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NUEVA ÉPOCA NÚM. 156 FEBRERO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Tras la línea
La pérdida de la luz


Sergio González Rodríguez
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 156| Febrero 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

González Rodríguez, Sergio , "Tras la línea. La pérdida de la luz" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Febrero 2017, No. 156 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=810&art=17634&sec=Columnistas > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Subo, peldaño tras peldaño, por la escalera de granito blanco que me llevará del cuarto al quinto piso del edificio que habito en el barrio de Xoco. El tiempo es claro: cielo sin nubes, temperatura templada, aire limpio. La escalera me parece rodeada de una bruma casi invisible. Es la bruma de las preguntas, de las conjeturas, de la angustia. Tiene algo de cuadro de Remedios Varo y otro tanto de grabado de M. C. Escher.

Todos simulamos que la fecha de hoy carece de distingos respecto de cualquier otro día. La simulación es un fármaco tranquilizante que tomamos por hábito para soportar la vastedad que se extiende más allá de nuestras vidas. Las familias, los amigos, los compañeros de trabajo o estudio estamos unidos por el hilo tenue de los afectos. El resto es un vacío a veces poblado por ruido, voces, bultos, gritos. Y las transmisiones de la radio o las televisoras son vibraciones intermitentes que llenan la cotidianidad de rumores o certezas quebradizas.

 

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© Wikicommons

 

Subo la escalera brumosa, que está suspendida en una atemporalidad amorfa. Faltan pocos minutos para que sea el mediodía y comienzo a extrañar a mis hermanas, que fueron a trabajar como cualquier otra jornada, una a la tienda departamental, las otras dos a sus respectivas oficinas bancarias. Un estremecimiento de soledad primordial me golpea en cuanto abro la puerta a la azotea. La niña gitana que vive con su madre, una abuela y sus hermanas, en el primer piso del edificio de junto, han acallado desde minutos atrás su bullicio matutino de prófugas de escuelas y normas citadinas: viven en su mundo de reglas atávicas y caos étnico bien dirigido. Sé que esta vez la niña gitana no estará en la azotea para realizar ante mí sus requiebros precoces.

Al abrir aquella puerta yo, el picaporte helado me avisa del aire que se agita de pronto: comienza a soplar un viento enérgico que sacude el follaje de los árboles e introduce una opacidad en la previa brillantez de minutos antes. El mundo civilizado, al menos como yo lo he conocido, comienza a desaparecer. Nada será igual que antes: la devastación se cierne. Al entrar en la azotea, volteo atrás para observar en la escalera si alguien me sigue. Quisiera que fuera la niña gitana, el recurso humano de la supervivencia basado en el deseo imposible, pero no hay nadie detrás de mí.

Enseguida, me doy cuenta de que sí hay alguien además de mí: soy yo, desdoblado. Cuando subía, me desprendí de una parte de mí, no sé cual. Somos al menos dos: el que observa la partición y el otro, el producto de ella, que comienza a verme, muy atento, inescrutable, distante. Camino hacia el centro de la azotea, que ocupa justo el espacio-techo del departamento que habito abajo. Me detengo sobre mi cuarto. Pienso en los libros que acumulo y en una conjetura de Italo Calvino que acabo de leer: la superposición de las dimensiones de la existencia.

Del lado izquierdo de la azotea están las jaulas para tender la ropa y alrededor los bordes que sirven de balcón al vecindario de edificios bajos y casas pequeñas. La azotea contempla al norte, el oriente y el poniente y, debido a las características del edificio, el sur y la serranía del Ajusco que lo identifica sólo pueden avistarse si uno estira el cuerpo hacia un lado u otro del tiro de la escalera, sobre el que se ubican los tinacos de agua. La devastación se abre paso con un recuerdo impertinente, que nada tiene que ver con el prosaico entorno de materiales crudos, concreto, alambres, tubos.

Me recrimino por la memoria involuntaria, bastante imbécil para el momento, de los versos de Gérard de Nerval: “Yo soy el tenebroso, el viudo, el desconsolado / príncipe de Aquitania en su torre baldía. / Mi sola estrella ha muerto, mi laúd constelado / el negro sol ostenta de la melancolía”. Poco a poco, el viento se aquieta. El verdor del follaje de los árboles, cuyas ramas rozan la azotea, comienza a palidecer. Me repliego a uno de los bordes de la azotea y trato de abrirme a lo que viene.

La azotea me ha atraído siempre como recinto alterno. Territorio de búsqueda infantil más que de hallazgos. Misterio módico al alcance de la mano. Más que torre, ahora es un observatorio. Nunca he sido adepto al suicidio, pero siento que tal es el momento de ceder ante la tentación de aniquilar mi propia vida. Nada costaría. Nada costaría, repito en voz alta. Caer hacia arriba en un acto de soberanía salvaje. Me detiene la curiosidad, el más esencial de los instintos que la lucidez trae consigo.

Al instante, distingo el filo negro que penetra e invade la luz. El Sol está herido. Es innecesario mi suicidio: ya me infectó la oscuridad que antecede a la devastación. Estoy dentro de ella: 11 de julio de 1991, el día del eclipse total en la Ciudad de México. Durante 6 minutos 54 segundos estaré en el reverso de todo.

