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NUEVA ÉPOCA NÚM. 151 SEPTIEMBRE 2016 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Cristina Rascón
La imaginación perturbadora


Guillermo Vega Zaragoza
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 151| Septiembre 2016| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Vega Zaragoza, Guillermo , "Cristina Rascón. La imaginación perturbadora" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Septiembre 2016, No. 151 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=805&art=17401&sec=Columnistas > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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La primera palabra que se le viene a uno a la cabeza después de leer los Cuentráficos de Cristina Rascón es perturbador. Dice el diccionario que perturbar es “inmutar, trastornar el orden y concierto, o la quietud y el sosiego de algo o de alguien”. De esta definición, la palabra que más me gusta es inmutar, que es “sentir una conmoción repentina del ánimo, manifestándola por un ademán o por la alteración del semblante o de la voz”. Todo eso es lo que provoca la lectura de estos cuentos.

Pero vayamos por partes. El 2006 fue crucial para Cristina Rascón —escritora, economista, traductora y empresaria cultural—, pues en ese año aparecieron tres libros suyos: este, Cuentráficos; El agua está helada, que ganó el Premio Libro Sonorense 2005 (ambos bajo el sello del Instituto Sonorense de Cultura) y Hanami (en el Fondo Editorial Tierra Adentro). Todos de cuentos. Asumimos que los Cuentráficos hayan sido escritos primero, pues incluyen varios relatos premiados, el más antiguo en 1998.

 

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Al ser un libro misceláneo, en el sentido de que no fue concebido como una unidad (como sí lo fueron los otros dos mencionados), llama poderosamente la atención de que en Cuentráficos ya se encuentran las obsesiones que marcarán el desarrollo posterior de Cristina como escritora: el juego, la metaficción y la palabra (o el lenguaje). O mejor: los juegos metaficcionales y de lenguaje. Desde el propio nombre del libro y desde el primer relato, “Autotexgráfico”, la autora nos sitúa en los terrenos del extrañamiento, de la rareza y de lo insólito. Para Cristina, como le sucedió a Julio Cortázar y a Oliverio Girondo, el lenguaje ya no le alcanza para decir lo que quiere decir, por lo que entonces hay que hacerlo nudo, quebrarlo incluso, para recrearlo, para hacerlo que vuelva a tener sentido:

Foto heliosideral. El cuento se autoscopia develado. Posorquestarla, optonea la ex plasma nemoestésica. Anti-odomancia. Supragrama ha coplado el astroducto, panmelo generó la paquicracia. Sal de la impresora, ginialocua. Tociafilia, tococarpio. Supragrama yuxtaloquia: posteriori genésica de miria y miria y miria y no tropiarán si no aristopeyas. Escritora introespecula: dónde firmo. Textarca hiperhedónico grafía: gramógrafa finita.

Sin embargo, aquí hay que tomar en cuenta que, a diferencia de los argentinos antedichos, que la emprendieron contra las limitaciones del lenguaje luego de varias obras fundamentales, en 2006 estamos ante el primer libro de una escritora que estaba por cumplir 30 años. Es decir, Cristina ya iba muy por delante cuando apenas había sonado el disparo de salida.

Así la presentó Élmer Mendoza: el de Cristina es “un universo oblongo donde prevalece la creatividad insana. Su línea es la imaginación; pero no se trata de cualquier imaginación: es esa alucinante, desbocada y posmoderna… La palabra que se expresa a sí misma que es la esencia de este arte. El grado cero de la hermosura. Cristina crea un discurso desenfadado y oscilante que se adapta a todas las intenciones: las buenas, las malas y las inconfesables. Con oficio, desliza sus historias fantásticas a la par que las realistas. Es un libro para placeres finos y perversos. Para desdoblar sueños diferentes y provocadores”.

