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NUEVA ÉPOCA NÚM. 156 FEBRERO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Guillermo Samperio
El arte de narrar


Felipe Garrido
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 156| Febrero 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Garrido, Felipe , "Guillermo Samperio. El arte de narrar" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Febrero 2017, No. 156 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=810&art=17616&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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El pasado mes de diciembre falleció el escritor Guillermo Samperio. Uno de los cuentistas más notables de nuestras letras, el narrador de Lenin en el futbol demostró una imaginación inquieta y fértil, aunada a una escritura precisa y expresiva, como explica aquí el autor de Conjuros.

 

Muy serio, muy sereno, muy elegante, con sombrero y bufanda, se veía en el féretro Guillermo Samperio. Y mientras yo le decía “Hasta pronto”, apenas ayer ―escribo el 16 de diciembre de 2016―, recordaba un libro que lo encierra entero: Maravillas malabares (Cátedra, Madrid, 2014). Para honrar la memoria de uno de nuestros mayores autores, me detengo aquí en dos de los textos que ese libro recoge. Transcribo “Te amo” (y lo comento y aun llego a interrumpirlo cuando me hace falta):

―¿En verdad me amas? ―repuso la mujer linda, entornando sus ojos grises.
El adolescente la miró con profundidad, enternecido y nervioso; con un ligero temblor de labios buscó las palabras exactas en la humedad de su boca (¿su boca de ella, su boca de él?).
―Es la primera vez que digo que amo.
La mujer sonrió, ladeó la cabeza e hizo volar apenas su precioso cabello corto. Vio al joven que encaraba su sentimiento más íntimo, recargado con naturalidad en un árbol del parque del atardecer (no cualquier parque; que sea del atardecer nos lleva a la atmósfera del relato). Ella se desabotonó la blusa larga y el brasier de mallita, brotaron los senos firmes y tersos; el hombre los miraba tierna, cálida, temerosamente (tres calificativos para la timidez de alguien muy joven: cálida puede resultar atrevido; lo corrige con temerosamente). Entregada al instante que vivía, la muchacha realizó una extraña maniobra con la muñeca, se formó un pliegue en la piel e introdujo la mano dentro de su pecho, hurgó tras las líneas horizontales del tórax, extrajo su corazón y se lo tendió al muchacho.

 

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Guillermo Samperio
© Wikicommons

 

Esa metonimia atrapa lo inefable, nos permite llegar a la realidad profunda. De aquí en adelante, el corazón de la muchacha es un objeto tangible, manipulable, concreto.

―¿En verdad me lo das? ―dijo él.
―Yo también te amo ―respondió ella, sin bajar el brazo.
El joven lo tomó, lo observó; de su bolsa de cuero sacó un pañuelo blanco para cubrirlo y lo guardó. Mientras tanto, ella volvía a vestirse; y sus ojos grises eran la neblina tierna de los amaneceres húmedos, eran la escritura amorosa del humo de cigarrillos sensuales, el misterioso pelo de un gato gris que mira desde el entresueño, eran el claroscuro del espíritu apasionado (ahora sabemos cómo eran esos ojos).
Envuelto por esa amplia mirada femenina, él abrazó a la muchacha, la besó, le revolvió el cabello que volvió a acomodarse con facilidad. La tomó de la cintura y caminaron por las calles y avenidas de la noche (no de la ciudad, que ha pasado a ser el espacio nocturno) reconciliados con ventanas encendidas y apagadas, con los postes y el rumor de la ciudad que se iba apagando (el amor, nos dice Samperio, nos reconcilia con el mundo).
En el zaguán de la casa de ella se daban el último beso; alumbrados de pronto por la luz eventual de un automóvil, él notó cierta palidez en el rostro de su novia. Intentando abrir su bolsa, expresó:
―Te lo devuelvo; póntelo...
―No es nada, no te preocupes, está mejor contigo ―explicó ella―. Después de que te vayas, me acostaré y voy a soñar tranquila; voy a soñar en los atardeceres que nos faltan por amarnos, en tus ojos cafés, en las barcas grises con que navegaremos la dicha, las nubes, el júbilo; ¿ves? Anda, ve a descansar. Tú me amas y yo te amo. Así están bien las cosas.
Ágil, la mujer linda se perdió tras una puerta roja de madera y el muchacho se quedó con esa imagen reverberándole en el cuerpo como si una bella y justa fotografía se grabara en su piel. Marchó hacia su casa creando un camino nuevo para andar por una ciudad nocturna recién inventada.
En la soledad de su cuarto, puesta su piyama vieja de caballos azules, abrió la bolsa de cuero, sacó el corazón, lo desenvolvió. Lo tuvo entre las manos, mirándolo sin saber qué pensar; sus manos recibían la vívida voz de las corazonadas y se entabló un diálogo de ternura y pieles conmovidas, de sensaciones nunca antes experimentadas. Una emoción, entre dolorosa y cálida, brotaba de su cuerpo en todas direcciones: supo entonces que el amor era más grande que su cuerpo y que podía ser una fuente inagotable. En ese momento el joven se amó a sí mismo, quiso a sus zapatos medio chuecos que lo observaban al pie de las barbas de la colcha que lamían el piso; amó sus libros y cuadernos, adoró las paredes de su cuarto, los banderines y la fotografía de su equipo. Quiso a su piyama. El muchacho lloró serenamente y besó el corazón una y otra vez.
Limpió sus lágrimas y se sacudió la nariz; puso bajo la almohada aquel trozo fundamental, apagó la luz, se recostó, se durmió. Y soñó que andaba bajo un crepúsculo gris en el que, al atravesar una delgada pared de niebla veía venir a una mujer que lo llamaba. Allí, entre las sábanas del alto sueño, se tomaron los cuerpos, los acariciaron, desvistieron, movieron, friccionaron, penetraron, revolcaron, contorsionaron, sudaron, desvanecieron, reposaron y durmieron, soñando que se encontraban en la bruma y se amaban y dormían y soñaban que se amaban que dormían que soñaban que se amaban que dormían, ssshhh, ssshhh, ssshhh.