Los párrafos anteriores fueron escritos por mí después de atestiguar dicho eclipse. Ya pasaron 25 años y he tenido que hacer memoria para situar a qué conjetura de Italo Calvino me referí entonces. Se trata del relato “El conde de Montecristo”, incluido en su libro Tiempo cero, que después comentó en una conferencia-ensayo “Cibernética y fantasmas”, de 1967. Allí plantea la multiplicidad de dimensiones que puede adquirir un relato literario, y entre ellas está la que me atrajo: que el plano de lo ficticio, a fuerza de ser frecuentado, termina por irrumpir en la realidad de quien imagina cosas.

Cuando escribí aquellos párrafos de 1991 tenía en mente también, ahora me acuerdo, el ensayo que Hans Sedlmayr dedica en su libro La muerte de la luz al testimonio de Adalbert Stifter sobre un eclipse total de Sol en 1842. Sedlmayr emplea dicho episodio para dar una interpretación teológica del arte acerca del ocaso del mundo tradicional con la llegada de los tiempos modernos: “La historia del arte se impone el deber de considerar y estudiar un suceso que está sin duda entre los más graves e importantes del siglo: la muerte de la luz”. El tono oscuro de mis líneas es un trasunto de la evocación trágica de Sedlmayr.

Desde otro punto de vista, y cuando me situé en la parte superior del techo de mi cuarto de entonces, era una suerte de ectoplasma, ese producto emanado y visible del cuerpo del médium, en este caso los libros de Calvino o Sedlmayr, a la vez que surgí, en busca de un punto de fuga de la prisión-mundo, de la azotea del edificio como un abate Faria, el personaje de la novela El conde de Montecristo de Alexandre Dumas, tal como lo interpreta Calvino en el relato citado. Mi castillo de If fueron los estantes de libros.

El contacto con la naturaleza siempre ha provocado el sentido de indefensión de la persona. Pero atestiguar un eclipse total de Sol significa el trastorno radical más grande que pueda vivirse aparte de la muerte o el daño físico por enfermedad o por un accidente. Recuerdo de aquel mediodía el estupor paulatino que lleva el signo de lo irreversible, la ruptura de la normalidad de todos los días, la entrada en un túnel cuya amplitud se redujera hasta estrujar toda certeza conocida. El hecho de saber la fugacidad del fenómeno celeste sólo agrega mayor certidumbre: quien absorbe la luz negra del Sol nunca volverá a ver las cosas como antes. Y quienes dicen que no es para tanto, sólo expresan la pérdida de la sensibilidad que el eclipse ha agravado en ellos. Y son ya incapaces de advertirlo.

Cuando el Sol negro ocupa el cielo y del Sol diurno sólo queda un círculo externo de brillo estelar, algo jamás visto de modo tan cercano por nadie porque de este sólo conocemos el cintilar lejano y muerto ya de las estrellas, el ser de la persona termina de partirse. En el horizonte, relumbra también un hilo de plata. El mundo de los aparatos y lo artificial desaparece en un instante, y uno permanece suspendido en una ingravidez capciosa, que reaparecerá quizás en los sueños y las pesadillas futuras. El atisbo al espejo negro y humeante de nuestros antepasados precortesianos, eso que une historia, memoria, mito y fragilidad humana. La intervención de lo cósmico.

Y yo, después de contemplar aquel prodigio sideral, descendí la escalera de bruma y vi regresar la luz de todos los días, si bien algo en mí o en la realidad estaba descuadrado y no volvería a encuadrar como antes. Comencé a escuchar un rumor ascendente y, en el transcurso del tiempo, advertiría una grieta que se tragaría al país. La partición de mí mismo, se ahondaría en adelante.

Luego vino el aceleramiento de la ciencia aplicada en todo el mundo, la economía rapaz, Internet, la alarma por el calentamiento del planeta, la guerra contra el terrorismo y otros estragos conexos. La avidez de luz en disfavor del misterio. El paso de la intermitencia adventicia a la intensidad convertida en flujo incesante.

Mi vida prosiguió, y ha proseguido, bajo el papel de ser un abate Faria visto por Calvino inmerso en el universo de los libros que, al mismo tiempo, está inserto en el mundo concreto. Horado vías de escape en el castillo de If de los libros y, una y otra vez, cuando creo descubrir una salida del túnel, me hallo en la realidad aciaga sin poder escapar de los libros ni, mucho menos, de ella.

Y emprendo otra lectura u otra escritura cada día. Llevo el eclipse en la sangre y reitero una idea de Italo Calvino como una guía: “Para proyectar un libro —o una evasión— lo primero es saber excluir”. Todos los días abstraigo y perforo, abstraigo y perforo, abstraigo y perforo…


   
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Sergio González Rodríguez

Nació el 26 de enero de 1950. Crítico, narrador, ensayista, historiador de la literatura y guionista. Estudió la licenciatura en letras modernas en la FFyL de la UNAM (1978-1982). Investigador de la...


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