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NUEVA ÉPOCA NÚM. 156 FEBRERO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Un retrato de Ida Vitale


José María Espinasa
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 156| Febrero 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Espinasa, José María , "Un retrato de Ida Vitale" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Febrero 2017, No. 156 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=810&art=17611&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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La poeta uruguaya Ida Vitale recibió el año pasado el Premio Internacional Alfonso Reyes. Esta circunstancia se tradujo en su regreso a México —país en que residió a partir de su exilio— y en la publicación de la antología Sobrevida. Estos dos hechos se hallan detrás de la sosegada y precisa lectura crítica que hace José María Espinasa, autor de El tiempo escrito, en el siguiente ensayo.

 

Y canta, luego si puedes,
si nadie escucha,
lo que te queda por no decir.
IDA VITALE

 

Unamuno expresó alguna vez su deseo de ser eterno y seguir escribiendo. Frente a él Rimbaud, la imagen del poeta niño que a los 20 años lo ha dicho todo (al menos todo lo necesario). Cioran por su lado ha expresado su elogio del morir joven con una extraña y misteriosa paradoja: quien no ha muerto joven, no merece morir. Sin embargo, el poeta longevo adquiere el rostro de un profeta, un sabio, un —ya lo dijo Mallarmé— guardián de las palabras de la tribu.

¿Y ellas? Sobre las escritoras la edad significa de manera distinta, se diría que no tienen edad, que han escapado de ella. Ida Vitale, por ejemplo, acaba de cumplir 93, el 2 de noviembre pasado, y es de una belleza fascinante, como su poesía, demasiado traviesa para ser angelical, demasiado ligera para no andar este mundo algunos centímetros por encima: anda elevada como se decía antes, pero sobre todo anda. Y desde allá arriba su andadura nos cuenta las virtudes de este mundo en donde y en su verbo hasta los defectos son poesía.

 

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Ida Vitale
© EFE

 

Ella se la ha pasado naciendo todos los días, varias veces en México, adonde ha vuelto a fuerza de amistades, libros y premios. Su generación, por una u otra circunstancias, no pocas veces políticas, vivió el exilio de su patria —Uruguay— y se arraigó en la lengua. Frente a la acidez profunda y el desencanto vital de Juan Carlos Onetti y la convicción colectiva de un Benedetti, ella edifica una enredadera de palabras en las que los negros heraldos de la desgracia se posan en las heridas vueltas flores cual mariposas festivas. Y desde allí miran a la naturaleza, la miran con atención y demora para habitarla con naturalidad, cosa nada sencilla pues una naturaleza que nos acoge es lo menos natural posible, si acaso recuerdo o eco de un paraíso que alguna vez habitamos.

Ella surge al mundo de la literatura bajo la “clara sombra” de un Juan Ramón Jiménez a la vez deslumbrante y opresivo, y hoy visto si no con desprecio sí con desgano por los cada vez más escasos lectores de poesía. Grave error que ni las altas torres erigidas por Octavio Paz ni las llanuras barrocas sembradas por José Lezama Lima pueden hacernos olvidar. Muchos poemas de Ida Vitale tienen la transparencia del aire que miran: son apariciones que no se ven, que no se pueden ver, que sólo se nombran, y así aparecen. Parecería que una poesía tan trabajada y precisa formalmente no le costara ningún esfuerzo. Heredera de las vanguardias supo también tomar distancias de los fuegos fatuos e iluminarse, como su admirado Bachelard (a quien tradujo espléndidamente) con el chisporroteo de la llama en los ojos de un gato.

Cuando su exilio la trajo a México llevaba ya varias décadas escribiendo. Su primer libro, de sintomático título, La luz de esta memoria, es de 1949. Lo que más me llama la atención es la manera en que vuelve concreto el maridaje de dos palabras evanescentes, luz y memoria, a través de ese “esta” que casi podemos ver, enfático, en una mano que traza en el aire la designación de su presencia. Cuando en México el FCE publicó Sueños de la constancia, una especie de antología personal o poesía reunida, ella invirtió el orden cronológico de los poemas, de los más recientes a los más antiguos, como si uno mirara atrás el camino recorrido y lo que se ve más lejos son aquellos parajes primeros. Mirara atrás sin volverse estatua de sal sino bosque de palabras.

Los poetas contemporáneos suyos —Tomás Segovia, Jorge Eduardo Eielson, Guillermo Sucre, Álvaro Mutis— buscaban a la vez olvidar y guardar en la memoria la gran poesía que los había antecedido, intuían la irrupción de la frivolidad en muchas de las búsquedas de la vanguardia y buscaban una fuente de agua pura, algo que les ofrecía Jiménez, agua —sin embargo— que el autor de Espacio no se atrevió a beber sino a sorbos y ellos la querían a manos llenas e incluso a borbotones plenamente humanos, lejos de los telúricos manantiales nerudianos en los que intuían algo de falso.

En efecto, hay épocas en que el poeta mira hacia adelante, se abre ante sí la promesa o la maldición de un futuro, y otros en que mira retrospectivamente, y sobre el pasado no hay ya en su gesto una sensación o idea de juicio: el pasado por ser eso, pasado, ya no puede ser bueno o malo, es a secas. Lo mejor es cuando se mira al pasado como se mira al futuro, no con afanes inquisitoriales, sino con la convicción de que lo que fue es y sigue siendo, al menos en el poema. Ese dilema se lo plantea un poeta cuando reúne su obra en un momento de su vida. En 1988 Ida Vitale tenía 65 años y estaba en plena madurez creativa.

La senda lírica abierta por Jiménez se enriquece, además, con una curiosidad y un conocimiento muy amplio de otras literaturas (Ida es espléndida traductora, entre otros autores, como se dijo, de varios libros de Gaston Bachelard) y poseedora de una actitud especial, digna de un naturalista, como veremos más adelante. Entre sus ritmos está esa duración del tiempo que plasmó Marcel Proust en su gran fresco narrativo: la búsqueda. Esa vivencia del tiempo no la tenían los vanguardistas y apareció intermitente en la generación de Lezama y Paz; en cambio fue ya necesaria y habitual para los escritores del medio siglo. Vitale es muy proustiana: tiene una gran conciencia de la duración como densidad existencial y deber del poema.

Jiménez, por ejemplo, describió una y otra vez los árboles que mira desde su ventana —adelfas, olmos, cipreses—, con mirada de pintor que los estudia (en sentido pictórico) para tratar de entenderlos en su asombrosa y misteriosa presencia. Así mira el mundo Vitale, y así traza sobre la página su estar como duración, su “ser siendo”. La interrogación sobre el tiempo proustiano será una constante de una generación de poetas latinoamericanos en los que la obra de Proust combinada con la de Jiménez influyó sustancialmente.


   
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José María Espinasa

Nació en la Ciudad de México el 15 de octubre de 1957. Ensayista y poeta. Realiza estudios de cine y literatura en la UNAM. Ha sido profesor, periodista y editor. Fue asesor de Difusión Cultural y jefe de...


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