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NUEVA ÉPOCA NÚM. 151 SEPTIEMBRE 2016 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Aguas aéreas
Un triunfo de López Velarde


David Huerta
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 151| Septiembre 2016| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Huerta, David , "Aguas aéreas. Un triunfo de López Velarde" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Septiembre 2016, No. 151 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=805&art=17395&sec=Columnistas > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Una de las erratas verdaderamente épicas de la literatura mexicana es la persistente, hipermétrica, oligofrénica, obsesionante, del último verso de “La suave patria”: “la carretera alegórica de paja” en lugar del correcto “la carreta alegórica de paja”, tal como los mexicanos la hemos debido leer durante 95 años.

Resulta desalentador ver cómo la pifia se ha reproducido, impresa, cientos de veces, en ocasiones con dineros públicos, en tiradas inmensas hechas a la diabla para encartes de periódicos en algún aniversario del poeta; gracias a una rápida pesquisa a través de Google, la volví a encontrar en el primer “sitio” consultado: allí estaba una vez más la “carretera” pesadillesca.

El poeta y crítico Fernando Fernández recuerda la historia de la errata, justamente indignado, en su magnífico libro, Ni sombra de disturbio, publicado en 2015 por Auieo y el Taller Ditoria. Recuerda Fernández, también, cómo pasó al inglés en una infortunada, infame traducción, a la cual me asomé alguna vez pero me retiré de inmediato, turulato: aquello no era ni carne ni pescado, ni inglés ni español (lo digo aun si mi dominio del inglés no es ninguna maravilla), sino un batiburrillo en toda forma. Un horror; y para colmo se leía al final del poema: “the allegorical highway of straw”. La carreta alegórica se había convertido en una autopista, quizá gringa.

 

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Ramón López Velarde
© Archivo UNAM

 

Y miren, escuchen ustedes si el verso no es bonito: con ese acento clásico en sexta sílaba, exaltado, en una larga esdrújula, para rematar en tesitura baritonal el poema del tenor imitador del bajo (léase el principio teatral, declamador, actoral u operístico). “La carreta alegórica de paja”: plenitud de las aes, siete sonidos abiertos a esa intemperie a la cual se menciona con todas sus letras en el verso anterior (“a la intemperie, cual una sonaja”) en donde aparece una de las palabras de la triple rima: faja/sonaja/paja.

Sí, es un verso hermoso, eficaz. Me intriga empero el hecho siguiente: algunos críticos lo consideran difícil de interpretar, oscuro, enigmático y hasta hermético. Nunca me lo ha parecido: para mí es clarísimo. (Quizás algún crítico lo haya entendido de la misma manera; pero no lo he leído. Como no soy especialista, pierdo muchas pistas y quizás estos renglones lluevan sobre mojado). “La carreta alegórica de paja” es un triunfo, sencillamente; como los de Petrarca en la Italia del siglo XIV, como el garcilasiano de la Canción Quinta en el siglo XVI, como el de un soneto sobrecogedor de Lope de Vega (“Al triunfo de Judit”) en el XVII, uno de mis favoritos del Fénix. ¿Un triunfo? Si hay alguien allí, le ruego seguir leyendo.

 

He aquí, ahora, a Leo Spitzer: nadie mejor para explicarnos por dónde va la cosa con eso del “triunfo”. Lo explica sucintamente en un ensayo crítico acerca del poema lopesco sobre Judit. Hay explicaciones, descripciones, imágenes y testimonios históricos sobre los triunfos romanos en mil y un lugares. Aquí invocamos y aprovechamos a Spitzer pues él lo dice en un texto sobre poesía.

Hay un trionfo italiano, renacentista, resurrección o resurgimiento del triumphus romano, desfile concedido por el Senado a los generales conquistadores en las guerras contra los bárbaros. En sus orígenes romanos, el triunfo es desde luego una fiesta militar, un poco lúgubre y siniestra, pues se trata de un despliegue sanguinario de arrogancia imperial; con el paso de los siglos, se transfiguró de mil maneras. Para Garcilaso de la Vega, los triunfos de los generales romanos se parecen, pero en pequeña escala, a las campañas gloriosas del césar cristiano, Carlos V, contra alemanes y franceses; el monarca de España y Alemania es más grande aún, y más puro, más virtuoso. Su imperio es o será mayor; sobre sus dominios no se pondrá el sol. La Canción Quinta nos presenta uno de esos triunfos con una enorme plasticidad:

…aquellos capitanes
en las sublimes ruedas colocados,
por quien los alemanes,
el fiero cuello atados,
y los franceses van domesticados…

Los alemanes y los franceses van con el cuello atado o encadenado, como fieras ya vencidas por la mano del rey Carlos. Todo esto recuerda la imagen de Vercingétorix, heroico capitán galo, derrotado y subyugado por Julio César.

Hay una larga descendencia de esas celebraciones, incluido el desfile triunfal del ejército mexicano por las calles de la ciudad capital cada 16 de septiembre. El triunfo de Judit no es el de un ejército sobre otro ni despliega multitudes de soldados; sino el de una heroína sola vencedora del tirano asirio Holofernes: su triunfo ocurre en las elevadas murallas de Betulia, en donde la “casta hebrea”, resplandeciente, bañada por una luz venida de lo alto, exhibe para gloria de Dios, ante el pueblo azorado, la cabeza del “feroz tirano”.

Spitzer llama la atención acerca de la amalgama de tradiciones en el poema de Lope: una pagana, la del triunfo propiamente, y la cristiana prefigurada en esa historia —no canónica, por cierto— del Antiguo Testamento. Compara el sintagma “triunfo de Judit” con la frase “ninfas de Judea” de san Juan de la Cruz, para mostrar esa hibridación o cruce de tradiciones. Aun cuando el de Judit sigue siendo un triunfo, las diferencias con los triunfos romanos son notables: la vencedora es una mujer, capaz de decapitar a un hombre poderoso y atemorizante.

