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NUEVA ÉPOCA NÚM. 151 SEPTIEMBRE 2016 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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La música es un misterio


Pablo Espinosa
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 151| Septiembre 2016| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Espinosa, Pablo , "La música es un misterio" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Septiembre 2016, No. 151 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=805&art=17397&sec=Columnistas > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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¿Por qué la música es un misterio?

La música es un misterio que se revela cada vez que suena una partitura de Mozart en algún punto del planeta.

La música es un misterio por las veces que aletea la mariposa.

La música es un misterio por el canto de la sirena, por su deslizarse musicalmente, sonidos tan íntimos, sobre el agua.

La música es un misterio, explica Pascal Quignard, cuando el barco se aproxima a la isla de las aves con cabeza de mujer que en griego se llaman sirenas.

Hay en toda música, dice Quignard, una llamada que yergue, una conminación temporal, un dinamismo que agita, que empuja a desplazarse, a levantarse y dirigirse hacia la fuente sonora.

La música es un misterio que atrapó William Shakespeare en sus 154 sonetos. Es un misterio por cada uno de esos versos que cantan así:

Take all my loves, my love
Yiei, take them all

 

La música es un misterio por el suspiro, por el susurro, por la sonrisa. Porque cuando suavemente aletea una mariposa es porque está sonriendo.

La música es un misterio porque reproduce el ligero temblor de la hoja del jazmín cuando sopla el viento y, plena de aroma, nos anuncia lluvia y todo huele a jolgorio, húmeda alegría.

La música es un misterio por el milagro que es la vida, por la respiración consciente en lo profundo de una meditación.

La música es un misterio por el saludo al sol, por la flor de loto, por las asanas. Por los siete chakras.

La música es un misterio por cada vez que el sol se asoma sobre las montañas. Por cada instante dorado y rojo profundo que deja en las montañas de la otra ladera para anunciarnos dulces sueños.

 

imagen
Johannes Vermeer, Dama sentada frente a un clavicémbalo, 1675
© Wikicommons

 

La música es un misterio por el vuelo del colibrí, por su canto saltarín y divertido. Por su fulgor verde diamante, sus alas majestuosas, su libar silbante que entona himnos de amor y cuando nos visita en nuestra ventana es para decirnos que todos quienes amamos estamos bien.

La música es un misterio por el bien, por la luz, por el lado jubiloso de la vida.

La música es un misterio por la existencia, por el latir de un corazón que es clepsidra y al mismo tiempo diapasón, compás en rubato, allegro molto vivace.

La música es un misterio porque reproduce la voz humana en la viola da gamba de Monsieur de Sainte-Colombe en un relato, Lección de música, de Pascal Quignard.

La música es un misterio porque la voz de tenor de James Joyce se convirtió en glosolalia, en los pasos de Molly Bloom, en los afanes de Stephen Dedalus, en su retrato de artista persistente.

La música es un misterio por su capacidad de transformarnos, de transmitir mensajes secretos de amor, por sus virtudes sanadoras, su potencia vital, su manera de hacer estallar la pasión de la forma más delicada, como sucede en el preludio del Concierto 23 de Volfi Mozart con Chick Corea y Bobby McFerrin.

La música es un misterio porque no necesita palabras para revelar todos los misterios y hacerlos permanecer en su estado de gracia, en su condición de magia, encanto. Misterio.

La música es un misterio porque crea belleza y la belleza es la respuesta al odio, la crueldad, la indiferencia, el desamor.

El misterio de la música de Arvo Pärt es una respuesta a todo eso.

La música es el mensaje de amor por excelencia.

Por eso es un misterio.

Por su condición alada, su materia transparente.

Por su manera de caminar, la música es sendero, puerto, viaje, anhelo.

Es respuesta, bálsamo, plegaria y respuesta. Conciencia y persistencia.

La música es el aquí y ahora.

Por eso es un misterio.

Porque sucede en el tiempo pero no es el tiempo, porque el tiempo no existe. Existe el sonido, que nace siempre del silencio.

La música es el silencio más elocuente, el estallido más callado. La música es el big bang que sucede a cada instante de una sinfonía de Mozart.

La música es el uno y es el todo. Porque el todo es uno y el uno es todo. Porque lo que es arriba es abajo. La música es el eterno retorno. La música es la eternidad.

La música es un misterio porque es madre nutricia, gineceo magnífico, prosperidad, salud y amor.

La música es un misterio por su condición de salto cuántico, por su capacidad de traspasar los umbrales, de abrir los portales dimensionales que conducen a la paz interior, a la felicidad verdadera. Y la felicidad verdadera, lo dice Matthieu Ricard, consiste en un estado permanente de serenidad.

La música es un estado permanente de serenidad.

La antesala de la música es el oído. Su laboratorio en el cerebro nos lo explica Oliver Sacks, mientras Hildegard von Bingen nos plasma visiones divinas anticipando a Olivier Messiaen.

La música es miel y sangre en los Cárpatos, las laderas, los Balcanes. Es la sonrisa de Erik Satie.

