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NUEVA ÉPOCA NÚM. 157 MARZO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 157| Marzo 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Labastida, Jaime , "Razón" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Marzo 2017, No. 157 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=811&art=17649&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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El don de razonar es un atributo poderoso del ser humano, al grado de que parecería haberse vuelto fundamental para las consideraciones que tienen que ver con la ley y la justicia. Sin embargo, ante la ampliación del conocimiento y las transfor maciones sociales, ¿cuáles son los límites de la razón?, nos pregunta el poeta Jaime Labastida, autor de ¿Pueden las aves romper su jaula?

 

ENCICLOPEDIA SOBRE JUSTICIA

Razón, raciocinio, racional, razonar: nada parece más propio del ser humano que la razón. Por esta causa, una definición clásica establece que el hombre es un animal racional. El asunto no es tan sencillo, sin embargo: los dos conceptos, animal y racional, son en cierto sentido sospechosos: tradujeron al latín voces aristotélicas que jamás quisieron decir lo que indican las expresiones latinas. ζωον se forma con dos raíces: por un lado, el verbo ζωω, vivir (de donde surge, por ejemplo, zoología); por otra, el participio del verbo ειμι, ser: ον, οντοσ. Ζωον significa ser vivo. En cambio, el latín asocia el término a la voz anima: aire, soplo de vida, aliento; por derivación, alma. En rigor, anima traduce el sustantivo πνευμα: respiración, hálito. Aristóteles define al hombre como ζωον πολιτικον (ser vivo que habita en la πολισ), cierto, pero, además, como ζωον λογον εχον: ser vivo dotado de λογοσ, o sea, dotado de palabra (antes que de razón); por lo tanto, no cabría llamarlo animal racional. Ζωω se diferencia de βιοσ: aquel verbo indica vida, por oposición a muerte, mientras el otro designa “la duración de la vida”, “el modo de vivir”, los recursos para hacerlo.

 

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Eugène Delacroix, Hamlet trata de seguir el fantasma de su padre, 1835
© Wikicommons

 

Λογοσ es polisémico: significa palabra, pero a la vez discurso, razón, habla, lenguaje, cuenta, cálculo. Tiene por raíz el verbo λεγειν: reunir, recoger, elegir. Por eso, el verbo latino lego, similar al griego, produjo el verbo español leer. Si λογοσ es polisémico, también ratio lo es. Su raíz es el verbo reor: calcular, contar que poco a poco adquirió el sentido de pensar y de juzgar. Puede advertirse, por lo tanto, que mientras λογοσ se asocia al lenguaje y a la palabra, ratio se vincula a la acción de contar, calcular, medir, establecer la proporción. Existen varios tipos de razón. En griego, además de λογοσ, hay los términos νοοσ y φρονεσισ, mientras en español coexisten los verbos pensar, meditar, juzgar, inteligir. Razón puede ser una facultad y un principio (en Leibniz, el principio de razón suficiente establece que nada es sin una causa que lo explique, de allí que exista el ser y no la nada: tesis que retoma Heidegger). En la filosofía kantiana, razón asume dos aspectos fundamentales: el de razón pura (reiner Vernunft) y el de razón práctica (praktischen Vernunft). Por la primera se critica el uso dogmático de la razón para establecer el fundamento de la estructura del sujeto cognoscente y los límites a que debe restringirse, lo que hace posible un conocimiento basado en la experiencia al propio tiempo que en la razón, para que adquiera así validez universal y sea sintético a priori. La segunda sienta las bases de la acción ética y política. En Spinoza, la demostración geométrica de todos los principios desemboca, precisamente, en la ética,en el fundamento de la actividad racional del individuo en sociedad. Además de estos modos de razón, se podría hablar de una razón instrumental y hasta de una razón arrogante (cuando la razón se considera a sí sola como inapelable y se arroga el derecho de establecer juicios carentes de toda posible contradicción). De allí que a lo largo del siglo XVIII se haya extendido la idea de una razón que da cuenta de todo y que se traduce en el postulado de un progreso sin límite ninguno. Razón es la facultad más elevada del ser humano, aquella que lo separa del resto del mundo natural.

Si la razón está vinculada de manera estrecha al lenguaje, de suerte que no existe actividad racional sin que esté asociada necesariamente a la palabra, querrá decir que, en tanto que la lengua es un bien común, heredado, precisa de un emisor y de un receptor, no menos que de un medio, hasta conformar un sistema. La razón, pues, se edifica en el diálogo. Ουδεισ (Nadie) no es sólo el otro nombre de Odiseo; es el nombre de Todos: Nadie hace las palabras, las hacemos Todos.