Hay muchos cuadros con el doble tema de Judit y Holofernes, uno de ellos de la brillante discípula de Caravaggio, Artemisia Gentileschi, escena glosada por el pintor ruso-mexicano Vlady. La recreación de la Judit de Gentileschi hecha por el pintor moderno está en los acervos de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, y puede verse en el Centro Vlady, en los muros de ese recinto, en Mixcoac. Un par de veces he “disertado” ante pacientes compañeros sobre los paralelismos de pintura y poesía y en torno de ese triángulo fabuloso: Artemisia Gentileschi, Vlady, Lope de Vega; podría agregar a Ramón López Velarde.

Algo semejante a las palabras de Spitzer sobre el poema lopesco puede decirse del final de “La suave patria”: López Velarde fusiona en el verso de la carreta alegórica el poema patriótico, el canto civil, con una fiesta pastoril de raíz virgiliana y evoca su fe católica por medio de una remembranza del Domingo de Ramos. La Patria, sentada en un trono sobre un humilde carromato campesino, desfila ante el mundo con la banda o faja tricolor, trigarante, cruzada sobre el pecho. No desafiante, no soberbia; sino segura en su “verdad de pan bendito”. Triunfante, sola, orgullosa, renovada después de padecer la “mutilación de la metralla” durante la Revolución.

Si vemos los últimos versos de “La suave patria” entenderemos un poco mejor, creo, la razón de ser de ese triunfo en el endecasílabo conclusivo del poema. Martha Canfield examina lúcidamente el pasaje final de “La suave patria” en La provincia inmutable, su estupendo libro de crítica velardiana:

Sé igual y fiel; pupilas de abandono;
sedienta voz, la trigarante faja
en tus pechugas al vapor; y un trono
a la intemperie, cual una sonaja:
la carreta alegórica de paja.

¿Cómo no va a finalizar el poema con un triunfo? No es un final desconcertante sino perfectamente lógico, festivo, celebratorio; y es poético pues echa mano de un recurso fundamental, antiquísimo, de la poesía de todas las eras: el alegorismo. La carreta es, como los Triunfos de Petrarca, una alegoría cabal y López Velarde lo dice con todas sus letras con el adjetivo adosado a ella.

Los Triunfos de Petrarca son alegorías muy conocidas e influyentes en Europa, en el ámbito poético; son los triunfos del amor, la muerte, el tiempo, la castidad, la fama y la eternidad, y sería legítimo ponerle a cada una de esas palabras una mayúscula inicial para poner de resalto su condición alegórica. Por lo menos dos figuras, la de la Fama y la del Amor, son mujeres sentadas en tronos, como la patria de López Velarde; pero sus carros son suntuosos, mayestáticos, diferentes por ello de la modesta carreta de paja de la alegoría patriótica: es el triunfo de la provincia íntima, identificada con el país entero.

La entrada de Jesús en Jerusalén el Domingo de Ramos es un triunfo cristiano, desde luego, muy diferente de los triunfos de los generales romanos. No es difícil pensar cómo le habrá gustado a Ramón López Velarde esa clase de triunfo, concordante con su fe, y cómo terminó por trasladarlo a su poema patriótico. Spitzer habla de un triunfo trasmundano de Jesús en la Epístola a los Colosenses de San Pablo: “Y despojando los principados y las potestades, sacólos a la vergüenza en público, triunfando de ellos en sí mismo”.

Un desfile o triunfo es algo digno de ser visto. De ahí las cualidades plásticas del poema de López Velarde, destacadas por algunos comentarios: ponen la pieza poética junto a las obras de los muralistas mexicanos, ocupados del mismo tema nacional.

El cargamento de paja representa todo eso tan esencial para el poeta: la vida del campo, la pureza de la provincia, quizás hasta las virtudes productivas de la pequeña propiedad, la agricultura opuesta a la promesa de industrialización del petróleo diabólico. El petróleo, escriturado por el mismísimo Diablo para la patria desgarrada:

El Niño Dios te escrituró un establo
y los veneros de petróleo el diablo.

Las célebres “dualidades funestas” trazan un microsistema perfecto: la divinidad le ha entregado a la patria suave los dones de la espiritualidad, la vida provinciana y las labores campesinas; el diablo del progreso le da, en cambio, la maldición del petróleo.

 

En los restos de la casi despedazada Casa del Deán, en Puebla —ese destrozo es otra vergüenza nacional; pena irreparable, monstruosa—, hay unos frescos muy bellos con los Triunfos de Petrarca interpretados plásticamente; hay también pinturas de algunas Sibilas. Ignoro si representar con figuras y colores los versos alegóricos de micer Francesco Petrarca era o es algo así como un género o subgénero pictórico; esas imágenes me gustan enormidades pues están ligadas directamente con la gran poesía del siglo XIV. Cuando alguien va a la ciudad de Puebla no me canso de recomendar esa visita, magnífico complemento (no indirecto ni circunstancial, sino virreinal) al conocimiento de la Biblioteca Palafoxiana. Siempre me he imaginado el triunfo de López Velarde, en el remate de su más célebre poema, con colores y perspectivas muy semejantes a los de esas figuras parietales en la Casa del Deán.


   
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David Huerta

Nació en la Ciudad de México el 8 de octubre de 1949. Poeta, ensayista y traductor. Estudió Filosofía, Letras Inglesas y Españolas en la FFyL de la UNAM. Ha sido redactor y editor de la Enciclopedia de...


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