La música es la dama que siempre sonríe. Su sonrisa es un misterio.

La música es un misterio porque convierte todo en bien. La música habita en el interior de personas nobles y buenas que aman frecuentar recintos donde la música vive, como el Palacio de Bellas Artes, y la llaman mi hogar, casa, tu casa, nuestra casa.

La música es un misterio porque hace valorar instrumentos musicales tan hermosos como la Sala Nezahualcóyotl, mi casa, nuestra casa.

La música es el paisaje en el que se quiso convertir John Cage.

La música es un misterio porque pone en sonidos el vuelo de las grullas que hizo correr lágrimas de éxtasis sobre el rostro de Jean Sibelius, y la música es un misterio porque dejó vibrando y sonando durante instantes interminables el contrabajo que Scott LaFaro dejó tendido sobre el piso de un cuarto de hotel luego de horas de ensayo.

La música es un misterio porque nos permite ver colores, tener experiencias sinestésicas cuando escuchamos Lux Eterna, Atmospheres y Lontano, de György Ligeti y también vemos colores cuando escuchamos la Sinfonía Turangalila de Olivier Messiaen.

La música es un misterio porque contiene nuestro cuerpo: el elemento fuego en nuestra temperatura, el elemento tierra en nuestros huesos, el elemento aire en nuestra respiración y el elemento agua en nuestros fluidos. Como bien lo puso en música Antônio Carlos Jobim.

La música es un misterio porque es un arrebato, es una vorágine, un laberinto, una tempestad.

La música es un misterio porque es un estado del alma. Y el blues, todos lo sabemos es un estado del alma. Como el alma de Janis, que nos ofrece un pedazo de su corazón en cuanto canta un blues.

La música es un arrebato porque persigue la belleza. Porque belleza genera belleza, como cuando Janis se encontró con Leonard Cohen en el Chelsea Hotel y el poeta, antes de ordenarse monje budista, inmortalizó el momento en una pieza donde, campeón de la autoironía, plasmó en un par de versos su sarcasmo: “Somos feos / pero tenemos la música”.

La música es un misterio porque cuando llueve intensamente y uno observa el paisaje desde un edificio alto, escucha con claridad la sinfonía: aquí los oboes, rebotando sobre el paraguas de la muchacha que cruza la avenida, allá los fagotes, murmurando plegarias al caer de las gotas sobre las ramas de los altos árboles.

Las tubas, trombones, cornos franceses y trompetas lanzan su estrépito a lo lejos, sobre las altas montañas, mientras un basso continuo de susurros se tienden sobre el césped del jardín de enfrente y el coro de violonchelos clama himnos amorosos mientras los hilos de agua peinan el horizonte.

Violas da gamba, violas d’amore, basses de viole y violas modernas se estremecen al fundirse con el vaho de la tarde.

Y todo se diluye entre suspiros acuosos, las gotas rebotando sobre el piso, para recomenzar. Da capo. Y todo en medio del misterio.

La música es un misterio cuando anochece en medio del campo. El basso ostinato del canto de los grillos vuelca contrapunto con los silencios y fulgores de las luciérnagas, que asienten y juegan cada vez que se apagan y se prenden.

Y el misterio crece cuando la luna se monta sobre los cerros y el rumor de las ramas se vuelve canto sacro, suave, en una profundidad que solamente las montañas comprenden.

Y entonces el ladrido de los perros a lo lejos, el rumor de las conversaciones a lo cerca, el avanzar entre mortecino y metálico de los cascos de las mulas sobre el camino de tierra y el rumor solemne del arroyo al lado del camino plantean de manera inequívoca el movimiento lento del Concierto 21 de Mozart.

La música es un misterio cuando amanece y el sol va tejiendo sobre esa campiña una mansa red de diamantes en forma de gotas de rocío.

El canto de las primeras aves, los contrafagotes que tienen en el pescuezo las vacas a punto de ser ordeñadas, el balar de los borregos, las uñas de las ardillas ascendiendo por los troncos rugosos de los árboles, todos esos sonidos se funden gentilmente con la densa neblina que los envuelve y los vuelve más fluidos, los hace sonar de manera acuosa, ventosa, transparente.

La música es un misterio porque nos pone en contacto con lo más profundo de nosotros. Por eso es un misterio.

La música es un misterio porque hace vibrar la parte más fina, más pequeña, más infinitesimal de nosotros y que antes se creía que eran las células y después esas partículas, las más pequeñas, las más íntimas, recibieron otros nombres científicos y hoy todos sabemos que nuestras partículas más pequeñas son fibras, cuerdas que vibran.

Y si eso es el alma, debe conectarnos con lo finito y con lo infinito al mismo tiempo, con todo lo que nosotros somos y nos conecta con el cosmos, con el universo.

La música es el universo. Por eso es un misterio.

La música es un misterio porque se manifiesta en todo momento. Cuando leemos un libro los sonidos no cesan, la música siempre acude a nuestra mente, como en Una visión del mar, de Dylan Thomas, cuando a mediados de verano un muchacho feliz se acuesta en un maizal y las hojas de maíz se mecen por encima de él como grandes abanicos y escuchamos entonces el sonido de las hojas, un sonido que toma tintes dorados por el sol.