En este libro primerizo (por primero, no por inexperto, sino todo lo contrario), Rascón abreva de las fuentes de los maestros (ya mencionamos a uno), haciendo suyos temas, formas y recursos, trastocándolos y dándoles giros insospechados, como Franz Kafka (“Escasez”), Juan José Arreola (“Se venden historias”), Augusto Monterroso (“Di”), David Markson (“Personajitos”, que me parece el más notable de toda la colección), y otros no tan evidentes como en “Diatriba a mi rostro fragmentado en una bola de vidrios que estoy a punto de ahogar en la palma de mi mano” (cuyo título podría aspirar a ser una minificción en sí mismo).

Como ha señalado Agustín Cadena, en un comentario a la primera edición del libro: “Llama la atención la gran variedad de tonos y recursos narrativos que emplea la autora. Hay textos escritos a la manera tradicional, textos posmodernos, escritos parcialmente como diálogos, en primera persona, en segunda, de tono confidencial, de ambiente realista, fantásticos. Esto de ninguna manera se siente como fragmentación o falta de unidad o de una voz propia, como sucede en otros autores jóvenes. Al contrario. En los cuentos de Cristina Rascón la forma parece estar siempre determinada por la dirección del contenido y éste es proteico, mutante y, dentro de esto, fiel a una voz íntima que es lo que le da unidad”.

Pero es “La visita”, que cierra la colección, el que en cierto modo, me atrevo a aventurar, encierra el credo de Cristina como escritora.

La visita a la que se refiere es nada menos que a la visita de La Palabra “(no confundir con la palabra de cierta religión, esta Palabra es non religious, non politikus, una palabra cualquiera del idioma cualquiera en el que usted esté leyendo este relato)”, apunta la narradora en el cuento:

—Oye, Palabra, creo que eres imperfecta, que eres un dibujo inacabado, una voluta que no vuela, una maraña de papeles que se dispersa con el viento…

—Ya párale, ¿qué crees que soy sino un invento de los hombres? Por eso no puedes plasmarme como me sientes en la garganta. Soy La Palabra… La misma desde antes de ti… Una bola de estambre con el espíritu de un suéter. Jajaja. Así de simple, de non complicated. Ningún idioma ha permanecido igual por más de trescientos años y sin embargo tú, el humano, tienes el mismo adn, el mismo tamaño de cerebro, el mismo stock de ideas y léxico atorado, desde hace diez mil años, siempre el mismo, el mismo, el mismo. 

—¿Qué, las palabras no cambian?

—Las verdaderas no. Las que usan los de tu especie, en el habla, en los oficios, en las cartas y las canciones… Ésas sí, están cambiando siempre...”.

Y cómo no van a cambiar las palabras; si cambiamos nosotros y hasta ha cambiado la tecnología con la que nos acercamos a la palabra. Por eso es un acierto que la naciente editorial Iberoamérica Ebooks, encabezada por el joven e inquieto escritor y editor mexicano radicado en España, Israel Pintor, en esta edición Deluxe (con rarezas y bonus tracks, como los discos) en formato de libro electrónico, haya incluido traducciones en inglés, chino, francés y alemán de varios de los cuentos. De esta forma, se busca trascender la barrera del idioma y salir en busca de nuevos lectores en otras lenguas, pues La Palabra, como apunta Cristina Rascón al final de “La visita”, toma su propio camino, insospechado:

Y mientras escribía como taquígrafo lo que conversaba, su silueta se fue difuminando… Arrastró su sonrisa y por último esa mirada entre maligna y sabelotodo. Desaparecieron sus formas a través de las bugambilias, su paso a desbalance, la cadencia de pata de palo fantasmagórica. Sentí un aleteo de tambores en el pectoral, era ella, así se cuela por todas las células y carga de aire la cuenca de los ojos. Palabra, ven, quiero dibujarte. Y así van tantos años desde que iniciamos esta infame relación que no sé si es sado-masoquismo o ficción esquizoidal de esto que el humano llama de ser humano.

 

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Cristina Rascón, Cuentráficos Deluxe, Iberoamérica Ebooks, Sevilla, 2016, libro electrónico.


   
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Guillermo Vega Zaragoza

Nació en México, Distrito Federal en 1967. Escritor, periodista y maestro universitario. Ha publicado un libro de cuentos: Antología de lo indecible (Plan C/FONCA/CONACULTA, 2004), y dos de poemas: Desde la...


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