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NUEVA ÉPOCA NÚM. 156 FEBRERO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Ensayando a decir quién es Ernesto de la Peña


Arturo Córdova Just
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 156| Febrero 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Córdova Just, Arturo , "Ensayando a decir quién es Ernesto de la Peña" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Febrero 2017, No. 156 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=810&art=17618&sec=Art%EF%BF%BD%EF%BF%BDculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Imprescindible escucharlo para saber que donde ha puesto su palabra ha colocado también su corazón. Tan sabe estar que el lector se imagina a su lado. Ernesto de la Peña escribe y habla desde el plexo solar. Experimenta el lenguaje como una forma de ir al grano, de entrar en materia.

Cuando lo leemos también lo estamos escuchando. Él sabe que las palabras, para serlo de veras, necesitan expresarse en voz alta.

Con Ernesto de la Peña uno aprende que Odiseo y Don Quijote no son seres de lejanía, y que no sólo hablan por sí mismos, lo hacen por nosotros. Con su voz y sus actos, los héroes nos invitan a rescatar a la belleza del oprobio de los celadores y su defensa y ejercicio de la envidia como una forma de conducta.

Toda la literatura de Ernesto de la Peña brota como una gesta poética. Él se arriesga y se dispone en suerte. Como Dante, emplea el filo de su inteligencia para grabar en el papel. Escribe oyéndose, y jamás se olvida que la escritura es ritmo, ahondamiento y búsqueda.

 

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Ernesto de la Peña
© Secretaría de Cultura

 

Para Ernesto de la Peña el lenguaje sirve para viajar a las entrañas de la tierra y también para navegar. El lenguaje es su vocación y le permite sucesivos nacimientos. En la creación literaria, él descubre que la eternidad es la iluminación de un instante. Son las frases certeras para conmover el pensamiento de sus lectores, para abrir la puerta hacia nuevos horizontes, o el pasaje para acercarse a la melodía en el canto de las sirenas, o mirar a los ojos a una sorprendida Dulcinea del Toboso.

Para él, los personajes despiertan. Nos hablan al oído. Saben decir: “no te quedes quieto, no dejes las cosas como están, lee para ti mismo y sal a conquistarte, porque el camino no está trazado de antemano, y las personas se crean en la acción. Al tirar de sí mismas, romper con el molde y con las fronteras que les han sido impuestas”.

Ernesto de la Peña es un poeta. Venció el miedo a detallar la pérdida o la orfandad. Su poesía se caracteriza por la desnudez, por los sentimientos que se tocan con los ojos y se sienten con las manos. Es directa y no se esconde. Desea revelarse al oído. Es la aventura para encontrarse con el joven que fue, y con el autor que siempre quiso y logró ser.

Intuyo que, para Ernesto de la Peña, leer, escribir y hablar son profundas actividades para dar atención y escuchar al mundo. Son expresiones de una mirada que se interna y explora, que baja a los lugares oscuros para generar consciencia de nuestro camino, de sus escollos y senderos.

Escribir, para él, es la valentía de aceptar que no estamos completos y que, todos los días, a través de las palabras nos modelamos como si lo hiciésemos desde el mármol. Él nos deja saber, con cada uno de sus textos, que estamos en búsqueda perpetua para darnos forma y reinventar nuestra piel.

Él está en lo cierto: a las palabras no se las lleva el viento, abundan en nuestra memoria, que no es el espacio para cosas y seres cubiertos de polvo, sino un lugar de imágenes vinculadas a la mayor riqueza: nuestra singularidad.

Para él, las palabras son seres vivos, y las historias verdaderas son actos en la intimidad. Ernesto de la Peña tiene en claro que un lector renace cada vez que lo invaden y conquistan los poderes del lenguaje.

Como espíritus abiertos a la imaginación, la literatura de Ernesto de la Peña es la riqueza que nos merecemos. Ajena a los titanes que trafican con lo inmediato, lo perecedero y consumible.

Leyendo a Ernesto de la Peña uno dialoga con un gambusino que encuentra y alcanza frases que llevan todos los colores. Con sabor y texturas. Con gusto por vivir, su literatura es un arcoíris.

Qué ganas entonces de estudiarlo, de ir con él a las fuentes del misterio. Qué gozo leerlo despacio, poco a poco, como el vaso de agua que nos permite implicarnos con la transparencia, y acariciar el rayo de luz provocando claridades.

A Ernesto de la Peña pueden ustedes percibirlo desde las magníficas esculturas de sus trabajos de ficción hasta la pureza de la verdad en sus ensayos. Él escribe cómo se practica un ritual, cómo deletrear una carta de amor y llegar al centro de los seres y las cosas. Él escribe para que ustedes se estremezcan y ardan al contemplar los prodigios del mundo.

Así, para Ernesto de la Peña leer y escribir es echarse a andar. La trama no se inmoviliza en las páginas. Se pone en movimiento y Don Quijote nos espera en la puerta de casa para invitarnos a cabalgar junto a él.

Ernesto de la Peña nos hace comprender que Don Quijote puedes ser tú, él o ella y que, sin duda, podemos hallar a Dulcinea caminando junto a nosotros.

Inigualable el compromiso de Ernesto de la Peña al acompañar a Don Quijote en su significativa introspección en la cueva de Montesinos. Descenso a las entrañas de la tierra para enhebrar los caminos que nos conducirán al más hermoso de los acontecimientos: nuestro propio enigma.

Con Ernesto de la Peña el lector se da cuenta de que el arte de la escritura es un tema de la madurez, una práctica de la sabiduría.

Siento a Ernesto de la Peña como el viejo más joven del mundo. Un ser de la alegría que vuela con los ojos y es capaz de detenerse y prestar la más amplia atención a los movimientos del héroe. Con él me doy cuenta de que Odiseo sí es la primera persona que existió y, sin duda, nada más fascinante que aprehender: hemos vivido siempre bajo el dominio de lo impredecible, y el caos no sólo es negrura, sino la auténtica posibilidad de hacernos de nosotros mismos.

Se trata entonces de advertir y afrontar las barreras. Se trata de superar los temblores, de saber que estamos lejos de alcanzarnos, pero que el tema es ir paso a paso. Esencial es el proceso, mucho más que el resultado.

Ernesto de la Peña es más que un compañero, es un guía en el sendero para atisbar los claros del bosque. Nos dice: Ven, deja que el lobo sea tu compañero e intérnate en los campos de fuerza donde podrás vivenciar la lejanía. Sube al faro para beber con los ojos la inabarcable lontananza, ensilla tu cabalgadura y haz tuyo el camino. De nadie más.

Ernesto de la Peña hizo una elección propia. Eso lo distingue, lo transforma en un Maestro de los que lo leen, y de los que habrán de leerlo.

La eternidad sí existe. Acérquense a sus libros, la verán brillar.


   
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Arturo Córdova Just

Nació en la Ciudad de México, el 7 de septiembre de 1952. Poeta, ensayista y profesor universitario. Estudió arte dramático en la Escuela Nacional de Teatro, INBA; cine, en la Escuela Libre de Estudios...


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