No meramente soñaba él; soñaban los dos, hechos uno.

Samperio sustituye el lenguaje que describe literalmente el mundo con otro creado por él, personal, que le permite ofrecernos, en lugar de la realidad cotidiana, una representación del mundo que es suya propia y que lo enriquece, lo hace más amplio y profundo.

Su afición sustitutiva se centra en los objetos, las acciones y las circunstancias que su sociedad, nuestra sociedad, tiene más próximas, más a la mano para las escenas que narra ―la humedad de la boca; un árbol del parque del atardecer; la blusa que la mujer linda se desabotona; los senos firmes y tersos; el modo en que el muchacho la mira tierna, cálida, temerosamente; el corazón que ella se extrae después de hurgar tras las líneas horizontales del tórax (no tras las costillas; el nombre usual del objeto está sustituido, representado por otro; se poetiza) para dárselo al muchacho; sus ojos grises que eran la neblina tierna de los amaneceres húmedos, la escritura amorosa del humo de cigarrillos sensuales, el misterioso pelo de un gato gris que mira desde el entresueño, el claroscuro del espíritu apasionado.

La actitud de Samperio frente al lenguaje es una actitud ante el mundo, que le da su enorme estatura; nace de la conciencia que tiene Guillermo de su papel como escritor en la sociedad de la que formamos parte. Este lenguaje que rechaza la enunciación directa carga, aunque no se lo proponga, un contenido ideológico. Podemos analizar sus mecanismos y tendencias, pero no podemos explicar su origen sino como un proceso de la ideología del artista que es Samperio. Esto lo sabía o lo intuía. Lo sabía tan bien que lo dejó escrito con sus palabras y su manera de narrar en el texto que cierra el libro, un magistral ejercicio de representación:

La escritura poética acaso sea lo mejor de mí porque tal vez se parece a mi sonrisa ladeada, a esa manera de caminar por las nocturnas avenidas de la ciudad, porque tiene similar fisonomía a la de mis zapatos viejos al lado de la cama, o a mi manera de cruzar la pierna para leer libros que en verdad valen la pena, por la forma en que le paso la mano al cabello de mis hijos, o porque se me olvidan tantas cosas, me tropiezo con lo no tropezable y la distracción me lleva a reuniones que se celebraron semanas antes, porque escribo como degusto un jugo de naranja y corto la pieza de pollo, o porque es la misma manera en que aspiro cigarros y la forma en que lanzo su humo que escribe, clandestino, poemas chinos que nadie leerá al salir por la rendija de la ventana y que sólo entenderá el aire con anteojos invisibles que pasa por la calle donde una jacaranda y una bugambilia son más estéticas, desde luego, que cualquiera de las imágenes de este intento de poética, de la cual abomino como repudio todas las poéticas que, desde la antigüedad, la soberbia culinaria ha llevado a tantos letrados y cómicos a escribir en temblorosa prosa o sentidos poemas, mientras los armadillos se aman con sencillez en el claro del bosque.


   
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Felipe Garrido

Nació en Guadalajara, Jalisco, el 10 de septiembre de 1942. Es narrador, ensayista y editor. Estudió letras modernas en la FFyL de la UNAM. Ha sido profesor en el Centro Universitario México, el Centro de...


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