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NUEVA ÉPOCA NÚM. 151 SEPTIEMBRE 2016 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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El largo día de G Steiner


Edgar Esquivel
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 151| Septiembre 2016| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Esquivel, Edgar , "El largo día de G Steiner" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Septiembre 2016, No. 151 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=805&art=17399&sec=Columnistas > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Sabiduría y genialidad se empalman, en ocasiones, en una sola metáfora, genuina e ilimitada, que bien puede ser una idea o algo menos atemporal. No se trata en ese caso de un simple pase de formalidad —o responsabilidad— en el ejercicio de pensar, como si fuese un hecho fortuito, o un accidente que adolece de premeditación, es decir, la ausencia de errores. Sobre nuestra época —ocurre en todas— esa condensación de imaginarios e interpretaciones tiene voceros fulminantes e indómitos que elevan de forma contundente sus visiones y lamentos acerca de cómo y dónde nos encontramos, y de qué manera transcurrimos en este tiempo. Pero tal vez todo se reduce a un día, a la evocación de uno solo. Ya en Presencias reales George Steiner (París, 1929) precisó que ese día en particular existe, al menos en Occidente, “del que ni la relación histórica, el mito o las Escrituras dan cuenta. Se trata de un sábado. Y se ha convertido en el día más largo”. Para la Cristiandad son tres los días en los que eclosiona un nuevo sentido de la existencia, comprenden la Crucifixión —viernes— y la Resurrección —domingo—. Sin embargo, es una ausencia la que nos determina en función de razón y devoción —muerte e ilusión—, es decir, ¿qué ocurre en ese sábado?. “El nuestro es el largo día del sábado” y la espera se antoja risible, dramática.

En sus conversaciones con Laure Adler, que dan forma al libro Un largo sábado, Steiner reitera que en ese esquema de viernes, sábado y domingo, tomado del Nuevo Testamento, yace la “incertidumbre del sábado en el que no sucede nada, en el que nada se mueve”. La sugestión de ello es poderosa e inabarcable, pues sin importar el ámbito del conocimiento o creencia se aduce un principio y un final, quedando un tanto al garete lo que hay en medio de esos extremos, un trayecto inmisericorde, sujeto a las convenciones del deseo y la necesidad —sobrevivencia, angustia—, o a los extremos de la razón —locura, impiedad—. “El mesías no vendrá y el sábado continuará”.

 

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Al no haber un plazo determinado ni una extensión o forma precisas dentro de ese dilatado día fatídico, puede entenderse que el “mientras tanto” —el ocio— da lugar a alternativas, a paliativos que nos conminan a evadir la espera de la utopía o el recuerdo forzado del comienzo: “toda profecía es simplemente memoria activa, no se puede prever nada, solo mirar en el retrovisor de la historia y contarnos historias sobre el futuro”, después de todo cada quien vive su sábado como mejor le plazca. “Sábado de lo desconocido, de la esperanza sin garantías” que dota a la ansiedad y la paciencia de rostros divertidos o grotescos; día de ambición, cólera y sumisión.

La ciencia y las humanidades, por ejemplo, no suelen mirarse de frente, quizá sea más tolerable el roce de sus espaldas, tómese en cuenta que la primera observa hacia delante (es el futuro), y en la segunda la gavia, de origen, está volteada, ofreciendo la posición contraria —cómodo palco— para mirar hacia el pasado. Todo sucede entre el viernes y el domingo, el sábado es el día de la libertad y la fantasía, de la desobediencia y la ignominia, es la oportunidad de crear —no hay tiempos ni compromisos—, de plantar cara al silencio, de aprender la honesta lección de Heidegger —“ser los buenos invitados de la vida”—, la ocasión de atisbar por un instante nuestra condición humana: suma de desesperación y esperanza, pero también de inevitables resignaciones —“no creo que volvamos a tener un Shakespeare, un Dante, un Goethe, un Mozart, un Miguel Ángel, un Beethoven”.

No terminamos de imaginar cómo será el domingo y ya resulta más difícil tratar de acordar cómo y quiénes hemos de arribar a él —“¿habrá un domingo para el hombre?, no lo veo nada claro”, se lamenta el autor de Lenguaje y silencio. Bajo ese precepto la apuesta se reduce a dos cuestiones incomprensibles y misteriosas: por un lado, la gran experiencia artística, que está “más allá del bien y del mal” (“¿por qué la música —como las matemáticas— no puede mentir?”, ¿por qué el lenguaje “lo permite todo”?); y por otro, la inevitable nostalgia de los titanes del pasado. Ante sendas disyuntivas mejor será evocar, para deleite de propios y extraños, las cuerdas palabras de un célebre escritor irlandés: hay que fracasar mejor.


   
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Edgar Esquivel

Ensayista y promotor cultural. Originario de Occidente, ha publicado también en las revistas Este País y Siempre!.  Desarrolló actividades de programación y organización en el Museo...


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