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NUEVA ÉPOCA NÚM. 157 MARZO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Charla con Augusto Roa Bastos
El escritor supremo


Elena Poniatowska
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 157| Marzo 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Poniatowska, Elena , "Charla con Augusto Roa Bastos. El escritor supremo" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Marzo 2017, No. 157 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=811&art=17651&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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El próximo 13 de junio se cumplirá el centenario del nacimiento de Augusto Roa Bastos. Aunque no compartió los reflectores y la fama de los principales exponentes del Boom, el escritor paraguayo legó una obra narrativa de primer nivel, en la que destacan Hijo de hombre y Yo el Supremo, como explica Elena Poniatowska, la autora de Tinísima, quien recupera una conversación que sostuvo con Roa Bastos.

 

Cuando entrevisté a Augusto Roa Bastos en 1974, había sido invitado a nuestro país como jurado del Premio México junto a Juan Marsé. Chaparrito, narigón, los ojos tristes, Roa Bastos era la imagen misma de la modestia; a todo mundo trataba de “don”: don era el mesero, el taxista, el bolero. Tenía una gruesa camisa de lana a pesar de que en el hotel la calefacción central nos enrojecía como jitomates; a él no, claro está, sino a su esposa Amalia, a Margarita García Flores y a mí, que sentada al lado de Margarita aguardaba mi turno para entrevistarlo. Roa Bastos tenía los ojos rojos de leer novela tras novela. Recuerdo que entre los finalistas mencionó los nombres de Haroldo Conti (secuestrado y desaparecido por la dictadura argentina dos años más tarde) y de Jorge Ibargüengoitia.

 

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Augusto Roa Bastos
© Wikicommons

 

Mi gran amiga inolvidable y bendecida, Margarita García Flores, me ofreció ir a entrevistar a Roa Bastos a su hotel en el Centro frente a la Alameda. No iba yo nada preparada, nunca había leído un libro suyo, confundía Paraguay con Uruguay y quien hizo las mejores preguntas y por lo tanto llevó la batuta de la entrevista fue la universitaria Margarita García Flores, que poco tiempo después se convertiría en la jefa de prensa de Difusión Cultural de la UNAM y en la directora del periódico Los Universitarios. Durante la época de Margarita, Los Universitarios alcanzó una altura que antes no tenía y, en 1968, Margarita fue un ángel de la guarda de muchos estudiantes y acompañó a Rosario Castellanos en todo momento. Con su sonrisa, su mirada traviesa y un poco irónica, su inteligencia a toda prueba, Margarita lograba en los altos pisos de la torre de Difusión Cultural de la UNAM todo lo que se proponía. En esa época, la mejor amiga de Carlos Monsiváis se convirtió en un centro de información por sí misma. Compartía el sentido del humor de Carlos y sabía tanto de cultura popular como él. Disfrutaba acompañarlo en sus correrías nocturnas y lo ayudaba a tomar nota de todo lo que sucedía en Las Veladoras y en El Tenampa.

Margarita publicó su entrevista con Roa Bastos en su excelente libro de diálogos que Sergio Pitol celebró a grandes voces: Cartas marcadas. La mía se publicó en Novedades, que ya desapareció.

Este 2017 se conmemora el centenario de Augusto Roa Bastos y sin duda Latinoamérica lo festejará a lo grande porque su obra es uno de los pilares de nuestras letras. Desde sus primeros cuentos reunidos en El trueno entre las hojas hasta sus novelas Hijo de hombre y Yo el Supremo, Roa Bastos cosechó tanto lectores como críticos que consideran su literatura clave para entender el siglo xx latinoamericano. Como un homenaje a su centenario, reproduzco aquí parte de la entrevista que Roa Bastos me concedió entonces:

 

Señor Roa Bastos, usted que escribe libros muy arraigados en su patria, ¿por qué no vive en Paraguay? ¿Por qué en Argentina? ¿El suyo es un exilio forzoso o voluntario?

En el comienzo fue un exilio forzoso. En 1947 hubo un levantamiento armado en Paraguay, en el momento en que yo era jefe de redacción de un periódico opositor, El País, de Asunción, la capital de Paraguay, lo que me valió el exilio, y desde entonces se convirtió en voluntario porque ocurre que yo dejé Paraguay siendo muy joven y toda mi obra ha sido escrita en Buenos Aires, donde radico desde 1947. Incluso mi esposa es argentina.

 

Entonces, ¿usted nunca va a regresar a Paraguay?

Yo regreso a Paraguay de tanto en tanto; justamente ahora, después de México iré a Paraguay y haré además un viaje por países de América Latina porque me parecen un gran escenario de los hechos que están aconteciendo en el mundo. América es el continente donde la historia contemporánea se está realizando con más intensidad; quiero conocer América Latina y luego volver a Paraguay y trabajar con los jóvenes. Paraguay está viviendo una encrucijada: el riesgo de la penetración brasileña, y por eso quiero reunirme en mi país con los jóvenes, dar cursos en la universidad y, a través de ese trabajo, hacer mi pequeño aporte a Paraguay. Yo estaba invitado a la Universidad de Poitiers a través del Departamento de Literatura Hispanoamericana, pero creo que debo regresar a Paraguay.

 

¿Y por qué cree usted que haya esa fijación en la literatura de hoy por la figura del dictador? La hubo, claro, desde Miguel Ángel Asturias. La hay en Alejo Carpentier con El recurso del método; en Gabriel García Márquez con El otoño del patriarca; en Carlos Fuentes en su maravilloso La muerte de Artemio Cruz y también en usted.

Usted sabe que esos misterios son impenetrables. Probablemente en este momento de cuestionamiento general en lo político, la figura del dictador es un signo muy rico, muy sugerente para la construcción de novelas.

 

¿Una moda?

No creo que sea moda; por lo menos en mi caso está determinado por una necesidad interna. Después de diez años de estar en la inacción total con respecto a la literatura por una crisis de conciencia frente al valor de la literatura, este tema del dictador supremo, ese dictador perpetuo del Paraguay que fue José Gaspar Rodríguez de Francia se me impuso como una transacción en esta especie de ruptura con la literatura. Y entonces me empeñé en trabajar en Yo el Supremo, y no como autor sino como compilador que es lo que declaro al final en una nota que está integrada al texto.

 

¿Y a qué se debió su crisis de conciencia? ¿Pensó en la inutilidad de la literatura en países tan muertos de hambre como los nuestros?

A mí me parecía que, dentro del contexto sociocultural latinoamericano, el hecho de escribir novelas era rezagarse frente a otras actividades de tipo cultural e intelectual pese al surgimiento de una corriente novelística muy poderosa, muy importante y de escritores de primer orden. Esta crisis de conciencia es un fenómeno puramente personal que probablemente haya surgido de mis propias limitaciones, de manera que no puedo adjudicarlo a otros escritores latinoamericanos. Dejé de escribir, simplemente.

 

¿Y qué hizo?

Elaborar los textos mentalmente en una especie de sonambulismo literario y así viví diez años, pero el producto de esos diez años fue la decisión de escribir Yo el Supremo, mi última novela, que surgió, como le decía, de mi crisis de conciencia con respecto al valor o a la eficacia de la literatura para resolver los problemas concretos de nuestro mundo contemporáneo.


   
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Elena Poniatowska

Nació en París, Francia, el 19 de mayo de 1933. Radica en México desde 1942. Narradora y periodista. Su obra ha sido traducida al inglés, francés, italiano, alemán, polaco, checoslovaco, sueco, noruego,...


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