que participar en un encuentro académico en la Escuela de Estudios Hispano-Americanos cuya sede congrega, además de una residencia para estudiosos, un auditorio y otros servicios. Llegué y me asignaron una habitación en la planta baja, que en la parte que me correspondía era equivalente a un sótano. Nada me inquietó de aquel recinto pequeño y oscuro. Dejé mis cosas y salí a la calle. A pesar de su modernización de las últimas décadas, Sevilla guarda su espíritu tradicional. Entre un barrio y otro, cuando uno camina se siente la vibración del pasado, que parece provenir de la arquitectura de sus palacios antiguos y de la fuerza serena del río Guadalquivir, que trae el influjo de ultramar.

Volví a la residencia para encontrarme con una amiga, que estudiaba entonces en la Universidad de Granada, urbe que yo conocería en otro viaje. Mi amiga y yo comimos en compañía de su novio, un profesor gentil y ameno en su plática. El vino, las risas y un café arábigo completaron la fatiga del jet lag. Llegué al atardecer a la residencia con un dolor de cabeza tremendo. Caí en la cama deshecho de cansancio. Horas después, me desperté horrorizado: sentí que el suelo temblaba y todo alrededor daba vueltas, el cuarto apestaba a cañería y, aunque desperté por completo, fui incapaz de orientarme en un espacio que desconocía. La oscuridad evitaba un signo de orden en medio de aquel caos. Entendí poco a poco que los yinn negativos me recibían esa noche.

El folclor árabe reconoce la existencia de esos genios (que pueden ser positivos o negativos) y que están en nosotros mismos. O quizá, mejor dicho, cada persona puede ser el vehículo para atraerlos. Significan las fuerzas elementales de la naturaleza que emergen para recordarnos nuestra ignorancia racionalista y nuestras limitaciones frente al misterio de la creación.

Intenté dormirme para huir del vértigo aquel y sólo conseguí entrar en pesadillas circulares y febriles, en las que yo caminaba y caminaba rodeado de sombras acechantes y funestas. Con el amanecer, el asedio de los yinn disminuyó hasta desaparecer. Sólo quedó de aquella noche el olor pestífero a caño.

Ya había olvidado mi estancia en Sevilla cuando, años después, en 2015, viajé a Cartagena de Indias. Durante mi primera noche allá, acudieron los genios del mar Caribe y desempeñaron sus ritos ancestrales de fertilidad en medio de mi atribulada cabeza. En el sueño, una cohorte de deidades afrocaribeñas se entregaron a una orgía desenfrenada que tenía por objeto convencerme de que debía incorporarme a ella. Como no suelo ser un plan de la primera noche, me resistí a sangre y a fuego y me mantuve como un espectador azorado ante un espectáculo ancestral que me rebasaba. Desperté. La luz del sol se colaba entre las gruesas cortinas del cuarto.

La corporeidad de los espectros aquellos me hizo evocar la noche atroz de Sevilla. Y, en parte para exorcizar su fiereza y en parte para poner equilibrio en mi mente, me puse a rememorar el tema de los fantasmas en la Biblia: Ezequiel, 37, por ejemplo: el valle de los huesos, del que resurgirá un ejército que será redimido. Un tema que, si no recuerdo mal, Alexander Lernet-Holenia recuperó para su novela El barón Bagge, escritor a quien por cierto Juan Rulfo leyó, según me contó alguna vez Fernando Benítez. Luego pensé en los pueblos-fantasma, en las zonas decaídas de las ciudades, en las casas abandonadas.

Enseguida, pasé a reflexionar ya no sobre los fantasmas, sino sobre los reemplazantes materiales de ellos: los talismanes, las sortijas, las pulseras, las imágenes, los juguetes. Y se deslizó, sin que me diera cuenta, de modo extraño y oportuno a la vez, la idea sabia de Santo Tomás, quizás una de las más sabias en la historia de la humanidad: haz el bien, evita el mal.

Tiempo atrás, las autoridades de Venecia invitaron al escritor Predrag Matvejević a que fuera a Venecia y estuviera allá una temporada: si le fuera dado, escribiría sobre dicha estancia. Afín a la arqueología espiritual, el escritor bosniocroata se dedicó a hurgar en la ciudad, en sus sótanos y márgenes, y descubrió un cementerio para perros y gaviotas, plantas desconocidas, monasterios hundidos bajo la ciudad. Un día descubrió también los restos de un taller de cerámica. Su experiencia consta en La otra Venecia. Los desechos de cerámica sirvieron para construir al paso del tiempo casas y cimientos. Las imágenes de santos, ángeles, madonas y Jesucristo están allí, medio milenio después. O adornan las vitrinas más lujosas de colecciones y museos. La basura transfigurada en lo más valioso. Boris Gunjević desprende que así es la teología hoy: un conjunto de fragmentos para reconstruir el mundo. Para mí, y por ahora, el episodio de Matvejević trata a su vez de algo muy sencillo y decisivo: los restos de lo soñado en cuartos de hotel son indicios de lo trascendental.


   
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Sergio González Rodríguez

Nació el 26 de enero de 1950. Crítico, narrador, ensayista, historiador de la literatura y guionista. Estudió la licenciatura en letras modernas en la FFyL de la UNAM (1978-1982). Investigador de la...


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