El racionalismo extremo postula que el orden de las ideas es el mismo que el de la realidad, es decir, que existe una relación estrecha entre el orden racional de la inteligencia (el lenguaje) y el orden, igualmente racional y por lo tanto legal de lo real, de allí que puedan elevarse a leyes de la Naturaleza: subyace aquí el principio de una racionalidad suprema que ha impuesto sus leyes a la realidad. En la Edad Media, razón se opuso a fe. En la Edad Moderna, en cambio, la razón se opone a la experiencia (Kant intenta superar la oposición). Vinculada a la palabra, la razón se deseó como el juez decisivo en el campo de la física igual que en el de la sociedad. Sin embargo, a partir del último tercio del siglo XIX se empezó a percibir que, bajo la estructura nítida del lenguaje, subyace otra realidad, latente. Se enfrentaron dos tendencias: por un lado, la que somete a la razón (y al lenguaje que la expresa) a una indagación bajo sospecha (Marx, Nietzsche, Freud); por otro, la que exige una expresión rigurosa y precisa, que desemboca en el análisis lógico del lenguaje y en la lógica matemática (Russell, Whitehead, Wittgenstein, Carnap).

¿Qué se opone a razón y a racional? ¿La sinrazón, lo irracional, la demencia? Cuando Hamlet percibe que algo está podrido en el Estado de Dinamarca, dice que el tiempo ha saltado de sus goznes, que se ha desquiciado. El término desquiciado se opone aquí, en el contexto, a racional. Tiempo desquiciado es tiempo enloquecido: los dos lados del tiempo, el pasado y el futuro, han saltado de sus goznes: ya no se ensamblan: las bisagras o los goznes del tiempo no se ajustan entre sí: quiere decir que el tiempo putrefacto del Estado danés no es ni justo ni racional: huele mal. Para que huela bien, hay que restablecer el orden, hacer que la puerta del tiempo, esa puerta cuyos goznes unen el pasado y el futuro, el tiempo presente, se vuelva justa, una vez más. ¿Qué vínculo hay entre la razón y la justicia? La justicia, ¿debe asumir carácter de racional? Racional, ¿significa, en este caso, recto, ordenado, equilibrado, justo? Lo injusto, ¿sería, pues, lo irracional, lo que carece de equidad? Lo equitativo, ¿sería lo justo?Por lo mismo, equidad, ¿equivaldría a justicia? ¿Lo opuesto a justo sería el desorden?

Hamlet quiere ordenar el Estado de Dinamarca, hacer que el tiempo fluya de manera justa. Justicia, ¿sería equivalente a orden? Si fuera así, un Estado dictatorial, en el que imperara el orden, sería el Estado justo por antonomasia (por ejemplo, la República platónica). El régimen nazi edificó una sociedad que hizo de aquel país, postrado por la derrota sufrida en la Primera Guerra, una nación próspera. Orden, disciplina, técnica, razón instrumental, ingeniería bélica, supresión violenta de las minorías (políticas, étnicas, sociales), desarrollo tecnológico que llevó la muerte a millones de personas: así fue el Estado nazi. A la justicia, ¿se impuso el orden? Este orden tecnocrático, ¿era racional? Rigió en la Alemania nazi la razón, pero la razón tecnológica. A su vez, una utopía política del siglo XX, nacida de la idea racional de la historia y sostenida en la razón instrumental de Estado, elevó una sociedad de hielo en la que no se permitió la disidencia; quien criticara esa sociedad perfecta era tenido como demente: fue encerrado en el manicomio, desterrado a los campos de concentración o asesinado de un tiro en la nuca.

Las sociedades ágrafas son intolerantes. Discuten en su interior hasta lograr unanimidad en las decisiones. En ellas no tienen cabida las minorías. Se rigen por usos y costumbres. En cambio, en las sociedades que se dividen por clases, campea la fuerza. Por esa causa, un rasgo ineludible de la democracia es κρατοσ, la fuerza. La mayoría impone su decisión a la minoría. Sin embargo, la minoría puede tener razón. Antonio Machado asentó, por boca de Juan de Mairena, que en una república democrática y liberal, se debe otorgar al Demonio carta de naturaleza y ciudadanía, obligarle a vivir dentro de la ley, prescribirle deberes a cambio de concederle sus derechos, sobre todo, el derecho específicamente demoniaco, el derecho a la libre emisión del pensamiento. El Demonio puede no tener razón, pero tiene razones y hay que escucharlas todas. Spinoza estableció: omnis determinatio negatio est (toda afirmación es una negación). La razón se nutre de su contrario.

