UNAM
NUEVA ÉPOCA NÚM. 157 MARZO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
Inicio   >>> Artículos   >>>   Geney Beltrán Félix

Eraclio Zepeda, cuentista
Ese susto que da el andar matando


Geney Beltrán Félix
citar artículo
citar
NUEVA ÉPOCA | NÚM 157| Marzo 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Beltrán Félix, Geney , "Eraclio Zepeda, cuentista. Ese susto que da el andar matando" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Marzo 2017, No. 157 < http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=811&art=17655&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

PDF
aumentar letra disminuir letra
1 / 2

Untitled Document

 

Hace ocho décadas, el 24 de marzo de 1937, nació en la capital del estado de Chiapas el escritor Eraclio Zepeda, quien a los 22 años de edad debutó de manera deslumbrante en el espacio literario con un libro irrepetible: Benzulul. Enraizado en las historias del interior chiapaneco, este volumen de cuentos señala una representación de lo masculino en que se da rango al devenir de las emociones.

 

“Honrado soy y quiero seguir así. Hombre de ley fui, y no quiero condenarme más”, dice Primitivo Barragán luego de asesinar a su suegro y a dos policías. Aunque ha actuado en defensa propia, el campesino del pueblo chiapaneco de Jitotol pierde el respeto y los miramientos de su esposa y los vecinos. Así se nos hace saber, con una expresión reiterativa reminiscente de la oralidad: “Ya no había amigos ni compadres. Ya no había aguardiente en la tienda de don Joaquín. Ya no había amor en los brazos de la Eugenia. Ya no había nada”.

A pesar de su benévolo propósito de enmienda, Primitivo, conocido como El Caguamo, al poco tiempo asesina bestialmente a su mujer, prende fuego a su casa, mata a sus animales y huye a la selva. “No quiero volver a hacerlo”, se dice dos años después de los hechos atroces, cuando ya vive en lo profundo de la selva, diligente en la siembra de maíz y alejado de sus conocidos. “Ese sudor pegajoso y la sangre rebotando como piedras; ese susto que da el andar matando no quiero volverlo a sentir. Que me dejen quieto. Que me dejen solo y  seguiré siendo hombre bueno”.

 

imagen
Eraclio Zepeda
© FCE

 

“El Caguamo” es uno de los cuentos que integran Benzulul, el primer libro de ficción publicado, a los 22 años de edad, por el escritor mexicano Eraclio Zepeda. La historia de Primitivo se narra en un puñado de veinte páginas, y es en esa breve distancia en la que Zepeda construye un personaje contradictorio, casi propio de una novela. ¿Qué tenemos aquí? ¿Es El Caguamo un asesino despiadado incapaz de revisar su propia conducta y que con descaro se sigue viendo a sí mismo como “un hombre bueno”? ¿Es un títere en las manos de un destino contrario e indefectible que lo persigue hasta hacerlo sacar de sí lo más feroz de la naturaleza humana?

Benzulul apareció en 1959, en el sello de la Universidad Veracruzana, durante una época de notable vitalidad y renovación en las letras mexicanas. Tan sólo seis años antes había salido de las prensas la primera edición de El Llano en llamas. Es en esta vena regionalista, resuelta de manera canónica por Juan Rulfo, en la que se ubica el libro de debut del autor nacido en 1937 en Tuxtla Gutiérrez. Confiere Zepeda a sus ficciones un aliento de reivindicación del terruño, pues Benzulul tiene como unidad, en primer término, la geografía: se trata de una serie de textos narrativos sobre la vida rural chiapaneca, en un panorama de tiempo impreciso pero que abarcaría distintos momentos de la primera mitad del siglo XX.

Visto en conjunto, Benzulul es una galería de la violencia, en más de una instancia con un sustrato de racismo. Sus páginas cuentan fusilamientos, ejecuciones, venganzas y emboscadas a sangre fría, así como casos de violencia de género, como el uxoricidio de una mujer que ha decidido abortar, la violación de una muchacha indígena. En este entorno la agresión forma parte sin más de la existencia, y por eso no es infrecuente que el simple sobrevivir se afirme por una doble dinámica de ataque o huida, afín al pasado reptil de la especie.