Y por encima del muchacho y las hojas del maizal se escucha el trino de las aves en las ramas de los árboles y él se estira como un gato y cruza los brazos tras su nuca y ahora navega los mares como un velero. Flota entre las doradas olas del maizal y se desliza por el cielo como un ave y encuentra tras los maizales la línea del río que serpentea entre las colinas y mete los dedos en el agua como provocando una ola y escuchamos el estruendo de esa ola como en una partitura de Claude Debussy mientras las altas olas hacen rodar cánticos y estremecen las yerbas dormidas y el lecho del agua se remueve inquieto como un scherzo de Anton Bruckner.

La música es un misterio cuando suena en el relato La bailarina, de Ogai Mori: un joven pasea por el Tiergarten en Berlín y escuchamos el rumor del viento entre los troncos de los árboles y en medio de ese barullo el sollozo de una joven a cuya belleza, dice Ogai Mori, solamente un poeta puede hacer justicia, a sus ojos azules y luminosos, protegidos por unas largas pestañas que prácticamente atrapan sus lágrimas y escuchamos entonces el sonido del suspenso de esas lágrimas en el sonido tintinnabuli, la música de Arvo Pärt, la única que puede describir en sonidos esa escena.

La música es un misterio cuando escuchamos, sin que ella lo percuta, el sonido del tambor enorme que carga sobre sus espaldas una muchacha por un sendero del bosque, en compañía de otros músicos ambulantes en el relato La bailarina de Izu, de Yasunari Kawabata.

Escuchamos lo mismo que escucha el muchacho del relato en la oscuridad de su habitación, que se ilumina con el rumor de la lluvia que cae furiosamente y esa música de agua se mezcla con el sordo retumbar de un tambor y el joven desliza precipitadamente la hoja de la ventana de madera y se asoma.

Escuchamos, junto con él, el repiqueteo del tambor que parece acercarse por momentos mientras una ráfaga de viento proyecta la lluvia sobre la cabeza del joven. Y también sobre nuestra cabeza, que escucha ráfagas, viento estremecido, madera en cuyos nudos anidan perlas de agua.

Y entonces el joven percibe, y nosotros percibimos junto con él, el sonido de un shamisen y el canto de una mujer y hasta los oídos del joven, y también a nuestros oídos, llegan ruidos y risas de una fiesta y el joven exclama: “¡oh, mi pequeña bailarina sigue tocando el tambor!”.

Al amanecer, desde su ventana, el muchacho ve surgir la figura de una muchacha desnuda. Ella levanta los brazos y lo llama. Y en la mente del muchacho escuchamos: “¡Oh, esa pequeña bailarina!” y contempla ese hermoso cuerpo, esbelto como un joven arbolito y le parece que en su corazón empieza a cantar una fuente de plata.

Y una dulce armonía reina en su corazón.

Mientras en nuestro corazón reina también una dulce armonía, como la que percibimos cuando escuchamos el movimiento lento de la Gran Partita para alientos, de Volfi Mozart.

Y entonces el joven deja correr las lágrimas que repentinamente brotan de sus ojos y le parece que toda su cabeza se diluye en agua clara. Gotea y deja tras de sí la dulzura de una dicha incomparable.

La música es un misterio porque la ofician sacerdotisas, sabias, brujas, hadas, mujeres tan poderosas como la hermana budista Meredith Monk, la entrañable Nina Simone y Lady Day, como nombró el único hombre que amó a Eleanora Fagan y que el mundo conoce como Billie Holiday, con su voz de volutas de humo azul y sabor a bourbon, su voz rasposa, sus agudos inocentes, sus entrecortados suspiros.

La música es un misterio porque Eleanora Fagan enuncia, como nadie lo ha hecho y como nadie lo hará, la pasión. Un hada devorada por el fuego de la pasión.

Porque cuando canta Billie Holiday canta un ángel, todo enfundado en blanco, con sus gardenias en el pelo, su sonrisa blanca.

La música que hace a diario Lady Day no la puede hacer si no es un ángel. Oscuro. Caído. Misterioso. El fraseo de Billie Holiday cuando canta es un misterio por la manera como agrupa las vocales, cantila consonantes, forma un río de lágrimas candentes con el conjunto de frases musicales y luego las vuelve volcán de gozo.

La música es un misterio porque cuando expiró el único hombre que amó a Eleanora Fagan, a quien todos amamos con el nombre de Billie Holiday, ella murió de amor unas semanas después. Su rostro triste, cabizbajo dentro del féretro, toda ella ataviada en blanco. Como una novia.

Como un ángel de regreso a casa.

Y entonces ya todo lo demás, todo lo demás es un misterio.


   
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Pablo Espinosa

Nació en Córdoba, Veracruz, en 1956. Periodista cultural. Fue subjefe de prensa del INBA (1980-1982). Colaboró en El Fígaro, Cineguía, entre otras publicaciones. Ha sido reportero de las secciones culturales...


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