Iustitia tiene al sustantivo ius como su raíz: en Roma, no hay justicia sin ius, sin el necesario apoyo del derecho. Iustitia se deriva, por consecuencia, de esto que hoy se llama el derecho, lo recto: dar a cada quien lo propio, lo que le corresponde. Pero, ¿quién o qué determina lo que le corresponde a cada quien? ¿La ley? ¿Y si la ley fuera injusta? La ley se puede cambiar, por supuesto, de modo que la justicia y la razón se hallan en proceso continuo. El verbo de ius es iuro, jurar. El derecho se dicta en un espacio específico, en el Gran Teatro de la Justicia; por lo tanto, se jura: hay un vínculo entre el derecho y la conciencia, tanto la conciencia del sujeto que dicta la ley cuanto de los sujetos a los que rige.

¿De dónde surge la ley? ¿Quién la dicta? En las sociedades ágrafas, la ley es dictada por el uso y la costumbre, nace de la voz de los ancianos. En cambio, en las sociedades modernas, la ley es dictada por un cuerpo de representantes que, por necesidad, dice estar apoyado en la razón. La costumbre ha sido sustituida por la facultad racional del ser humano. Sin embargo, la ley es una expresión de la fuerza y en no pocas ocasiones se opone a la costumbre. Ejercer violencia contra los usos y las costumbres, ¿es injusto, irracional? Las leyes ponen ante los ojos, en no pocas ocasiones, un objetivo deseable y no sólo reconocen aquello que se encuentra en la realidad y a lo que se le concede una forma jurídica. Ese objetivo, que se anticipa a la realidad, ¿es racional? Hegel sostiene que lo racional es real y, a la inversa, que lo real es racional. Lo dijo a propósito del derecho y de la vida social. Esta tesis indica que aquello que, por necesidad, es racional, se impone en la realidad y, al contrario, lo que permanece en las estructuras sociales resulta, por fuerza, racional. Hegel reconoce que los momentos en los que la realidad y la racionalidad coinciden son pasajeros; que el Estado, como la conciencia, para ser pleno, debe reconocerse en el Otro. En la Fenomenología del espíritu el reconocimiento ocurre cuando el Señor y el Siervo se enfrentan. El Estado, así, sólo se vuelve completo al ser reconocido por otro Estado: el reconocimiento se da por medio de las relaciones internacionales o por la guerra. Por esto, la Filosofía del Derecho jamás culmina, sino que desemboca en una figura abierta, la Historia Universal.

Spinoza dijo que, de la naturaleza del triángulo se seguía, desde la eternidad y para la eternidad, que sus tres ángulos equivalían a dos rectos. Al propio tiempo, indicó que, en el orden de la naturaleza, nada se produce de manera contingente, sino que, por necesidad, todo ocurre de manera determinada. El racionalismo lleva, al volverse extremo, a la supresión del azar, de lo aleatorio. Kant, tras la huella de Newton, señaló que había una ley universal, derivada de modo deductivo a la vez que por experiencia, que establecía que los cuerpos se atraían en razón directa de su masa e inversa del cuadrado de su distancia. Las geometrías no euclidianas han demostrado, empero, que los tres ángulos del triángulo no equivalen a dos rectos sino que suman menos o más que los 180 grados, según se trate de un espacio parabólico o hiperbólico. La teoría de la relatividad ha demostrado que la gravitación no rige en el espacio macrocósmico y lo propio ha establecido la mecánica cuántica en los niveles microscópicos. La experiencia amplía el uso de la razón y le señala límites. Así, se advierte que la razón, si se lleva hasta esos extremos, se transforma en lo contrario de sí misma, en una razón dogmática.

Si lo anterior se extiende a la justicia y a la ley; si el racionalismo es llevado hasta sus últimas consecuencias, se suprime la contingencia. ¿Qué espacio le resta al azar? La ley, por más perfecta y racional que se pretenda, no puede hacer caso omiso de lo contingente. La ley necesita ser interpretada. El intérprete de la ley, el que juzga y emite las sentencias, al ponderar la contingencia, se apoya en la razón. El espacio de la jurisprudencia guarda una estrecha semejanza con el de la lógica. En los dos espacios hay juicio, indagación y sentencia. El derecho ha abandonado la ordalía, el juicio de Dios, para apelar exclusivamente a la razón.  

De aquí se deriva que la coincidencia entre razón y realidad es un momento necesario pero, al propio tiempo, relativo; que la ley y la justicia que de ella derivan se hallan en constante proceso de perfeccionamiento. Igualmente, esto significa que sólo por el diálogo pueden edificarse, de manera cabal, la razón y la justicia.


   
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Jaime Labastida

Nació en Los Mochis, Sinaloa en 1939. Poeta, periodista y ensayista. Es licenciado en Filosofía por la UNAM, donde también realizó estudios de posgrado y ejerció como profesor. Formó parte del grupo...


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