El Chiapas profundo que se dibuja en estas páginas luce los atributos de un universo cerrado, provisto de casi nulos roces con el orbe exterior. Si bien hay personajes andariegos, que hacen del desplazamiento y la curiosidad inquietudes esenciales de su existir (“El estar caminando era su vida, Juan Rodríguez Benzulul conocía de memoria todos estos rumbos”, se lee en el segundo párrafo del texto con que abre el volumen), el libro da fe de una tierra con vocación o condena de aislada, en la cual los vecinos, los conocidos, las personas más cercanas se vuelven así los más probables enemigos.

Podría afirmarse por esto que Benzulul no esboza una revisión crítica de las raíces de la violencia. Al concentrar las pulsiones de barbarie en el contexto más inmediato, Benzulul daría una visión incompleta de las fuerzas sociales y políticas que han definido el devenir expoliado y agredido del estado sureño. Zepeda habría trasladado la causa de tanta sangre derramada no a circunstancias históricas definidas, como la explotación, la impunidad y la miseria, sino a la salvedad de los atavismos, en un movimiento de interpretación indulgentemente conservador. Sin embargo, sería también posible concluir que la omisión de las conductas enemigas que habría tomado el poder foráneo en este retrato del Chiapas recóndito no sería sino la más congruente formulación con el que se traduce el olvido que los gobiernos centrales han mostrado y muestran ante estos pueblos, pues el alejamiento de las instituciones del estado sólo se rompe cuando sus agentes son enviados para castigar sin el menor respeto a la ley, como ocurre en una de las narraciones, “Quien dice verdad”, en la que una cuadrilla de policías de Ciudad Real, la actual San Cristóbal de Las Casas, irrumpe en un pueblo para cometer la ejecución extrajudicial de un indio.

Ensimismado, con las crueldades nacidas y lanzadas contra sus propios habitantes, el Chiapas de Benzulul presenta a personajes espesamente vinculados con la naturaleza. No hay contradicción, por supuesto, pues la naturaleza es, a diferencia de los seres humanos, generosa; no son estos los estériles campos de Jalisco descritos por las famélicas voces que hablan en las obras de Juan Rulfo. Aquí, en Benzulul,los trabajos de la tierra se vuelven la norma de vida, la fuente del sustento y el sentido de identidad. De un personaje se nos dice que “no olvidó nunca el buen sudor, oloroso a abono, que corre por la espalda con el esfuerzo de la tierra”. Hasta el ejemplo más vagabundo del reparto, un hombre llamado Patrocinio Tipá, llega a un punto en que siente el anhelo de hacerse de una milpa y tener familia. Este empeño campirano conforma una dicción, una sintaxis y una visión del mundo dictada por el vínculo umbilical con la tierra.

Las descripciones del medio natural se encuentran aquí y allá, a menudo con una mirada que le descubre a lo inanimado y a lo no humano una voluntad, un poder de la conciencia. “A esa hora ya las moscas están buscando acomodo. Ya no molestan con su manía de pararse en la cara de la gente”. En otra parte se habla de “uno de esos matorrales que se han cambiado a la orilla del río porque ya conocen la época de secas”. No es raro por eso que incluso el machismo acuda a la imaginería animal para sus enunciaciones. De la juventud y el deseo sexual de una joven se dice, traduciendo con el expediente del discurso indirecto libre la perspectiva de un varón de edad mayor: “Era una molestia que la Eugenia se hubiera ido así nada más, sin avisar, como si fuera una gallina que ya le anda por hallar al gallo. Era cosa muy de ver que la Eugenia quería hombre. Su natural se lo exigía. Ya estaba reventándose”.


   
    subir     PDF

Geney Beltrán Félix

Nació en Culiacán, Sinaloa, el 4 de junio de 1976. Editor, narrador, traductor y ensayista. Estudió lengua y literaturas hispánicas en la UNAM y literatura inglesa en el Victoria College de la Universidad de...


Leer más   »
Secciones de la Revista
Sitios de interés